Capítulo 19 — La última puerta
Ferraro no presenció el intento de fuga de Cárcel Central.
Lo reconstruyó después mediante actuaciones, declaraciones y crónicas que diferían en los bordes, pero coincidían en la secuencia central: una mujer ingresó como visita, Alazari utilizó ropa femenina para mezclarse con la salida y llegó muy cerca de la calle San José.
Una versión sostenía que la visitante era una trabajadora sexual contratada por el hermano. Otras publicaciones multiplicaron a los participantes o modificaron el modo en que se produjo el cambio. Ferraro conservó una sola certeza sobre ella: fue detenida y procesada por colaborar con la maniobra.
El quinto piso se conectaba con la planta baja por ascensor y escalera.
Alrededor de tres policías atendían normalmente cada planta.
Para una visita legítima, el recorrido era sencillo y repetido.
Para una evasión, esa repetición ofrecía una ventaja: cada control podía suponer que el anterior ya había hecho su trabajo.
Alazari era una mole cercana a los dos metros.
Ninguna prenda podía transformarlo de manera convincente, pero el disfraz no debía resistir una inspección minuciosa.
Solo necesitaba activar durante unos segundos la expectativa de que quien salía pertenecía a la categoría de quienes tenían permiso para hacerlo.
Durante la visita se produjo el cambio. La ropa dirigió la mirada hacia aquello que el personal esperaba ver. Alazari avanzó por un edificio donde la seguridad debía permitir contactos legítimos sin convertirlos en una ruta de escape.
La puerta final daba a una escalera corta y, después de unos diez escalones, a la calle San José.
Según la información que llegó a la investigación, el hermano esperaba afuera dentro de un automóvil.
Si Alazari atravesaba el último control, necesitaba pocos segundos para desaparecer antes de que la alarma cerrara la ciudad.
La red conocía el edificio, el régimen de visitas y el recorrido hasta la salida. Alguien había observado o recibido información. Una fuga no comienza cuando un preso se cambia de ropa. Comienza cuando otra persona consigue responder esas preguntas.
Una funcionaria policial observó algo que no coincidía. Pudo ser la altura, la forma de caminar o una intuición nacida de años frente a aquella puerta. El detalle nunca quedó fijado con certeza.
—Pare ahí.
La orden interrumpió el movimiento. Cuando una maniobra depende de que cada control confíe en el anterior, una sola persona que decide mirar de nuevo obliga a todos a recuperar su responsabilidad.
El disfraz perdió eficacia. Alazari quedó detenido a pocos metros de la escalera. La visitante también fue retenida. Afuera, el automóvil atribuido al hermano se alejó antes de que pudieran detenerlo.
Cuando Ferraro recibió la noticia, el alivio duró poco. El edificio no había desbaratado el plan mediante una barrera perfecta; una funcionaria había reconocido una anomalía cuando casi todos los controles anteriores ya la habían aceptado.
En Interpol reunieron lo conocido. El Perro preguntó por el vehículo y las personas vinculadas a la visita.
Pepe quiso saber quién dominaba los horarios.
Ferchu separó las fallas administrativas de las conductas que podían constituir delito.
El Mosquito dibujó el recorrido desde el quinto piso hasta la calle.
Ferraro observó la línea en el papel.
—Llegó demasiado lejos.
El Mosquito marcó los puntos donde la maniobra pudo haberse detenido.
—Acá alguien confió en el anterior —dijo—. Y el anterior confió en otro.
—La cadena funcionó —respondió Ferchu—. El problema es que funcionó para ellos.
Pepe quiso saber cuánto tiempo había transcurrido entre el ingreso de la mujer y el descenso. El Perro pidió revisar vehículos y contactos del hermano. La fuga había fracasado, pero ya proporcionaba un mapa de preguntas.
La maniobra confirmó lo que la oferta dentro del blindado sugería. Alazari no trataba la prisión como una condición jurídica. La estudiaba como un problema operativo. Si una solución fallaba, conservaba la información necesaria para corregir la siguiente.
En Cárcel Central había intentado convertirse en otra persona. El próximo plan sería más sencillo y más peligroso: lograr que los demás supieran quién era y aun así le abrieran la puerta.