A las Dos de la Mañana Capítulo 6 — A las cuatro y media
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Capítulo 6 — A las cuatro y media

La comisaría olía a café recalentado, humedad y papel viejo. Alazari estaba sentado con la espalda recta, vestido con jeans y camisa, demasiado bien arreglado para la hora. Llevaba dos juegos de esposas porque uno solo no cerraba con seguridad sobre sus muñecas.

Ferraro entró con el Perro, Pepe y Ferchu. Los cuatro vestían traje y llevaban protección. Sobre el chaleco de Ferraro, la palabra INTERPOL aparecía en letras visibles; junto a ella, la placa confirmaba que aquellos hombres no venían por la discusión del casino.

El detenido levantó la mirada y recorrió al equipo. Hasta entonces podía haber creído que seguía frente a policías locales y que un abogado convertiría la noche en un malentendido.

—Who are you? —preguntó—. Why are you asking these questions?

Ferraro señaló la identificación.

—Somos de Interpol.

El Perro ocupó el espacio próximo a la puerta y comprobó las manos, las ventanas y la distancia hasta el pasillo. Pepe permaneció medio paso detrás de Ferraro, atento a la secuencia de las respuestas. Ferchu sostuvo la carpeta cerrada: primero escucharían; después decidirían qué documento mostrar.

Ferraro utilizó la identidad que figuraba en el pasaporte.

—Good morning, sir.

Alazari respondió con una inclinación mínima, como un cliente molesto al que por fin atendía alguien competente.

Ferraro pronunció entonces el otro nombre.

—Yehoram Alazari.

El movimiento fue pequeño. Los hombros conservaron la posición; la mirada perdió durante un instante su seguridad.

Ferraro abrió la carpeta.

—Sus huellas lo identifican como Yehoram Alazari. Existe una difusión roja requerida por Washington y Jerusalén. Debe ser considerado armado y peligroso. Entre las acusaciones figura el tráfico internacional de éxtasis.

No reprodujo un número que los años borrarían de su memoria. Le bastó con mostrar el encabezado y la coincidencia dactilar. Alazari miró otra vez el chaleco, como si la palabra INTERPOL hubiera adquirido un peso distinto.

—There is a mistake. There is another man with that name. They always confuse me with him.

Una diferencia de grafía podía discutirse. Diez dedos exigían algo más.

Ferraro observó las zonas visibles de los brazos. La alerta incluía cicatrices producidas por una explosión.

—Ese otro hombre estuvo en una explosión —dijo—. Tiene quemaduras, sobre todo en brazos y piernas. ¿También confunden las cicatrices?

Alazari quedó inmóvil. El cambio duró apenas un segundo, pero los cuatro lo vieron. La identidad falsa acababa de perder el último lugar donde esconderse.

El detenido recuperó la postura.

—I want my phone call.

—El juez de Montevideo decidirá cuándo y con quién puede comunicarse.

—Mi hermano está en Uruguay. Él va a arreglar esto.

Ferraro interpretó arreglar como abogados, documentos y recursos judiciales. Meses después, la palabra adquiriría otro significado.

Preguntó desde cuándo estaba en Uruguay, dónde vivía, quién pagaba el alquiler y qué vehículos utilizaba. Alazari respondía con otra pregunta, intentando medir cuánto sabía Interpol.

—Usted pregunta mucho —dijo.

—Es la parte menos pesada de mi trabajo.

—¿Y cuál es la más pesada?

Ferraro miró los dos pares de esposas.

—Cuando las respuestas llegan tarde.

Por primera vez, Alazari dejó de hablar. La tranquilidad regresó a su rostro, pero ya no era la del hombre que esperaba resolver un problema de casino. Era una expresión construida para el interrogatorio.

Entonces insinuó que las cicatrices pertenecían a otra vida. No habló todavía de la Unidad K ni explicó una misión. Se limitó a afirmar que había trabajado para la inteligencia israelí y que la explosión no provenía del mundo criminal descrito por la alerta.

Ferraro no discutió la historia. La registró como versión del detenido.

—Tendremos tiempo para eso en Montevideo.

—¿Montevideo?

Alazari comprendió que no saldría de la seccional acompañado por su hermano y un abogado. El caso había cambiado de jurisdicción y la noche acababa de cerrarse sobre su verdadero nombre.