A las Dos de la Mañana Capítulo 15 — El quinto piso
20%

Capítulo 15 — El quinto piso

Cárcel Central no había sido construida para contener a un hombre como Alazari.

Era una cárcel de seguridad mínima, incrustada en la estructura policial de Montevideo, con presos comunes por delitos menores y un quinto piso reservado para quienes esperaban decisiones administrativas o extradiciones.

Se llegaba por ascensor o por escalera. En condiciones normales había alrededor de tres policías por piso, una cifra suficiente para sostener la rutina, pero muy pequeña si alguien conseguía que la rutina trabajara a su favor.

La proximidad con Interpol facilitaba controles y traslados.

También generaba una peligrosa ilusión: creer que tenerlo cerca significaba tenerlo dominado.

Ferraro sabía que una cárcel no era solamente una suma de barrotes.

Era una cadena de decisiones humanas, y bastaba con que una persona supusiera que otra ya había revisado una visita para que el control existiera solo en el papel.

Alazari aprendió la rutina antes de que los funcionarios aprendieran la suya. Sabía qué guardia conversaba, cuál fumaba, quién revisaba las visitas y quién confiaba en que otro ya lo había hecho. Preguntaba poco y recordaba todo.

Desde Washington y Jerusalén llegaban llamadas urgentes.

Los expedientes, en cambio, parecían viajar con otra velocidad.

Ferraro conocía el problema: una notificación internacional permitía actuar, pero una extradición exigía documentos, traducciones, acusaciones, autenticaciones y decisiones judiciales.

Existían plazos. Cuando el papel no llegaba, el hombre seguía allí y cada día adicional ampliaba las oportunidades de su red.

—Lo quieren todos, pero nadie manda lo que tiene que mandar —dijo una tarde Pepe.

Sobre la mesa había solicitudes, copias y comunicaciones que prometían otras comunicaciones.

—Eso es lo que no entiendo —respondió Ferraro—. Si es tan importante, ¿por qué está todo tan quieto?

La quietud no era ausencia de movimiento.

Abogados visitaban juzgados. Familiares preguntaban.

Las versiones sobre Alazari crecían: antiguo integrante de una unidad especial, desertor, colaborador del Mossad, enemigo del Mossad, operador de una red europea, representante de una organización israelí en Estados Unidos.

Algunas podían ser ciertas; todas juntas formaban una máscara útil.

Cuanto más extraordinario parecía el hombre, más difícil resultaba separar su capacidad real de la reputación que lo protegía.

Ferraro se negó a escribir como hecho aquello que no podía demostrar. En sus notas distinguía con precisión: confirmado, informado, atribuido, pendiente. Esa disciplina irritaba a quienes preferían una explicación rápida.

—¿Entonces fue del Mossad o no? —preguntó Fabri.

—No importa lo que dice que fue. Importa lo que puede hacer ahora.

Lo que podía hacer era esperar. Mientras otros discutían tratados y plazos, Alazari observaba el quinto piso. Su aparente paciencia preocupaba más a Ferraro que cualquier amenaza.

Las audiencias se sucedieron. Había que demostrar que el detenido era la persona buscada, que la notificación seguía vigente y que los Estados requirentes sostenían sus pedidos.

Cada salida requería custodia, vehículo y coordinación.

En uno de esos traslados, cuando Alazari comprendió que la extradición podía convertirse en una realidad, decidió probar una puerta distinta.

El sector no se parecía a las prisiones de las películas.

Los sonidos llegaban por capas: puertas metálicas, voces desde otros pisos, pasos junto al ascensor y teléfonos que podían sonar en oficinas alejadas.

La seguridad descansaba menos en una fortaleza física que en la suma de controles cotidianos.

Ferraro visitaba el establecimiento por el caso, hablaba con el personal y comprobaba las condiciones antes de las audiencias.

Cada vez encontraba a Alazari más adaptado.

Había aprendido nombres, horarios y la forma en que se tramitaban las visitas.

Su español seguía siendo inexistente o muy limitado, pero la observación no necesitaba idioma.

Las solicitudes de extradición avanzaban con la lentitud propia de una decisión que podía enviar a un hombre a otro país por décadas.

Washington debía remitir documentación, traducciones y garantías.

La defensa cuestionaba identidades, plazos y acusaciones.

Israel preguntaba por movimientos. Mientras los Estados intercambiaban papeles, el detenido estudiaba a las personas que tenía cerca.

Ferraro comenzó a sentir que el tiempo tenía dos velocidades.

Para la Justicia, cada documento debía atravesar un procedimiento.

Para la red de Alazari, cada día adicional ofrecía una oportunidad.

Ambas lógicas eran legítimas dentro de sus mundos, pero solo una necesitaba encontrar una debilidad una vez.

En uno de los encuentros, Alazari regresó a la historia de la Unidad K.

Dijo que había sido teniente, que el dinero y el éxtasis habían formado parte de una infiltración y que después lo dejaron expuesto.

Ferraro le pidió fechas. El relato se volvió menos preciso.

Le pidió nombres. El secreto apareció como explicación.

—Si Estados Unidos lo necesita tanto —preguntó Ferraro—, ¿por qué tarda en enviar lo necesario?

Alazari sostuvo la mirada.

—Tal vez no quieren que llegue.

La respuesta podía ser manipulación. También señalaba una pregunta real. Ferraro nunca sabría si las demoras eran administrativas, estratégicas o simplemente humanas. Conservó la duda como lo que era: una sospecha nacida de la experiencia, no un hecho probado.

El detenido parecía alimentarse de esas zonas grises. Cuanto más tardaban las respuestas, más plausible sonaba su afirmación de que fuerzas invisibles decidían su destino. Ferraro se obligó a volver siempre a lo concreto: identidad, solicitudes, audiencias, visitas, movimientos y dinero.

El quinto piso mantenía a Alazari encerrado, pero también lo acercaba al mundo exterior. Cada traslado mostraba la ruta hacia los juzgados. Cada visitante podía llevar información. Cada conversación con un funcionario revelaba qué autoridad firmaba y quién obedecía.

Los funcionarios que custodiaban el piso no eran necesariamente negligentes. Trabajaban dentro de un sistema diseñado para muchos detenidos, con recursos limitados y tareas repetidas. El peligro nacía cuando un caso excepcional era absorbido por esa normalidad y dejaba de sentirse excepcional.

Ferraro evitaba exigir una alerta permanente imposible de sostener.

Pedía controles concretos: verificar identidades, registrar visitas, comunicar cambios y no aceptar instrucciones fuera de la cadena establecida.

Una orden general de extremar precauciones se olvida. Una acción precisa puede comprobarse.

Alazari aprendía también mediante las negativas. Cada vez que un funcionario decía no puedo, revelaba quién sí podía. Cada demora mostraba la oficina de la que dependía una autorización. El reglamento destinado a limitarlo le enseñaba la estructura.

Las audiencias multiplicaban el movimiento. Había preparativos, esposas, vehículos, coordinación con el juzgado y regreso. Ninguna salida era idéntica, pero todas conservaban elementos repetidos. Para un hombre obsesionado con escapar, las variaciones eran ruido; las repeticiones eran información.

Ferraro comenzó a sentir que cada traslado era al mismo tiempo una obligación judicial y una clase impartida al detenido.

La calma del detenido encubría un trabajo constante.