Capítulo 9 — La familia Abergil
La historia sobre la Unidad K no era la única capa del detenido.
El apellido Abergil tampoco apareció como una explicación completa.
Llegó en fragmentos: una referencia desde Washington, un nombre dentro de una comunicación y la impresión de que Alazari no era perseguido solamente por lo que llevaba en el pasaporte. El mapa se ampliaría durante años.
Itzhak y Meir Abergil encabezaban una organización criminal israelí con alcance internacional. Más que una banda unida por parentesco, funcionaba mediante operadores, prestamistas, cobradores, traficantes y contactos capaces de trabajar en países distintos sin conocer la estructura completa.
En informes y reconstrucciones posteriores, Alazari sería descrito como un hombre de operaciones especiales dentro de la red.
La expresión era ambigua y peligrosa. Podía significar logística, cobros, protección o trabajos que nadie quería dejar escritos.
Ferraro evitó convertirla en una confesión que nunca había escuchado.
Ferraro recibió los primeros datos como piezas sin imagen de referencia.
Sabía que Estados Unidos consideraba prioritario al detenido.
Sabía que Israel preguntaba por él. No sabía todavía cómo se relacionaban los nombres que aparecían en comunicaciones separadas ni qué parte pertenecía a información policial y cuál a reputaciones repetidas.
Pepe colocó varias hojas sobre una mesa. Dibujó líneas entre países y personas. Algunas terminaban en interrogantes.
—Las organizaciones familiares sobreviven porque la confianza ya viene de antes —explicó—. No tienen que construirla para cada negocio.
—Pero también dejan el mismo apellido en todas partes —dijo Fabri.
—Por eso no todos usan el apellido.
—¿Qué lugar ocupa? —preguntó Peñaloza durante una reunión.
Pepe recorrió las comunicaciones disponibles.
—No parece ser el jefe. Tampoco parece ser un empleado común.
—Entonces ¿qué es?
—El hombre al que llaman cuando un problema no se resuelve por teléfono.
Peñaloza pidió que las comunicaciones se limitaran a lo necesario. Un detenido de aquella relevancia atraería curiosidad dentro y fuera de la Policía. Cada persona que conociera los detalles era también alguien a quien podían presionar, engañar o comprar.
—¿Cuánto dinero puede movilizar? —preguntó el Mosquito.
Nadie respondió con una cifra. Los números que circulaban eran demasiado grandes y demasiado redondos.
Fortunas de cientos de millones, cargamentos valorados en millones, recompensas y deudas.
Ferraro prefería observar la conducta. Alazari vivía en Punta del Este sin la austeridad de un hombre cercado.
Tenía abogados, vehículos, propiedades consultadas y un hermano dispuesto a intervenir.
El dinero no demostraba todas las historias. Demostraba que la prisión no interrumpiría sus relaciones.
El quinto piso encerraba un cuerpo. Afuera continuaban funcionando sus relaciones.
Ferraro empezó a comprender que custodiar a Alazari no consistiría únicamente en impedir que atravesara una puerta.
También significaría anticipar lo que podían hacer quienes permanecían fuera: contratar abogados, localizar funcionarios vulnerables, preparar documentos y convertir el tiempo judicial en tiempo operativo.