A las Dos de la Mañana Capítulo 7 — El hombre de varios nombres
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Capítulo 7 — El hombre de varios nombres

Mientras el equipo preparaba el traslado a Montevideo, Ferraro volvió a las identidades asociadas con aquellas huellas.

Mucho antes de aparecer en una máquina de fax, el nombre utilizado en esta historia ya había aprendido a viajar.

Las consonantes cambiaban al cruzar alfabetos y las vocales parecían obedecer a quien llenaba el formulario.

Variaciones pequeñas podían separar al mismo hombre en expedientes distintos.

En un puesto fronterizo, una diferencia de letras podía parecer un error.

Dentro de una investigación internacional podía convertirse en territorio.

Cada identidad no necesitaba sobrevivir para siempre.

Bastaba con durar hasta el próximo vuelo, el nuevo alquiler o la consulta formulada bajo la versión equivocada.

La identificación por huellas resolvió una pregunta y abrió otra más incómoda: ¿cómo había conseguido Alazari permanecer durante meses en Uruguay sin que ninguna consulta anterior revelara la alerta roja?

La respuesta comenzó con un abogado de Maldonado al que el israelí había visitado poco después de llegar.

Quería radicarse, dijo. Preguntó por cuentas bancarias, propiedades y la manera correcta de establecer negocios.

El abogado no conocía sus antecedentes y pidió una copia del pasaporte para realizar averiguaciones.

Consultó en la Embajada de Israel. También hizo una consulta ante Interpol. Según declararía públicamente después del arresto, nadie le informó que existiera una requisitoria.

Ferraro leyó aquella versión más de una vez.

No implicaba necesariamente que la alerta no estuviera en el sistema.

Una letra distinta, un apellido separado de otra manera o una transliteración del hebreo podían devolver silencio.

Alazari acumulaba variantes de su nombre como otros hombres acumulaban llaves.

El pasaporte había hablado con la identidad que llevaba impresa. Los dedos hablaron con todas.

—Entonces el sistema falló —dijo Fabri.

—El sistema respondió lo que le preguntaron —contestó Ferraro—. Tenemos que averiguar qué nombre usaron.

La diferencia parecía técnica, pero podía medir meses de libertad.

En la cooperación internacional no bastaba con poseer información.

Había que formular la pregunta exacta, en el idioma exacto y con las variantes correctas.

Por eso las huellas eran distintas: no dependían de cómo un funcionario escribiera un nombre extranjero.

La biografía pública que se formaría después tampoco avanzaba en una sola línea.

Había referencias a Israel, Bélgica, Estados Unidos y Brasil; acusaciones relacionadas con drogas sintéticas, lavado, extorsión y redes criminales.

Algunos medios lo describirían como uno de los principales traficantes de éxtasis del mundo.

Otros utilizarían títulos más útiles para vender diarios que para comprender un expediente: rey, zar, cerebro.

Ferraro desconfiaba de esas palabras. Un apodo periodístico podía inflar a un hombre hasta volverlo irreconocible.

También podía protegerlo. Cuanto más extraordinario parecía, más fácil resultaba atribuir cada vacío a poderes invisibles en lugar de buscar la llamada, el documento o la persona concreta que había fallado.

Lo comprobable era suficiente para inquietar.

Estados Unidos lo reclamaba. Israel quería información sobre sus movimientos.

Las referencias policiales lo vinculaban con tráfico de MDMA y con hombres capaces de operar en varios países.

Había utilizado documentos cuya identidad no coincidía con sus huellas y se movía con dinero suficiente para no parecer perseguido.

El tráfico de éxtasis seguía una lógica distinta a la cocaína que dominaba el imaginario regional.

Las pastillas podían fabricarse lejos de los cultivos, viajar en grandes cantidades dentro de espacios reducidos y cruzar circuitos de fiestas, puertos y distribución entre Europa y Estados Unidos.

El negocio dependía de precursores, laboratorios, transporte y silencio.

Alazari aparecía en esas redes como alguien acostumbrado a conectar puntos.

La información disponible en 2004 era fragmentaria.

Años después, documentos judiciales y notas de prensa ampliarían el cuadro.

Ferraro, sin embargo, debía trabajar con lo que existía aquella madrugada, no con lo que el futuro demostraría.

En eso consistía una investigación: tomar decisiones irreversibles con conocimiento incompleto.

Entre los documentos revisados en Punta del Este surgirían las variaciones que luego se volverían obsesión para el equipo.

Entre los documentos había varias transliteraciones del nombre. Una vocal o una consonante podían separar una consulta correcta de una respuesta vacía.

—Con razón viajaba tranquilo —dijo el Mosquito.

Ferraro negó con la cabeza.

—No viajaba tranquilo. Viajaba preparado.

La tranquilidad de Alazari no dependía solamente de un pasaporte.

Había aprendido que los sistemas nacionales no siempre se hablaban con la velocidad que prometían.

Un abogado podía consultar una forma del nombre, una embajada responder sobre otra y una alerta permanecer intacta sin tocar a la persona que debía encontrar.

El hombre no necesitaba derrotar a Interpol. Le alcanzaba con moverse dentro de la distancia entre una pregunta y su respuesta.

La multiplicidad de identidades producía otro efecto: dividía el pasado.

Una denuncia podía quedar asociada a un nombre, una cuenta bancaria a otro y un viaje a un tercero.

Cada país veía una parte y podía considerar exageradas las advertencias del resto.

Alazari no tenía que borrar su historia; le bastaba con lograr que nadie pudiera reunirla a tiempo.

Los investigadores internacionales conocían ese problema, pero las herramientas de comienzos de siglo todavía exigían una gran cantidad de trabajo manual.

Las bases de datos no corregían automáticamente todas las transliteraciones.

Los documentos viajaban por fax y algunas fotografías perdían rasgos en cada copia.

La cooperación dependía tanto de la tecnología como del funcionario que decidía buscar una variante adicional.

Ferraro comenzó a confeccionar una lista.

Escribió cada forma conocida del nombre, combinó apellidos y revisó fechas de nacimiento.

El resultado parecía excesivo hasta que una búsqueda diferente devolvía un dato nuevo.

Comprendió que la identidad de Alazari se parecía menos a una máscara única que a una baraja.

El fugitivo podía descartar una carta sin quedarse sin juego.