A las Dos de la Mañana Capítulo 5 — Noventa y cinco kilómetros
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Capítulo 5 — Noventa y cinco kilómetros

En menos de una hora el equipo estaba listo. La novedad quedó limitada a quienes necesitaban conocerla.

El Perro miraba hacia atrás con frecuencia.

No tenían pruebas de que la organización supiera lo ocurrido, pero actuar como si la detención todavía fuera secreta habría sido una comodidad peligrosa.

Alazari había mencionado a su hermano y vivía rodeado de personas capaces de telefonear, pagar y moverse.

Pepe repasó la información disponible. Los nombres cambiaban de un documento a otro y algunas acusaciones llegaban resumidas en pocas líneas.

Había referencias a drogas sintéticas, extorsión, fraude y lavado.

También aparecían palabras más difíciles de ubicar: Unidad K, inteligencia, contactos internacionales. Ferraro insistió en una regla.

—Lo que diga la pantalla no reemplaza el expediente. Hasta recibir los documentos, repetimos solamente lo confirmado.

—Y nos preparamos para lo peor de lo informado —añadió el Perro.

Ferchu llevaba sobre las rodillas una libreta.

Reconstruía la cadena legal desde el casino hasta la intervención de Interpol.

La detención original había nacido de un incidente menor.

La identificación internacional cambiaba la gravedad, pero no autorizaba a borrar los pasos intermedios.

Si la defensa encontraba una irregularidad, intentaría convertirla en una puerta.

El Mosquito coordinaba por teléfono desde Montevideo. Confirmó el móvil de apoyo y recordó que el objetivo era retirar al detenido con discreción. No quería una comisaría llena de curiosos ni una caravana que anunciara la captura antes de que el hombre estuviera asegurado.

La ruta hacia el este aparecía y desaparecía dentro de los faros.

Durante algunos tramos nadie habló. El cansancio favorecía pensamientos absolutos: que todo estaba bajo control o que cualquiera podía estar esperándolos.

Ferraro evitó ambos. Revisó mentalmente las decisiones tomadas y las que todavía faltaban.

Punta del Este estaba a unos noventa y cinco kilómetros. Salieron armados y con chalecos, conscientes de que dos oficinas extranjeras ya trataban aquella coincidencia de huellas como una emergencia.

—¿Qué hizo para caer? —preguntó finalmente.

Ferraro miró la copia de las huellas.

—Discutió por diez mil pesos.

Pepe levantó la vista.

—Si es el hombre que dice la ficha, diez mil pesos no significan nada.

—Por eso cayó —dijo Ferraro—. Porque el dinero era secundario. Lo que no soportaba era perder.

La conversación terminó allí. La cifra del casino parecía ridícula al lado de las acusaciones internacionales, pero explicaba un rasgo que luego aparecería una y otra vez.

Alazari podía cambiar de identidad, esconderse entre países y soportar meses de incertidumbre.

Lo que no soportaba era que otra persona decidiera por él.

A medida que se acercaban a Maldonado, las primeras luces comenzaron a recortar los campos.

Ferraro pensó en la jueza, en el funcionario de Washington que había cambiado de voz y en el silencio idéntico llegado desde Jerusalén.

Tres reacciones distintas habían convertido unas huellas borrosas en una urgencia.

—Cuando entremos —dijo—, nadie le cuenta más de lo necesario. Primero confirmamos las marcas. Después escuchamos qué historia eligió para hoy.

Pepe cerró la carpeta.

—Los hombres con muchos nombres suelen tener también muchas explicaciones.

—A nosotros nos alcanza con una identidad.

Viajar hacia una captura ya realizada producía una tensión extraña. El objetivo estaba detenido, pero todavía no estaba bajo su control. Entre ambos estados existía una zona frágil en la que una llamada, una orden mal comprendida o la llegada de un abogado podía alterar la situación.

Pepe preguntó quién había tomado las huellas y cómo se habían conservado.

No cuestionaba al colega; protegía la cadena que después permitiría sostener la identidad.

El papel térmico podía perder definición y la defensa podía atacar la comparación.

En Punta del Este repetirían la ficha si era necesario.

Ferchu recordó que una difusión internacional no equivalía a una condena.

Permitía actuar, localizar y poner al requerido a disposición judicial, pero las acusaciones debían probarse en los procedimientos correspondientes.

El equipo no iba a buscar a un culpable definitivo. Iba a buscar al hombre correcto.

El Perro observó un automóvil detenido junto a una estación y lo siguió con la vista hasta perderlo. Cualquier vigilancia enemiga era improbable a esa hora, pero la improbabilidad no era lo mismo que la imposibilidad. Alazari llevaba meses en Uruguay; nadie sabía qué relaciones había construido.

Cuando apareció el cartel de Maldonado, todos habían dejado de sentir sueño. La operación todavía no había comenzado y, sin embargo, cada uno llevaba horas tomando decisiones.

Cuando el vehículo se detuvo frente a la seccional, no había fotógrafos, autoridades ni una recepción preparada. Solo una comisaría despierta a destiempo y un detenido enorme que todavía esperaba recuperar el control de la noche.