Capítulo 17 — Dos obsesiones
Ferraro y el Loro no se conocían, pero dedicaban sus días a estudiar la misma clase de objeto desde lados opuestos. Ferraro buscaba cerrar un procedimiento hasta que ninguna duda pudiera atravesarlo. El Loro buscaba la duda que alguien había confundido con certeza.
En la oficina, Ferraro revisaba nombres.
En la cárcel, el Loro revisaba rutinas. Uno preguntaba qué variante de un apellido había utilizado un fugitivo.
El otro observaba qué funcionario firmaba sin leer.
Ambos comprendían que los sistemas estaban hechos de repeticiones y que las repeticiones producen confianza.
Para Ferraro, esa confianza permitía trabajar. Para el Loro, permitía escapar.
La diferencia más profunda no estaba en la inteligencia, sino en el límite.
Ferraro había recibido una frontera moral antes de recibir una placa.
El Loro medía las decisiones por su utilidad y por la capacidad de sobrevivir a sus consecuencias.
Lo que uno consideraba disciplina, el otro podía utilizar como previsibilidad.
Ferraro comenzó a ocupar cada vez más horas en Interpol.
Los expedientes viajaban con él hasta su casa.
Una consulta sin respuesta podía permanecer despierta en su cabeza.
Si encontraba una contradicción, necesitaba resolverla antes de aceptar el descanso.
Su padre veía crecer aquella conducta y reconocía la parte peligrosa de una vocación.
—El trabajo nunca te va a decir que es suficiente —le advirtió.
—Entonces alguien tiene que decidir cuándo parar.
—Exactamente.
Ferraro creyó que la conversación se refería al horario. Años después comprendería que hablaban de identidad. Si todo lo que era dependía de una captura, cada fugitivo podía llevárselo consigo.
El Loro sufría una dependencia diferente. La libertad ordinaria no parecía bastarle. Incluso afuera actuaba como si ya estuviera preparando la siguiente huida. Cambiar de lugar, de nombre y de compañía superaba la mera defensa: era su forma de entender el movimiento.
Alazari poseía otra clase de obsesión: el control.
Sus versiones cambiaban, pero siempre lo colocaban como alguien que conocía más que los demás.
Si había sido traficante, era uno de los mayores.
Si había trabajado para inteligencia, había participado en una unidad secreta.
Si estaba detenido, otros se ocuparían de corregir el error.
Los tres recorridos todavía avanzaban separados. Ferraro dentro de una oficina en Montevideo. El Loro dentro del sistema penitenciario. Alazari moviéndose entre identidades, dinero y países.
La noche del casino los colocaría en la misma historia.
No sería una gran operación policial la que revelara al fugitivo. No habría vigilancia internacional, informante premiado ni seguimiento desde un aeropuerto. La primera grieta sería más pequeña y, por eso mismo, más humana.
Había otra semejanza incómoda. Ninguno toleraba perder.
Ferraro podía pasar horas buscando un dato que quizá no alterara el resultado porque aceptar el vacío le parecía una forma de negligencia.
El Loro podía arriesgar años adicionales de condena por el impulso de demostrar que ningún encierro era definitivo.
Alazari había convertido una discusión menor en la causa inmediata de su identificación.
La obstinación produce resultados y también puntos ciegos.
Ferraro veía el deber donde otros veían exceso.
El Loro llamaba libertad a una vida organizada alrededor de la siguiente huida.
Alazari interpretaba cada límite como el comienzo de una negociación.
Los tres podían describirse como hombres persistentes; solo las decisiones tomadas con esa persistencia separaban sus destinos.
El padre de Ferraro habría reconocido el peligro antes que ellos. Una cualidad sin freno termina sirviendo a aquello que pretendía combatir. El honor puede convertirse en orgullo, la inteligencia en manipulación y el deseo de libertad en incapacidad para vivir sin escapar.
Un hombre acostumbrado a mover fortunas no aceptaría perder diez mil pesos.