A las Dos de la Mañana
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Prólogo — A las ocho
Ferraro había terminado el servicio extraordinario cuando Montevideo comenzaba a aclarar.
En el salón del casino del Radisson Victoria Plaza quedaban vasos sin dueño, ceniceros vencidos y empleados que hablaban en voz baja para no despertar a una ciudad que llevaba horas durmiendo.
Él entregó las novedades, comprobó por última vez que nada quedara pendiente y salió a buscar el ómnibus.
La madrugada no le había dejado cansancio todavía.
El cansancio llegaría después, cuando se quitara los zapatos y el cuerpo entendiera que podía detenerse.
Durante el viaje hasta su casa apoyó la frente contra el vidrio.
Las calles pasaban húmedas, casi vacías, con los semáforos cambiando para nadie.
Al llegar se dio una ducha. Ese día trabajaba por la tarde y calculó que todavía podía dormir unas horas. Había dejado la ropa doblada sobre una silla cuando sonó el teléfono.
A esa hora, las noticias rara vez eran buenas.
—¿A que no sabés lo que pasó? —preguntó Enrique Peñaloza, subdirector de Interpol.
Ferraro se sentó al borde de la cama. Peñaloza no necesitaba identificarse; llevaba años escuchando aquella voz atravesar líneas defectuosas, puestos de frontera y madrugadas de guardia. Lo que le llamó la atención fue la incredulidad del tono.
—Decime.
—Se fue Alazari.
Durante un instante Ferraro escuchó solamente la respiración del otro lado.
—¿De Libertad?
—Por la puerta principal. Se lo entregaron a dos hombres que dijeron ser policías. Presentaron una orden.
Ferraro miró el reloj. Eran cerca de las ocho. Hizo una pregunta antes de levantarse.
—¿A qué hora?
—A las dos de la madrugada.
Seis horas. La respuesta convirtió una fuga en una ventaja territorial. En seis horas un automóvil podía alcanzar una frontera, cambiar de vehículo y desaparecer dentro de otra jurisdicción. En seis horas se quemaban papeles, se cambiaban vehículos y desaparecían hombres.
Ferraro recordó el blindado policial de las fuerzas especiales y la propuesta pronunciada en inglés en plena avenida 18 de Julio. Recordó también lo que había dicho cuando supo que trasladaban al israelí al Penal de Libertad.
Ahora sí se va a escapar.
No sintió satisfacción por haber acertado. Las predicciones cumplidas servían únicamente para medir el tamaño del fracaso.
—Voy para la oficina —dijo.
—No. Vamos directo al penal. La jueza quiere que Interpol se encargue. No confía en nadie.
Ferraro colgó. Volvió a ponerse la ropa y guardó el arma.
La cama quedó intacta. Mientras cerraba la puerta comprendió que aquella mañana no comenzarían buscando solamente a dos fugitivos.
Tendrían que averiguar si alguien los había ayudado desde dentro, cómo se había confeccionado el papel y por qué habían transcurrido seis horas sin que nadie advirtiera la fuga.
En algún punto de la Ruta 1, según la reconstrucción publicada después, un automóvil alquilado esperaba al Fiat Duna. El cambio de vehículo rompería el primer rastro antes de que comenzara la búsqueda.
Mucho después, Ferraro comprendería que la fuga no había comenzado aquella noche.
Había comenzado cada vez que alguien aceptó no hacer una pregunta, cada vez que un nombre fue escrito de otra manera y cada vez que la urgencia de una voz telefónica pesó más que el procedimiento.
A las dos de la madrugada solo se abrió la puerta que todas esas omisiones habían preparado.
Por eso regresó a la oficina. No buscaba únicamente a dos hombres. Buscaba el punto exacto en que una institución capaz de encerrar a los delincuentes más peligrosos había terminado obedeciendo las instrucciones de quienes venían a liberarlos.