Capítulo 16 — El Loro Lunático
El Loro Lunático había acumulado nombres y fugas antes de compartir una con un hombre buscado internacionalmente. El apodo podía variar en los relatos; la reputación no.
No debía confundirse con Carlos López, nombre ficticio utilizado en este relato para el colaborador exterior que apareció en las actuaciones y fue procesado por asociación para delinquir, cohecho calificado y participación en la evasión.
El Loro era el otro preso entregado aquella madrugada mediante la misma orden fraguada: el hombre que salió junto con Alazari y convirtió la maniobra en una fuga doble.
Su historia carcelaria parecía una colección de estudios sobre las debilidades del encierro. Había escapado antes vestido como policía y también mediante un boquete. No repetía un método por orgullo. Observaba el sistema y elegía el punto que parecía más vulnerable.
Ferraro conoció su nombre mucho antes de verlo convertido otra vez en noticia. Los nombres de ciertos delincuentes llegan a una oficina como un cambio de clima: modifican el número de hombres asignados, la manera de revisar una puerta y el tono con que se confirma una orden.
Pero Ferraro nunca lo interrogó personalmente.
Cuando el Loro fue localizado y detenido en Argentina, Ferraro ya trabajaba con Naciones Unidas.
La información sobre su paso por Brasil, la favela, el arma Vulcan, el hombre degollado y el kilo de cocaína llegó por antiguos compañeros, policías e informantes que afirmaban haber tratado directamente con él.
Esa distancia importaba. Ferraro podía narrar lo que aquellas fuentes coincidían en contar y señalar dónde sus versiones se separaban. No podía presentarse sentado frente al Loro ni atribuirse palabras que jamás escuchó de su boca.
En el Penal de Libertad, sin embargo, la influencia del Loro era concreta.
Conocía rutinas, internos, contactos exteriores y el valor de un funcionario capaz de volver creíble una orden falsa.
Alazari aportaba dinero, conexiones internacionales y una confianza casi insolente en que todo sistema podía negociarse. El Loro aportaba territorio.
La alianza no necesitaba amistad. Nació de dos necesidades compatibles: uno quería salir y poseía recursos; el otro entendía las fallas de la cárcel y necesitaba una estructura para desaparecer después.
Ferraro tardaría años en ordenar la diferencia entre el hombre documentado y el personaje repetido por los informantes.
Con Alazari, las huellas habían resuelto el nombre y dejado abierta la biografía.
Con el Loro ocurriría algo parecido: la identidad podía fijarse; el relato de lo vivido después de la fuga seguiría llegando por voces ajenas.
Para comprender por qué dos fugitivos tan distintos terminaron cruzando la misma puerta, primero había que mirar qué buscaba cada uno en el otro.