A las Dos de la Mañana Capítulo 34 — No confío en nadie
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Capítulo 34 — No confío en nadie

—Quiero que ustedes interroguen al personal —dijo—. Y quiero custodia de Interpol sobre la documentación.

Peñaloza entendió lo que no estaba pronunciando.

—¿No confía en la investigación interna?

—En este momento no sé en quién confiar. Dos presos salieron por la puerta principal con un papel falso. Empiecen por ahí.

El Mosquito organizó el trabajo. Nadie abandonaría el establecimiento sin quedar identificado; se copiarían los turnos, los relevos, las comunicaciones y cada anotación realizada desde la tarde anterior.

Pepe reconstruiría el circuito de la orden.

Fabri separaría horarios comprobables de recuerdos acomodados.

El Perro hablaría con quienes parecían no tener nada importante que decir.

Ferchu examinaría el documento falso y las declaraciones desde el ángulo jurídico: debía descubrir dónde la mentira había imitado correctamente el procedimiento y dónde se había apartado de él.

Ferraro pidió ver el documento original.

La firma imitaba la del director. No era un garabato improvisado: alguien había tenido acceso a un modelo.

Quizá fotocopias de órdenes anteriores. Quizá papeles retirados de una oficina.

Quizá la colaboración de un funcionario que conocía la forma exacta de redactar una diligencia.

Nada de eso podía afirmarse todavía, pero la falsificación contenía conocimiento interno.

—No copiaron solamente una firma —dijo Ferraro—. Copiaron una costumbre.

Peñaloza señaló una frase.

—Y sabían que a esta hora nadie iba a discutirla demasiado.

La respuesta llegó desde Policía Técnica.

Los especialistas examinaron los equipos del establecimiento, rastrearon archivos eliminados y ubicaron la computadora utilizada para redactar el documento.

También establecieron desde dónde se había impreso.

El autor podía haber borrado el archivo visible; no había borrado la historia que la máquina conservaba.

Según la reconstrucción investigativa, el usuario asociado al archivo coincidía con el del oficial de guardia.

Ese dato debilitaba la hipótesis de una falsificación enteramente externa.

La firma podía provenir de una copia, de un formulario anterior o de un documento disponible dentro del penal; la evidencia técnica situaba la producción del texto allí.

Ferraro miró otra vez la autorización. Había dejado de ser solo la herramienta de la fuga. Si la evidencia técnica se confirmaba, el documento había sido producido mediante un acceso perteneciente al personal encargado de impedirla.

La frase de la jueza modificó la posición de Interpol.

Ferraro y su equipo ya no eran únicamente los hombres que conocían al fugitivo internacional.

Debían interrogar a policías sobre la posible participación de otros policías, dentro de un establecimiento donde la cadena de mando acababa de ser utilizada como arma.

La magistrada no formuló una acusación colectiva. Su desconfianza era operativa. Hasta comprender quién había colaborado, cualquier documento podía desaparecer y cualquier aviso podía llegar a los fugados. La información se limitaría a quienes necesitaban utilizarla.

Peñaloza pidió una habitación donde instalar al equipo y otra para los interrogatorios. La jueza ordenó que el libro de guardia, la autorización falsa y las primeras declaraciones quedaran bajo custodia. Cada retiro y devolución debía registrarse.

Ferraro observó el documento sin tocarlo. La firma se parecía a la del director porque alguien había tenido acceso a un modelo. El texto utilizaba expresiones que no conocería un delincuente desde la calle. La mentira no había entrado completa en el Duna. Parte de ella había nacido en el penal.

—Necesitamos saber quién usó las computadoras —dijo.

—Y quién tenía acceso a órdenes anteriores —añadió Ferchu.

La jueza los escuchó y señaló la puerta.

—Empiecen con los que estaban aquí. Si alguno quiere retirarse, primero quiero saber quién es, qué hizo y a qué hora.

Afuera, un jefe protestó por la demora. El Mosquito explicó que nadie estaba formalmente detenido, pero todos debían quedar identificados como parte de la reconstrucción.

La tensión aumentó. Algunos funcionarios se sintieron tratados como sospechosos después de una noche en la que también podían haber sido engañados.

La jueza pidió resultados, pero no una conclusión rápida.

Quería distinguir engaño, negligencia y corrupción.

Un funcionario podía haber obedecido una orden falsa sin participar; otro podía haber notado irregularidades y callado por miedo a la jerarquía.

Quien hubiera intervenido deliberadamente en la confección del documento ocuparía una categoría diferente.

Ferchu recordó al equipo que las declaraciones debían tomarse sin convertir una hipótesis en pregunta. Si interrogaban a todos suponiendo complicidad, obtendrían defensas. Si reconstruían acciones, las contradicciones aparecerían solas.

Peñaloza estableció un canal directo con la magistrada. La información sobre posibles sospechosos no circularía en reuniones amplias. En una investigación de corrupción, el secreto protegía la prueba; nada tenía que ver con el dramatismo.

Ferraro escribió en la primera hoja una regla que no necesitaba compartir: confiar en los hechos hasta saber en quién confiar.

La magistrada dispuso que los grupos de guardia esperaran separados.

No quería una versión colectiva construida en el corredor.

Cada policía debía describir lo que vio antes de conocer la declaración de los demás.

Algunos lo tomaron como una humillación; otros entendieron que esa distancia podía protegerlos de una culpa ajena.

Ferraro distinguió tres preguntas que no debían mezclarse: quién creó la orden, quién facilitó el acceso y quién autorizó materialmente la entrega.

Quizá una sola persona hubiera cumplido las tres funciones.

Quizá el plan hubiese distribuido tareas para que ningún colaborador conociera la totalidad.

La estructura de la investigación debía admitir ambas posibilidades.

Pepe comenzó a construir un mapa de turnos compartidos, parentescos, llamadas frecuentes y acceso a documentación reservada. El esquema no atribuía culpabilidad; mostraba qué vínculos podían haber permitido que una organización criminal aprendiera los hábitos del penal hasta hablar como él.

Ferraro comprendía el resentimiento. También sabía que una falsa solidaridad corporativa podía destruir la investigación. Ser policía no convertía a nadie en culpable. Tampoco lo colocaba fuera de las preguntas.