A las Dos de la Mañana Capítulo 10 — Armado y peligroso
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Capítulo 10 — Armado y peligroso

El traslado a Montevideo fue autorizado.

Antes de salir revisaron el vehículo, las armas, las comunicaciones y el recorrido.

Colocaron a Alazari un chaleco antibalas sobre la camisa y mantuvieron los dos juegos de esposas.

Los policías también vestían protección y llevaban armas largas y cortas.

Tenían por delante noventa y cinco kilómetros de ruta con un detenido al que dos oficinas internacionales acababan de describir como armado y peligroso.

No hubo sirenas ni espectáculo. La discreción protegía mejor, pero no reducía la tensión.

Cuando condujeron a Alazari hacia el móvil, él buscó con la mirada los automóviles estacionados. Ferraro siguió la dirección de sus ojos. Podía estar buscando al hermano. También podía estar identificando rutas de salida.

Durante el viaje, Alazari volvió una y otra vez sobre el abogado, el hermano y el error que, según él, Interpol estaba cometiendo.

—You found me by fingerprints? —preguntó finalmente.

Ferraro no respondió.

—Someone made a mistake —continuó el detenido.

—Sí.

—Who?

—Todavía no decidí si fue usted.

Alazari sonrió por primera vez, con el reconocimiento breve de quien descubre que no podrá conducir la conversación con facilidad.

Antes de poner el vehículo en marcha, Ferraro comunicó la salida y el número de personas que viajaban. No dijo por radio el nombre completo del detenido. Los detalles capaces de despertar curiosidad innecesaria se transmitían por canales más controlados.

La advertencia armado y peligroso no significaba que Alazari llevara un arma después de haber pasado horas detenido.

Significaba que debía tratarse como alguien acostumbrado a operar con violencia, recursos y ayuda exterior.

La amenaza podía venir desde el interior del vehículo o aparecer estacionada al costado de la ruta.

El Perro revisó las puertas. Pepe comprobó nuevamente los documentos. Ferchu se aseguró de que la orden y las comunicaciones quedaran vinculadas a la actuación. Ferraro ocupó el lugar desde el que podía hablar con el detenido sin perder de vista a los demás.

Alazari probó distintos tonos durante el trayecto.

Primero fue el hombre injustamente detenido.

Después el extranjero que exigía garantías.

Más tarde se convirtió en alguien que parecía conocer secretos capaces de incomodar a gobiernos.

Ferraro escuchó sin aceptar el marco que cada versión intentaba imponer.

—La explosión fue un atentado —dijo Alazari—. No un accidente.

—Eso deberá comprobarlo.

—Hay cosas que ustedes no pueden comprobar.

—Entonces no pueden ayudarnos a decidir.

El detenido sonrió. Parecía disfrutar más de la duda que de la posibilidad de convencer. Si lograba que Interpol creyera que detrás de él existía una operación secreta, cualquier demora podía parecer prudencia y cualquier error, una provocación internacional.

La ruta se extendía delante del móvil sin tráfico. En algunos cruces disminuían la velocidad y observaban los vehículos próximos. No ocurrió nada. Esa ausencia de incidentes no redujo el cansancio; lo desplazó hacia la expectativa.

Alazari mencionó otra vez al hermano.

—He will fix this.

Ferraro recordó la frase. Todavía podía significar abogados y documentos. Meses después adquiriría otra resonancia.

Cuando aparecieron las primeras luces de Montevideo, el detenido dejó de hablar. Miró la ciudad como quien estudia un tablero nuevo. No sabía cuánto tiempo permanecería allí. Ya intentaba comprender dónde lo colocarían, quién tomaría decisiones y qué puertas dependían de una sola persona.

Durante una parada de coordinación, nadie abrió el compartimento.

Un funcionario comprobó desde afuera que todo estuviera en orden y el móvil continuó.

La seguridad estaba hecha de decisiones poco visibles: no detenerse en lugares previsibles, no comunicar rutas completas y no permitir que la rutina sustituyera la observación.

Ferraro pensó en la advertencia recibida desde Washington.

Esas tres palabras, armado y peligroso, viajaban con el detenido aunque sus manos estuvieran esposadas.

Describían su historial, pero también podían distorsionar la conducta policial.

El miedo favorece errores tan peligrosos como la confianza excesiva.

Por eso mantuvo el tono normal. No quería que cada movimiento de Alazari provocara una reacción desproporcionada. El control verdadero consistía en anticipar sin precipitarse.

El israelí notó la disciplina del equipo. No podía conversar con los otros custodios y no obtenía de Ferraro los detalles que buscaba. Entonces guardó silencio. El cambio no tranquilizó a nadie. Un detenido que deja de preguntar puede haber renunciado o puede haber recibido suficiente información.

Ferraro eligió la segunda posibilidad.

Para el equipo, la llegada a la capital abría el momento más vulnerable del traslado: calles con tránsito creciente, accesos conocidos y la entrega a funcionarios que todavía no habían vivido la urgencia de la madrugada.