A las Dos de la Mañana Capítulo 4 — La llamada a la jueza
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Capítulo 4 — La llamada a la jueza

Después de las llamadas de Washington y Jerusalén, Ferraro miró el reloj.

Eran aproximadamente las dos y cuarenta y cinco de la mañana.

La hora convertía una comunicación sencilla en una decisión: esperar hasta el comienzo de la jornada o despertar a la magistrada de turno y asumir personalmente las consecuencias si la coincidencia resultaba equivocada.

No dudó demasiado. La prudencia no siempre consiste en esperar. A veces exige moverse antes de que la información alcance a la persona equivocada.

Mientras el equipo terminaba de reunirse y el Mosquito coordinaba la salida, Ferraro ordenó las comunicaciones recibidas.

En una hoja escribió lo que podía afirmar: huellas coincidentes, difusión internacional, requerimiento de Estados Unidos, interés de Israel y la advertencia de que el detenido debía considerarse armado y peligroso.

Al lado dejó otra columna para lo que todavía no sabía.

La lista de incertidumbres era más larga: qué documento había utilizado, desde cuándo estaba en Uruguay, quién lo acompañaba, si tenía armas, quién conocía su detención y cuánto tiempo tardaría su red en reaccionar.

Marcó el número del juzgado. Cada tono pareció durar más de lo normal.

—Doctora, disculpe la hora. Soy Ferraro, de Interpol. En la Seccional Décima tienen detenido a un hombre que acaba de ser identificado como Yehoram Alazari.

La molestia desapareció cuando explicó la alerta, los países requirentes y la advertencia de que podía estar armado.

La jueza pidió de inmediato los antecedentes disponibles.

Más tarde, ya con el equipo en Maldonado, dispuso que el incidente del casino quedara archivado y que la actuación policial vinculada al requerimiento internacional pasara a Interpol, bajo intervención del juzgado competente de Montevideo.

Diez mil pesos habían iniciado el expediente; las huellas acababan de cambiar su jurisdicción y su escala.

Ferraro habló despacio. No intentó impresionar a la jueza con apodos periodísticos ni con las dimensiones de la red que todavía no podían demostrar.

Explicó el procedimiento de identificación, la calidad de la coincidencia y las dos comunicaciones internacionales que acababan de recibir.

La magistrada hizo preguntas concretas: bajo qué identidad estaba detenido, cuál era el motivo de la intervención policial inicial y si existía documentación formal suficiente para mantenerlo privado de libertad.

—Todavía estamos recibiendo la documentación —contestó Ferraro—. Pero si esperamos hasta la mañana, la noticia puede llegar antes que nosotros.

Del otro lado hubo un silencio breve. Aquella pausa no revelaba duda, sino el esfuerzo de ordenar prioridades después de ser arrancado del sueño.

—Envíeme todo lo que tenga. Y manténgame informada durante el traslado.

Ferraro anotó la hora exacta de la comunicación. En una investigación internacional, hasta una llamada nocturna podía terminar meses después convertida en una pregunta judicial: quién sabía, a qué hora lo supo y qué hizo con ese conocimiento.

Cuando todos estuvieron en la oficina, Ferraro les mostró la hoja.

—Con esto podemos ir a buscarlo —dijo—. Para todo lo demás necesitaremos papeles que todavía están viajando.

—Él también sabe que los papeles demoran.

—Entonces no le regalemos la demora.

Ninguno preguntó si el viaje podía esperar.

Ferraro resumió la orden de la jueza y las cautelas del traslado. Minutos después salieron hacia Maldonado.

La ciudad dormía. En Punta del Este, Alazari todavía podía creer que un abogado resolvería el incidente del casino. Entre ambos lugares había noventa y cinco kilómetros y una ventana cada vez más estrecha.

Ferraro guardó la ficha de huellas dentro de la carpeta.

La autoridad judicial y la policial vivían urgencias distintas.

Ferraro podía identificar un riesgo en minutos; la jueza debía convertir esa identificación en una decisión válida.

Ninguno podía sustituir al otro. La eficacia dependía de que la prisa no destruyera la legalidad y de que la legalidad no confundiera demora con prudencia.

En la oficina, el fax seguía expulsando hojas.

Algunas traían encabezados incompletos, otras repetían datos ya recibidos.

Ferraro las ordenó por hora y procedencia.

La acumulación no garantizaba claridad. Una sola línea verificable valía más que cinco páginas de calificativos sobre la peligrosidad del detenido.

La jueza pidió que la mantuvieran al tanto de cualquier cambio.

Ferraro entendió el mensaje implícito: la autorización tenía límites precisos.

Si al llegar descubrían que las huellas no correspondían, o que la alerta había sido cancelada, debían informarlo con la misma rapidez con que habían anunciado la captura.

Antes de salir, llamó nuevamente a la seccional. Ordenó que nadie permitiera contactos no autorizados y que evitaran discutir el caso por teléfono. El policía de Maldonado preguntó si debían preocuparse. Ferraro eligió una respuesta útil.

—No se preocupen. Cumplan cada paso y no supongan nada.

—Vamos.