Capítulo 22 — La celda 107
No conocía todo el penal, pero identificaba qué decisiones se tomaban cerca de él y cuáles llegaban desde oficinas que nunca veía.
Preguntaba por las audiencias, por las visitas y por las diferencias entre una orden judicial y una diligencia administrativa.
Algunas preguntas parecían las de cualquier detenido. Juntas componían un mapa.
Los funcionarios conocían su historia. Sabían del intento de salir vestido de mujer y de los pedidos internacionales.
Ese conocimiento producía dos reacciones opuestas.
Algunos extremaban cada control. Otros creían que, después del fracaso en Cárcel Central, ninguna maniobra volvería a sorprenderlos.
La segunda seguridad era la más útil para Alazari.
La prisión de máxima seguridad reducía sus movimientos, pero ampliaba sus contactos. Allí estaban hombres que conocían armas, automóviles, pasos fronterizos y personas dispuestas a asumir riesgos por dinero. Afuera tenía recursos. Adentro podía encontrar experiencia.
Ferraro preguntaba por él desde Montevideo. Las respuestas eran correctas y breves: alojado, controlado, sin novedades. Ninguna respuesta describía cuántas conversaciones había iniciado ni quién repetía afuera lo escuchado durante una visita.
Alazari no apuró nada. Había aprendido que una puerta cerrada hoy podía depender mañana de un funcionario distinto. Cuarenta y nueve días eran poco para un expediente de extradición y mucho para quien solo necesitaba estudiar una rutina.
Los días comenzaron a ordenarse alrededor de señales pequeñas.
El carro de comida, el recuento, los cambios de guardia y el momento en que los pasillos quedaban durante segundos fuera de la mirada de una misma persona.
Alazari no necesitaba escribir nada. Su memoria había sido entrenada por años de fronteras y nombres falsos.
A veces preguntaba por el reglamento con una ingenuidad exagerada.
Quería saber por qué una salida requería determinadas firmas o qué sucedía si un juez ordenaba una diligencia nocturna.
Los funcionarios respondían de manera desigual.
Uno cortaba la conversación; otro disfrutaba explicando cómo funcionaba el penal.
La vanidad también entregaba información.
La comida, el encierro y la falta de idioma reducían a cualquier hombre.
Alazari combatía esa reducción presentándose como alguien que seguía conectado con el exterior.
Mencionaba abogados, negocios y personas que llamarían.
Los demás internos podían interpretar la seguridad como fanfarronería, pero también como anuncio de que el dinero continuaba circulando.
En Montevideo, Ferraro intentaba obtener claridad sobre las solicitudes internacionales.
La demora lo irritaba. Si el detenido era tan importante como sostenían Washington y Jerusalén, esperaba documentación rápida.
Cada semana adicional aumentaba la pregunta que Alazari había sembrado: ¿realmente querían extraditarlo con urgencia o alguien prefería que el tiempo abriera otra salida?
No existía prueba de una maniobra secreta para permitir la fuga. Ferraro lo sabía. La sospecha nacía de la contradicción entre la alarma inicial y la lentitud posterior. Esa contradicción permanecería en su memoria mucho después de que los expedientes ofrecieran explicaciones administrativas.
Mientras los Estados demoraban, la celda 107 trabajaba.
En el Módulo E, a tres números de distancia pero dentro de otra sección, el Loro Lunático también observaba.