A La Sombra de la Giralda Capítulo 19
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Capítulo 19

El juicio

Durante el verano, Sevilla habló del caso en cafés, sacristías y patios.

Primero se discutió si los documentos eran auténticos.

Después, cuando tres peritos confirmaron el papel, las tintas y los asientos, se discutió si convenía remover un delito antiguo.

Al final se discutió qué familias habían sabido algo y desde cuándo.

Las preguntas cambiaban a medida que las respuestas dejaban de favorecer a los poderosos.

La instrucción duró seis meses. Mateo interrogó a más de treinta testigos por encargo del juez: cocheros, escribientes, criados de los Valcárcel, vecinos del taller de Salcedo y un boticario de Triana.

Isabel elaboró un inventario razonado de cada documento.

No se limitó a decir que una firma era falsa; explicó dónde cambiaba la presión de la pluma, por qué una tinta no correspondía al año indicado y qué copia permitía reconstruir una hoja arrancada.

El cuarto cuaderno no apareció. Álvaro escribió desde Cádiz que el escritorio había sido vaciado parcialmente antes de su llegada.

Encontró una caja con seis cerraduras, pero ninguna llave, y una relación de embarques donde se repetía el nombre de un almacén: Las Seis Puertas.

Envió el documento al juez y permaneció allí para cerrar las cuentas.

Isabel guardó una copia en una carpeta separada.

Aún no era una prueba del caso de Sevilla y se negó a convertirla en otra conjetura.

El juicio contra Bermúdez comenzó el 8 de octubre en una sala que olía a madera encerada y ropa húmeda.

Llegaron periodistas de Madrid y Cádiz, aunque la mayoría de los bancos los ocuparon vecinos de Sevilla.

Bermúdez entró escoltado por dos guardias.

Había perdido peso, pero caminaba con la misma regularidad, cargando un poco más el borde exterior del pie derecho.

No buscó a Don Esteban. Miró las puertas, las ventanas y la distancia hasta el estrado.

La acusación no descansaba en una confesión. Bermúdez había admitido en la cripta que obedecía al señor, pero luego afirmó que se refería únicamente a la recuperación de documentos familiares. El fiscal tuvo que reconstruir los crímenes con pruebas que resistieran aquella rectificación.

Tomás fue el primer testigo. No habló de conspiraciones.

Dijo a qué hora encendió los cirios, qué puerta encontró entornada y cómo oyó dos pasos distintos: unos rápidos sobre la escalera del tejado y otros pesados hacia la salida norte.

Reconoció la cartera de cuero de Bermúdez porque la había visto en tres entregas anteriores al cabildo.

—¿Vio usted el rostro del acusado la mañana del crimen? —preguntó la defensa.

—No.

—Entonces no puede asegurar que fuera él.

Tomás pasó el pulgar por el llavero antes de responder.

—Puedo asegurar lo que vi y lo que oí. Para lo demás están ustedes.

El doctor Beltrán describió la pequeña punción en el cuello de Herrera y los restos de un preparado de digital y acónito hallados en la ropa.

El boticario de Triana reconoció el frasco verde incautado en la habitación de Bermúdez.

Había vendido una mezcla parecida al acusado, quien dijo necesitarla para matar ratas en un almacén.

El registro de ventas conservaba fecha y firma.

—Un frasco no demuestra un asesinato —objetó la defensa.

—No —respondió el médico—. Por eso he hablado también de la punción y de los restos.

En el caso de Salcedo, un carretero situó a Bermúdez cerca del taller poco antes de la muerte.

Andrés Vera explicó que la puerta trasera podía abrirse desde el callejón sin atravesar la tienda.

La herida de Salcedo coincidía con el canto de una herramienta de encuadernación hallada después en el fondo de un pozo de la casa Valcárcel.

En su mango quedaban fibras del mismo paño que Bermúdez usaba para envolver utensilios en la cartera.

La defensa señaló a Álvaro. Tenía una herida, había huido por los tejados y había robado la carta de Herrera.

Álvaro no negó nada. Habló deprisa al principio, como siempre que el miedo le ganaba, pero fue serenándose al reconstruir sus movimientos.

Entregó el guante rasgado y explicó por qué tomó la moneda y cómo la devolvió.

Su relato coincidía con las huellas estrechas del tejado; las marcas anchas junto a la puerta norte correspondían, en cambio, al calzado de Bermúdez.

Cuando preguntaron por qué había callado, Álvaro miró a su padre, sentado en otra zona bajo custodia.

—Porque durante treinta años confundí el apellido con una obligación moral. Me parecía que decir la verdad contra mi casa era traicionarla. Ahora sé que la traición empezó antes.

Don Esteban no cambió de expresión.

Vargas declaró durante dos jornadas. El primer día mantuvo la voz oficial.

Enumeró diligencias, órdenes y objetos recogidos.

El segundo tuvo que hablar de Joaquín Duarte.

