A las Dos de la Mañana Capítulo 21 — Ahora sí
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Capítulo 21 — Ahora sí

Ferraro recibió la noticia por teléfono.

—¿A que no sabés lo que pasó? —le dijo el Mosquito—. Intentó salir vestido de mujer.

Ferraro escuchó la explicación y preguntó qué harían con él.

—Lo mandan a Libertad.

La respuesta le produjo una certeza inmediata.

No fue una visión ni una superstición. Fue el resultado de sumar lo que ya sabía: dinero suficiente para ofrecer ocho millones, ayuda exterior, una visitante dispuesta a arriesgar la cárcel y una estructura capaz de acercarlo a la última puerta.

Además, desde ese momento Ferraro dejaría de tenerlo bajo la vigilancia cercana de Interpol.

—Ahora sí se va a escapar.

—Es el Penal de Libertad.

—Por eso.

—Fuera de nuestras manos, va a encontrar delincuentes más peligrosos y dinero suficiente para pagar una salida —explicó Ferraro—. No necesita comprar toda la prisión. Necesita una persona en el momento exacto.

La frase no agradó a sus compañeros. Sonaba a fatalismo en un oficio que dependía de procedimientos. Ferraro no pretendía adivinar el futuro. Estaba realizando una evaluación de riesgo con elementos que otros preferían considerar separados.

Ferraro recordaba que Alazari había ofrecido un millón de dólares a cada integrante de una custodia de ocho hombres.

Las actuaciones conocidas vinculaban además a una visitante con el intento ocurrido dentro de Cárcel Central y situaban al hermano alrededor de la maniobra exterior.

Ahora sería alojado con delincuentes que conocían rutas, armas, fronteras y debilidades penitenciarias.

—En Libertad hay más seguridad —le dijeron.

—También hay más cosas para comprar.

El día del traslado, Ferraro observó cómo el caso abandonaba el espacio donde Interpol podía seguirlo de cerca. No sintió alivio. La distancia no reducía el peligro; reducía su capacidad de verlo.

El Penal de Libertad tenía un nombre que siempre había parecido una ironía.

Era la prisión de máxima seguridad a la que se enviaban hombres que ya habían demostrado que los muros comunes no bastaban.

Desde afuera, sus controles sugerían una cadena difícil de quebrar.

Desde adentro, cada eslabón tenía un nombre, un turno y una necesidad.

Alazari ingresó allí el 16 de agosto de 2005.

La fecha, difundida después por la propia Dirección Nacional de Cárceles, corregía la impresión de que apenas había pasado un mes en el establecimiento.

Fueron cuarenta y nueve días: suficientes para observar horarios, encontrar intermediarios y convertir una posibilidad en un procedimiento.

Llegó con la reputación antes que el cuerpo.

Los funcionarios conocían la fuga frustrada de Cárcel Central, las solicitudes internacionales y los rumores sobre su fortuna.

También circulaba la versión de que había ofrecido una suma importante para salir.

Lo que nadie podía medir era la extensión real de sus relaciones fuera de los muros.

Lo alojaron en la celda 107 del Módulo F.

El Loro Lunático permanecía en la 110 del Módulo E.

No compartían celda y las fuentes públicas no permiten reconstruir el instante exacto en que se vieron por primera vez.

El expediente periodístico solo fijó la consecuencia: se conocieron dentro del penal y entendieron que poseían las dos mitades de una misma fuga.

Los dos hombres todavía no formaban una alianza conocida.

El Loro poseía una inteligencia moldeada por cárceles uruguayas, fugas y contactos locales.

Alazari aportaba dinero, una red exterior y la convicción de que ninguna puerta era definitiva.

No necesitaban confiar uno en el otro. Solo debían reconocer una coincidencia de intereses.

Ferraro continuó con otros casos, audiencias y comunicaciones. Pero el nombre de Alazari no desapareció de su cabeza. Preguntaba por novedades y recibía respuestas tranquilizadoras. Máxima seguridad. Controles. Cadena de mando. Palabras correctas que no respondían a su verdadera preocupación.

Su padre notaba que llegaba a casa sin abandonar la oficina. La obsesión que en otros momentos había producido resultados comenzaba a ocupar todo. Ferraro pensaba en los papeles de extradición, en la oferta dentro del blindado y en los diez escalones que habían separado al detenido de la calle.

—No podés vigilar todas las puertas —le dijo su padre.

—No. Pero puedo avisar cuál van a intentar.

—Y después tenés que permitir que otro haga su trabajo.

Aquella era la parte que Ferraro no sabía hacer. Confiar en una institución resultaba sencillo mientras podía comprobar cada paso. Cuando el expediente salía de sus manos, la confianza se parecía demasiado a cerrar los ojos.

En el Penal de Libertad, Alazari y el Loro comenzaron a hablar. Las fuentes públicas no conservan la primera conversación. No hacía falta inventarla. Su resultado sería visible cuarenta y nueve días después: uno aportaría el alcance; el otro, el conocimiento del terreno.

Según la reconstrucción posterior, afuera comenzaron a moverse familiares, conocidos y visitantes. Dentro, un oficial joven aparecería como punto de unión entre dinero, amenazas y procedimientos. La investigación situaría además la confección del documento en una computadora del propio penal.

Ferraro no conocía todavía esos detalles. Solo conservaba la certeza pronunciada al recibir la noticia del traslado.

Ahora sí se va a escapar.

Durante los días posteriores, Ferraro preguntó varias veces por Alazari. Las respuestas describían normalidad. No había incidentes relevantes, el interno estaba alojado y los controles se cumplían. La normalidad, en vez de tranquilizarlo, le recordó la paciencia del quinto piso.

El Loro conocía el valor de esperar. Su reputación podía sugerir impulsividad, pero sus fugas dependían de observar.

Alazari, por su parte, había demostrado que podía adaptar métodos: dinero en el blindado, disfraz en Cárcel Central y ahora una prisión donde otros internos aportaban conocimiento local.

En algún momento se reconocieron. Quizá alguien los presentó o quizá los nombres llegaron antes que las personas.

Uno sabía que el extranjero tenía recursos.

El otro comprendió que el uruguayo podía convertir una idea en ruta.

La historia no conserva la primera frase y cualquier diálogo sería una invención innecesaria.

Lo que siguió permite inferir el acuerdo. Desde afuera comenzaron contactos con un oficial joven. Hubo reuniones, amenazas alegadas, promesas de dinero y preguntas sobre el funcionamiento del penal. Dentro, los dos presos esperaron.

Ferraro había pronosticado la fuga sin conocer el plan.

No sabía del Fiat Duna, del automóvil de alquiler, de la orden falsa ni de la enfermedad repentina que apartaría a un jefe.

Había reconocido algo más sencillo: Alazari no necesitaba vencer al sistema entero.

Necesitaba que el sistema confiara, durante unos minutos, en la persona equivocada.

A las dos de la madrugada del 4 de octubre, alguien demostraría que tenía razón.