Capítulo 12 — El Tano en un Volkswagen Gol
Mucho antes de aquella entrega en Cárcel Central, la llamada de Miguelangelo había llegado una tarde sin ceremonia.
—Estoy afuera —dijo.
Ferraro salió y entró en el automóvil. Su padre no estaba allí.
Miguelangelo había sido uno de sus grandes amigos, pero aquella conversación no necesitaba intermediarios.
Era alto, de cabello canoso y presencia serena.
En la Policía todos lo conocían como el Tano por su doble nacionalidad.
Había pasado tantos años en investigaciones que ya no desperdiciaba palabras preparando aquello que había decidido decir.
—Sé que te están desperdiciando —comenzó.
Ferraro lo miró, sin saber si se trataba de una crítica, una oferta o ambas cosas.
—Hay una vacante en Interpol. Quiero que te presentes y hagas las entrevistas.
Miguelangelo no le prometió el puesto. Tampoco habló de la amistad con su padre como si fuera una recomendación capaz de sustituir las pruebas. Le estaba señalando una oportunidad y, al mismo tiempo, exigiéndole que estuviera a la altura.
—Creo que sos el indicado —añadió—. Pero tenés que presentarte y ganarlo.
—No te estoy ofreciendo un puesto —aclaró—. Te estoy diciendo que existe una vacante.
—¿Por qué yo?
—Porque hablás idiomas. Porque preguntás hasta que la historia cierra. Y porque donde estás ahora no van a aprovechar ninguna de las dos cosas.
Interpol era una palabra más grande que la oficina concreta que Ferraro imaginaba.
Evocaba aeropuertos, fugitivos y comunicaciones que cruzaban continentes.
También producía malentendidos: una policía supranacional con hombres capaces de detener en cualquier país.
Miguelangelo sabía que la realidad era menos espectacular y más difícil.
Había que convencer a instituciones distintas de compartir información, formular consultas precisas y lograr que una respuesta extranjera pudiera utilizarse ante un juez uruguayo.
—No vayas pensando que vas a perseguir gente por el mundo —dijo—. La mayor parte del tiempo vas a perseguir papeles.
Ferraro sonrió.
—Los papeles también se escapan.
Miguelangelo lo miró un instante y asintió. Aquella respuesta no decidió nada, pero confirmó algo que ya pensaba.
Le explicó que habría entrevistas y evaluaciones. Nadie garantizaría el resultado. Ferraro tendría que presentarse como cualquier otro candidato y demostrar que podía trabajar bajo una forma distinta de presión: menos visible que la calle, pero capaz de comprometer relaciones entre países.
Cuando salió del automóvil, el Gol permaneció detenido unos segundos. Miguelangelo bajó el vidrio.
—Una cosa más. Si entrás, escuchá a los veteranos antes de querer cambiarlo todo.
—¿Y después?
—Después cambialo si podés demostrar que funciona mejor.
El vehículo arrancó. Ferraro quedó en la vereda con el teléfono en la mano. Desde afuera, la conversación había durado pocos minutos. Por dentro acababa de abrirse una dirección nueva.
Esa noche habló con su padre. No mencionó que Miguelangelo había dicho que lo estaban desperdiciando. Le contó solamente lo de la vacante y las entrevistas. El antiguo comisario escuchó sin interrumpir.
—Presentate —dijo al final.
—¿Miguel te comentó algo?
—No.
La respuesta fue inmediata y Ferraro le creyó. Su padre habría rechazado cualquier maniobra destinada a evitarle el esfuerzo que a otros se les exigía. La amistad con Miguelangelo podía haber llevado la oportunidad hasta la puerta. Atravesarla dependería de él.
Ferraro aplicó. La amistad podía explicar el consejo, no el resultado.
Tuvo que competir, responder preguntas y demostrar que sabía observar, insistir y trabajar con personas de otros países sin perder precisión.
Miguelangelo había señalado la puerta. Atravesarla y merecer permanecer allí sería responsabilidad suya.
En aquellos años, Interpol funcionaba en Mercedes 933, junto al Ministerio del Interior.
Lejos del edificio secreto que imaginaban quienes escuchaban el nombre desde afuera, había oficinas, archivos, teléfonos y funcionarios que sostenían una red internacional con los medios disponibles.
Más adelante la sede se trasladaría a Maldonado 1141, a unos cincuenta metros de la Dirección Nacional de Inteligencia.
Ferraro ayudaría a cargar cajas y equipos durante la mudanza.
Aquel trabajo físico le enseñó algo que nunca olvidaría: hasta las instituciones capaces de buscar a un hombre en otro continente dependían de alguien que identificara cada carpeta y conectara cada cable.
Días después entregó la solicitud. Cuando lo convocaron, respondió preguntas sobre procedimientos, idiomas, cooperación y disciplina.
No intentó presentarse como alguien que sabía todo.
Explicó cómo averiguaría lo que desconocía y por qué una respuesta rápida podía ser más peligrosa que una demora razonada.
Al salir de la última entrevista no supo si había hecho lo suficiente. Esa incertidumbre le gustó. Significaba que el lugar todavía debía ganarse.
La confirmación llegó sin música ni ceremonia. Debía presentarse en Interpol a primera hora y con el uniforme correspondiente a un oficial que asumía nuevo destino.
Ferraro colgó y miró el reloj. La entrada era a las ocho.
Durante los días de espera, Ferraro imaginó varias veces que Miguelangelo volvería a llamar para decir que la vacante había desaparecido.
En la Policía, los destinos podían cambiar por una resolución, una necesidad urgente o una decisión que el candidato nunca llegaba a conocer.
Continuó con su trabajo sin contar la posibilidad a demasiadas personas.
No quería transformar una entrevista en un triunfo antes de tenerlo.
Miguelangelo tampoco llamó para preguntar cómo había respondido.
Esa distancia fue otra forma de ayuda. Si intervenía, incluso con una recomendación inocente, siempre quedaría la sospecha.
El Tano conocía el peso de los rumores dentro de una organización y protegió a Ferraro de una deuda que nunca le había pedido contraer.
Cuando por fin recibió la confirmación, Ferraro condujo hasta la casa de su padre.
El antiguo comisario leyó la notificación sin sonreír demasiado.
La apoyó sobre la mesa y preguntó cuándo debía presentarse.
Solo después de escuchar la respuesta extendió la mano.
No lo felicitó por haber llegado. Lo felicitó porque ahora tendría que demostrar que merecía permanecer.
Decidió llegar a las seis.