A las Dos de la Mañana Capítulo 2 — Las huellas por fax
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Capítulo 2 — Las huellas por fax

La red internacional permitía que una consulta uruguaya despertara oficinas a miles de kilómetros. Pero el sistema no adivinaba. Había que cargar nombres alternativos, explicar el motivo y distinguir una transliteración diferente de una identidad falsa.

Ferraro introdujo las variantes disponibles. Esperó la respuesta y volvió a mirar la calidad de las huellas. Si se equivocaba, el error viajaría tan rápido como el dato correcto.

La pantalla cambió.

Yehoram Alazari.

Requerimientos internacionales. Estados Unidos. Israel. Tráfico de drogas sintéticas, fraude, lavado y extorsión. La advertencia operativa era breve: debía ser considerado armado y peligroso.

Ferraro leyó todo dos veces. Luego comparó otra vez los puntos característicos. El extranjero de la Seccional Décima ya no era solo el hombre de un pasaporte dudoso.

El primer teléfono sonó antes de que pudiera organizar las hojas. La comunicación provenía de Interpol Washington. Ferraro no conservó el nombre del funcionario y años después lo recrearía como Robert Kane; la pregunta, en cambio, quedó fija.

—Nos apareció una consulta sobre Alazari. ¿Por qué IP Montevideo inició esa búsqueda?

Ferraro miró el fax.

—Porque acabamos de arrestarlo.

El silencio del otro lado duró apenas unos segundos, pero cambió el tono de la conversación.

—Debe ser considerado armado y peligroso. Procedan con cautela. Informen oficialmente por I-24/7.

Ferraro anotó la hora y repitió las instrucciones para evitar cualquier ambigüedad. Poco después llamó Jerusalén. La funcionaria, cuyo nombre real tampoco recordaría y a quien el relato identifica como Yael Ben-David, formuló casi la misma pregunta.

—¿Por qué Montevideo está consultando a Alazari?

—Porque lo tenemos detenido en Punta del Este.

Hubo otro silencio. Dos oficinas que ya conocían el nombre acababan de descubrir dónde estaba el hombre.

Ferraro no permitió que la importancia del hallazgo acelerara mal el procedimiento.

Anotó cada comunicación, confirmó que la alerta seguía vigente y separó lo comprobado de los calificativos.

La cronología parecía burocrática; después sería la defensa contra los recuerdos deformados por el desenlace.

Llamó primero al Mosquito.

—Tenemos una coincidencia internacional. Armado y peligroso. Necesito vehículo, chalecos y salida discreta.

El jefe de operaciones no pidió una historia.

—¿Cuántos?

—Cuatro para entrar. Coordinamos apoyo en el traslado.

—Dame veinte minutos.

Después llamó al Perro, a Pepe y a Ferchu. El Perro preguntó por la dirección y los acompañantes. Pepe quiso todas las variantes del nombre. Ferchu preguntó qué documentación formal respaldaba la privación de libertad. Las tres preguntas definían al equipo mejor que cualquier presentación.

—Nos encontramos en la oficina —dijo Ferraro—. Traigan traje y protección.

Ferchu llegó primero y leyó la alerta de pie. Su formación jurídica lo llevaba siempre al mismo punto: qué podían hacer en ese momento y qué necesitarían para sostenerlo después.

—La coincidencia permite ir por él —dijo—. Para retenerlo y tramitar la extradición necesitamos que los documentos sigan llegando.

El Perro entró con el saco mal abrochado y preguntó por la vivienda antes de sentarse. Pepe apareció detrás, sin apuro visible, y extendió una carpeta vacía.

—Poné cada nombre que haya usado —indicó—. El que falta siempre es el que abre la próxima puerta.

El Mosquito llamó desde el vehículo para confirmar que el equipo operativo estaba listo. En menos de una hora, la oficina había pasado de una guardia solitaria a una salida coordinada.

Antes de llamar a la jueza, observó otra vez la ficha.

Un abogado había consultado previamente un pasaporte sin encontrar la requisitoria.

Quizá había preguntado por otra grafía; quizá la información circulaba por un canal distinto.

Las huellas habían atravesado aquello que los nombres no consiguieron atravesar.

Washington pedía cautela. Jerusalén quería información. Ninguna oficina extranjera podía decidir el procedimiento uruguayo. Esa responsabilidad pertenecía a la jueza, a Ferraro y a los hombres que ya se vestían para viajar.