Capítulo 1 — Diez mil pesos
La caída de Yehoram Alazari no comenzó con una operación internacional. Comenzó con una llamada desde la Seccional Décima de Punta del Este.
Aquella noche de invierno, el Conrad seguía iluminado frente a una costa casi vacía.
Dentro, una discusión por unos diez mil pesos había terminado con un extranjero en una dependencia policial.
Las versiones posteriores no coincidieron en todos los detalles: algunas situaron al hermano en el centro del incidente; otras mencionaron a una mujer que habría colocado fichas después del no va más.
Ferraro no presenció la disputa y nunca eligió una versión solo porque resultara más atractiva.
—Interpol —respondió.
La voz del colega llegó entre estática y cansancio.
—Llamo de la Décima. Tenemos a un extranjero por un problema en el casino. No habla español y la documentación no termina de convencernos.
Ferraro acercó una hoja y anotó la identidad declarada. Preguntó por el motivo de la detención, los acompañantes y el documento. Las respuestas no componían todavía un caso internacional; describían una molestia administrativa que podía resolverse con un abogado y unas horas de espera.
—¿Hay algo concreto?
—Concreto, no. Pero hay algo raro.
Ferraro conocía esa incomodidad. Pepe le había enseñado a no despreciarla: primero se respetaba la duda; después se buscaba el dato capaz de confirmarla o destruirla.
—Tómenle las huellas. Los diez dedos. Y me mandan la ficha por fax.
—¿Por las dudas?
—Para dejar de tenerlas.
El colega no respondió enseguida. Al fondo de la línea se oyó una puerta y después una voz que preguntaba algo en español. El detenido no podía entender las palabras, pero sí advertir que la llamada ya duraba más de lo previsto.
—Aseguren la ficha y no discutan el nombre por teléfono —agregó Ferraro—. Cuando salga el fax, me llaman.
Colgó y permaneció junto a la máquina. La oficina seguía siendo la misma, con archivadores, cables y una taza olvidada; lo que había cambiado era la decisión de no aceptar una identidad por comodidad.
En la seccional prepararon la ficha decadactilar. Alazari se dejó entintar los dedos sin resistencia. Su pasaporte podía llevar otro nombre y su historia podía cambiar con el idioma; las manos no negociaban con la misma facilidad.
Mientras esperaba, Ferraro volvió a preguntar por el casino.
Diez mil pesos eran una suma menor comparada con los delitos que luego aparecerían asociados al detenido.
Precisamente por eso el episodio resultaba revelador: una disputa pequeña había provocado la intervención que sus identidades falsas llevaban meses evitando.
El fax tardó. La máquina recibió el papel línea por línea, con manchas y bordes imprecisos. Ferraro lo levantó todavía tibio y comprobó si las impresiones conservaban arcos, presillas y puntos suficientes. Para iniciar la consulta bastaba con una imagen que permitiera comparar.
En Punta del Este, el extranjero continuaba detenido por el incidente del casino.
Vestía bien, había alquilado vivienda y vehículos y, según surgiría después, llevaba meses construyendo una vida que no se parecía a la de un fugitivo acorralado.
El balneario le ofrecía edificios con vecinos temporales, dinero extranjero y una población acostumbrada a personas que llegaban sin explicar demasiado.
Ferraro colocó la ficha junto al teclado. Introdujo la identidad declarada, las variantes posibles y el motivo de la consulta. Después esperó.
A noventa y cinco kilómetros, Alazari todavía podía confiar en que su hermano llegaría con un abogado y convertiría la noche en un malentendido. La policía local tenía una discusión, un documento y una intuición.
Interpol estaba a punto de ponerle un nombre distinto.
Cuando la respuesta apareció, Ferraro dejó de pensar en el casino. Volvió a leer la pantalla y acercó la ficha de papel como si la distancia entre ambas pudiera revelar un error.
No había error.
El hombre detenido por diez mil pesos era buscado por delitos capaces de cruzar continentes.
En el Conrad, la mesa continuó funcionando. Otros jugadores ocuparon los lugares, el dinero cambió de manos y la discusión se convirtió en una anécdota para quienes la habían visto. Ninguno sabía que acababan de abrir un expediente en tres países.
Alazari no había caído por el monto. Había caído porque un policía de Maldonado dijo que algo no cerraba y otro, en Montevideo, decidió comprobarlo con diez dedos.