Capítulo 8 — La Unidad K
En la Seccional Décima, Alazari apenas había dejado caer una frase.
Ya en las oficinas de Interpol, cuando comprendió que las huellas y las cicatrices habían cerrado la discusión sobre su identidad, decidió volver sobre ella.
Esta vez le puso nombres, jerarquías y una misión.
Dijo que comprendía el trabajo de Ferraro porque él también había pertenecido a ese mundo.
Afirmó que había alcanzado el grado de teniente y trabajado para una estructura llamada Unidad K en Jerusalén.
Según su versión, la explosión que había dejado quemaduras y cicatrices en sus brazos y piernas no había sido un accidente militar, sino un atentado cometido mientras servía al Mossad.
Ferraro mantuvo las palabras separadas. Servicio militar, inteligencia, Unidad K y Mossad designaban realidades distintas; una afirmación del detenido tampoco equivalía a una certificación. Precisamente por eso anotó quién la había pronunciado y en qué contexto.
Cuando hablaba a solas, Alazari iba más lejos.
Decía que la Unidad K había sido la estructura elegida para prepararlo antes de enviarlo a Estados Unidos.
El Mossad, aseguraba, había financiado la infiltración y le había proporcionado dinero y pastillas de éxtasis para abrirse paso en el ambiente que debía penetrar.
No lo narraba como una confesión. Lo narraba como una traición sufrida. En su versión, había comenzado obedeciendo órdenes y terminó abandonado en una frontera donde agente, informante y traficante podían usar el mismo teléfono y conocer a las mismas personas.
—¿Le dieron éxtasis para infiltrarse? —preguntó Ferraro.
—Me dieron herramientas —respondió Alazari—. Después quisieron llamarlas pruebas.
Ferraro no mostró si le creía. La historia explicaba demasiado: el acceso al dinero, los contactos dentro de Estados Unidos, el conocimiento de las rutas y hasta la persecución internacional.
Precisamente por eso podía ser una coartada construida para transformar a un traficante en un agente sacrificado por su país.
Había una contradicción difícil de ignorar.
Si realmente cumplía una misión secreta, ¿por qué se había apartado hacia Brasil?
Alazari decía que comprendió que nunca lo sacarían cuando la operación se complicara.
Eligió América del Sur, donde ya tenía contactos, y comenzó a trabajar para sí mismo.
Brasil le ofrecía territorio; Uruguay, discreción.
Fue en Uruguay donde una ficha de casino y un juego de huellas destruyeron la identidad que había preparado.
Ferraro anotó la versión sin corregirla.
Unidad K. Mossad. Dinero. Éxtasis. Infiltración.
Ruptura. Brasil. Eran palabras del detenido, no conclusiones de Interpol.
Pero también eran la presentación que Alazari había elegido para sí mismo: no un criminal común, sino un hombre formado por un Estado y perseguido cuando decidió quedarse con el negocio.
La diferencia importaba. Un delincuente intenta convencer a la Policía de que es inocente. Alazari intentaba convencerla de que era más importante de lo que decían sus cargos.
La letra K era útil precisamente porque no explicaba nada.
Sonaba a compartimento reservado, a denominación que solo reconocería quien tuviera autorización.
Ferraro había escuchado suficientes relatos de detenidos para saber que el misterio puede funcionar como prueba cuando el interlocutor desea creer.
—¿Quién puede confirmar eso? —preguntó.
—Las personas que podrían confirmarlo nunca van a hacerlo.
Era una respuesta perfecta. Convertía la ausencia de evidencia en evidencia de secreto. Si Jerusalén guardaba silencio, era porque la operación seguía protegida. Si negaba la historia, también podía interpretarse como protección. Alazari había construido una afirmación que no podía perder.
Ferraro no discutió. Anotó las palabras exactas y continuó preguntando por fechas, lugares y funciones.
Los relatos seguros suelen debilitarse cuando deben atravesar un calendario.
Alazari respondía con habilidad. Entregaba detalles suficientes para sostener la atención, pero reservaba aquello que permitiría comprobarlos.
En su versión, había recibido dinero y pastillas para infiltrarse en Estados Unidos.
La misión lo había acercado a personas que movían drogas sintéticas y grandes cantidades de efectivo.
Cuando la operación se complicó, quienes lo habían enviado dejaron de reconocerlo.
Brasil apareció entonces como refugio y continuidad: un lugar donde sus contactos podían convertirse en otra vida.
Ferraro separó tres posibilidades. La primera era que todo fuera falso, una coartada diseñada por un traficante.