Reconoció que nueve años atrás recibió dinero de un intermediario de Don Esteban, ocultó la presencia de Bermúdez en el patio y ordenó a Mateo esperar mientras Joaquín pedía ayuda.

Los pagarés encontrados en el archivo privado de Valcárcel demostraban la deuda con que lo habían presionado.

—¿Ordenó usted disparar contra Joaquín Duarte? —preguntó el fiscal.

—No.

—¿Quién disparó?

Vargas miró sus manos.

—Bermúdez. Lo vi salir con el arma. Don Esteban me dijo que Duarte había atacado primero. Yo sabía que mentía y escribí lo contrario en el informe.

La sala quedó inmóvil. Rafael, sentado detrás de Mateo, cerró los dedos alrededor del pequeño crucifijo. No apartó la vista.

—¿Por qué no lo dijo entonces?

Vargas tardó en contestar.

—Porque era cobarde. Porque debía dinero. Porque mi mujer estaba enferma. Ninguna de esas cosas cambia lo que hice.

Antes de que terminara la semana, el gobernador aceptó su dimisión. Vargas salió del tribunal sin insignia. Algunos lo insultaron en la escalinata. Mateo esperó a que se dispersaran.

—Aún queda su declaración contra Don Esteban —dijo.

—Ya no puedo exigir que me crean.

—No. Tendrá que demostrarlo como todos.

Vargas asintió. Esta vez se estrecharon la mano, sin perdón ni reconciliación completa.

Isabel compareció el sexto día. Llevó las hojas en carpetas numeradas y pidió permiso para desplegar un cuadro comparativo.

Una por una, relacionó la carta de Herrera con el registro, la hoja de Salcedo y los cuadernos de su padre.

Cuando la defensa insinuó que ella había alterado papeles para rehabilitar el apellido Montoya, mostró dos errores de su padre que había mantenido en la transcripción.

—Si hubiera querido protegerlo —dijo—, habría empezado por corregirlos. Mi trabajo consiste precisamente en no hacerlo.

El abogado cambió de asunto.

La prueba contra Don Esteban se sostuvo en una orden de pago hallada dentro de la cartera de Bermúdez.

Estaba redactada con lenguaje comercial: «resolver el asunto de Herrera», recuperar «el libro y sus desprendimientos» y evitar que Salcedo hablara con terceros.

La firma era una inicial, pero el papel llevaba la filigrana privada de la casa y dos criados reconocieron la letra del secretario que escribía al dictado de Don Esteban.

El secretario, enfermo y asustado, declaró que había preparado el documento y que el patriarca añadió de su mano la palabra «definitivamente» junto al nombre de Herrera.

Don Esteban conservó la calma hasta que Álvaro renunció públicamente a las propiedades obtenidas mediante escrituras falsas. Entonces pidió hablar con su hijo.

—Esos bienes sostienen a muchas personas —dijo desde su asiento—. La virtud resulta cómoda cuando otros pagan por ella.

Álvaro palideció, pero no retiró la declaración.

—Por eso no entregaré las casas sin saber quién vive en ellas. La fundación recibirá lo que le pertenece. Los inquilinos conservarán sus contratos. No necesito robar para reparar un robo.

El proceso de Don Esteban continuaría aparte por falsificación, cohecho e inducción. El tribunal consideró probado que había encargado a Bermúdez recuperar el registro y acallar a los testigos, aunque la calificación definitiva de su responsabilidad quedaba pendiente.

El 23 de octubre, Bermúdez fue declarado culpable de los asesinatos de Emilio Herrera y Manuel Salcedo, del ataque contra Gonzalo Montoya y de la muerte de Joaquín Duarte nueve años antes.

La sentencia reconoció que la acusación antigua contra Joaquín carecía de fundamento y ordenó rectificar los registros correspondientes.

No podía devolverle la vida ni borrar el expediente; sí podía dejar constancia de que no había sido un asesino.

Rafael escuchó el fallo de pie. Al salir, se apoyó un momento contra la pared del corredor.

—Esperé tantos años estas palabras que creí que sentiría otra cosa.

—¿Qué siente? —preguntó Isabel.

—Cansancio. Y hambre. Joaquín siempre tenía hambre al salir del trabajo. Compraba buñuelos aunque no tuviera dinero para la cena.

Era la primera vez que hablaba de su hermano sin referirse a su muerte. Isabel sonrió y propuso buscar una buñolería.

Días después, Rafael anunció que se marcharía como capellán a un pequeño hospital cerca de Carmona. No huía del testimonio: había entregado cartas, nombres y su declaración completa. Quería trabajar entre enfermos y campesinos, lejos de los corredores donde había aprendido a medir cada palabra.

—Quizá siga siendo una fuga —admitió.

Mateo colocó el bastón entre ambos.

—Entonces procure huir hacia algo útil.

Rafael sonrió.

—No salvó a Joaquín.

Mateo sostuvo su mirada.

—No.

—Pero consiguió que dejaran de llamarlo asesino.

Aquella frase no absolvía a ninguno de los dos. Mateo la aceptó por lo que era.