Capítulo 11 — La entrega
En Montevideo lo esperaba el quinto piso de Cárcel Central.
En teoría, era el lugar más conveniente: un sector reservado para detenidos administrativos vinculados a Interpol, dentro de un establecimiento de seguridad mínima que además compartía estructura con la Jefatura de Policía.
En la práctica, toda seguridad dependía de personas, rutinas y puertas.
Ferraro entregó al detenido y completó la documentación. Antes de entrar en su alojamiento, Alazari se volvió.
—How long do you think you can keep me here?
—El tiempo que decida un juez.
—That is not what I asked.
Ferraro sostuvo la mirada.
—Es la única respuesta que va a recibir.
La puerta se cerró. El sonido metálico produjo una sensación de final que Ferraro no creyó. Para él, la investigación acababa de comenzar.
Cárcel Central formaba parte del paisaje policial de Montevideo.
Su proximidad con dependencias de la Jefatura y con las oficinas de Interpol parecía ofrecer una ventaja: el detenido permanecería cerca de quienes conocían su caso y de los juzgados que tramitarían la extradición.
Esa cercanía produciría también confianza.
Ferraro explicó al personal de recepción la advertencia internacional y pidió que cualquier novedad, visita o solicitud fuera comunicada.
Evitó presentar a Alazari como una criatura imposible de custodiar.
Las exageraciones desgastan la atención; después de escucharlas demasiadas veces, los funcionarios vuelven a la rutina.
—No necesita fuerza para intentar salir —dijo—. Tiene dinero, gente afuera y paciencia.
El funcionario que recibió la documentación asintió. Era una advertencia clara, pero las advertencias cambian de peso cuando pasan de un turno a otro. Quien escucha la historia completa imagina el peligro. Quien recibe una anotación días después puede verla como otra formalidad.
Alazari fue conducido hacia el ascensor. Antes de que las puertas se cerraran, buscó a Ferraro con una mirada calculadora, sin rastro visible de derrota.
El equipo regresó a Interpol con el amanecer instalado sobre la ciudad. Nadie había dormido. Sin embargo, todavía quedaban comunicaciones, informes y la coordinación del allanamiento en Punta del Este. La captura generaba trabajo más rápido de lo que podía completarse.
Ferraro escribió los hechos en orden. Hora de la llamada.
Recepción de las huellas. Respuesta del sistema.
Comunicaciones con Washington y Jerusalén.
Aviso a la jueza. Salida, llegada, identificación, traslado y entrega.
La cronología parecía burocrática. Más adelante sería la única defensa contra los recuerdos deformados por todo lo que ocurriría después.
Pepe dejó una taza de café a su lado.
—Ya está adentro.
Ferraro siguió escribiendo.
—Estar adentro no es lo mismo que estar asegurado.
El Perro quería ir cuanto antes al apartamento de la Parada 24. Ferchu insistía en esperar la orden correspondiente. El Mosquito comenzó a coordinar ambas necesidades. El equipo volvía a su forma habitual: uno empujaba, otro contenía y el jefe convertía la tensión en procedimiento.
El documento de recepción cambió de manos y con él cambió una parte de la responsabilidad.
Ferraro comprobó nombres, hora y condiciones.
Las formalidades parecían excesivas únicamente hasta el día en que algo salía mal.
Entonces cada casillero vacío se convertía en una explicación que nadie podía ofrecer.
Alazari miró el ascensor. Preguntó si permanecería solo, cuánto demoraría la audiencia y quién podía visitarlo. Eran preguntas razonables para un detenido. Juntas formaban también el primer relevamiento del lugar.
—Su abogado recibirá la información correspondiente —respondió Ferraro.
El israelí sonrió sin humor. La respuesta confirmaba que no obtendría de él un plano verbal del procedimiento.
Al salir, el Perro volvió la cabeza hacia la entrada. Dijo que no le gustaban los edificios donde la calle quedaba tan cerca de la última puerta. Nadie discutió la observación. Todavía no sabían cuán exacta resultaría.
Desde el quinto piso, Alazari podía ver poco de ese movimiento. Pero no necesitaba conocerlo. Le bastaba con esperar la primera visita, la primera audiencia y el primer cambio de turno. Una cárcel también se aprende.