La segunda, que Alazari hubiera colaborado en algún momento con un organismo y utilizara una relación limitada para cubrir delitos propios.
La tercera era la historia completa que él contaba: un agente abandonado que había terminado perseguido por los mismos sistemas para los que trabajó.
Ninguna podía darse por cierta. Las tres explicaban aspectos diferentes de su conducta.
El detenido observaba la duda como una ventaja.
No esperaba que Ferraro le creyera; quería obligarlo a considerar la posibilidad.
Esa duda obligaba a consultar, enviar mensajes y esperar respuestas.
También podía volver prudente a quien debía decidir cuánto sabía realmente el hombre sentado delante.
—Si era tan importante —preguntó Ferraro—, ¿por qué estaba solo cuando lo detuvieron?
Alazari sonrió.
—¿Quién le dijo que estaba solo?
La respuesta permaneció en la oficina después de que terminara el interrogatorio.
Había, sin embargo, cicatrices que alimentaban la leyenda.
Poco después de llegar a Uruguay, Alazari se había sometido a una intervención quirúrgica compleja.
Le extrajeron fragmentos de metralla del estómago y de las piernas.
El abogado creyó entonces que podía tratarse de otro israelí marcado por la violencia de su país.
—¿De dónde salió la metralla? —preguntó Ferraro.
Alazari respondió con una explicación militar imprecisa. Nombró lugares, pero no fechas verificables. Cada fragmento metálico dentro de su cuerpo permitía tres historias: la que había ocurrido, la que estaba dispuesto a contar y la que los demás querían creer.
La justicia descartó en aquel momento una posible vinculación con actos terroristas. Persistieron las acusaciones por narcotráfico, falsificación, extorsión, lavado y delitos violentos. La diferencia era importante. Ferraro no necesitaba convertirlo en terrorista para comprender que era peligroso.
El abogado que había recibido la copia del pasaporte renunció a defenderlo cuando conoció la gravedad de las imputaciones. Explicó públicamente que no trabajaba en causas de narcotráfico, homicidio o violación, y que tampoco defendería a grandes corruptos.
Alazari consiguió otros abogados. Siempre habría alguien dispuesto a discutir plazos, traducciones y tratados. Lo que no consiguió fue recuperar el anonimato que las huellas le habían quitado.
Ferraro archivó las variantes del nombre junto a las impresiones digitales. En adelante, cada consulta llevaría ambas cosas.
El pasaporte podía mentir. Las cicatrices podían contar una historia conveniente. Las huellas no negociaban.
Las cicatrices daban cuerpo a una historia que los documentos no confirmaban. Ferraro aprendió a mirarlas sin permitir que decidieran por él. Una marca demuestra que algo ocurrió. No demuestra quién lo provocó ni por qué.
Durante años conservaría la pregunta. Si Alazari era únicamente un delincuente con talento para inventarse, había creado una de las defensas más eficaces que Ferraro había escuchado. Si parte del relato era cierta, la persecución incluía actores que nunca aparecerían en el expediente.
Alazari modulaba el relato según quien tuviera delante.
Ante un policía joven podía insinuar jerarquías y operaciones.
Frente a un abogado destacaba la persecución sufrida.
Cuando hablaba con alguien que conocía procedimientos internacionales, incorporaba nombres de ciudades y estructuras.
La esencia permanecía: él se presentaba como un hombre atrapado por tareas que los gobiernos nunca admitirían, muy por encima de un delincuente común.
Ferraro pidió información a través de los canales formales.
Las respuestas no confirmaron la historia.
Tampoco podían demostrar de manera absoluta que nunca hubiera existido una colaboración.
Los servicios de inteligencia no entregaban certificados laborales a una investigación extranjera, y esa reserva proporcionaba a Alazari el espacio que necesitaba para continuar hablando.
Pepe propuso una regla práctica: verificar por separado cada consecuencia del relato.
Si decía haber recibido dinero, buscar el dinero.
Si mencionaba viajes, comprobar entradas y salidas.
Si atribuía las heridas a una explosión, localizar registros médicos.
No necesitaban resolver el misterio del Mossad para demostrar un pasaporte falso o sostener una requisitoria.
La regla irritó a Alazari. Prefería discutir la historia completa, porque dentro de ella cada contradicción podía protegerse con el secreto.
Las preguntas pequeñas le quitaban esa ventaja.
Fecha. Hospital. Nombre del médico. País de ingreso.
Cada respuesta concreta acercaba su leyenda al mundo donde los hechos podían ser comparados.
La duda podía sobrevivir. La investigación no podía permitirse resolverla por intuición.