Capítulo 18
Domingo de Resurrección
La lluvia cayó durante la noche y arrastró de los adoquines la cera, las flores pisadas y el barro de las procesiones.
Al amanecer, la Giralda apareció limpia contra un cielo pálido.
Desde la habitación donde había dormido apenas dos horas, Mateo oyó las campanas y recordó una frase de su padre: lo que puede repararse no está perdido.
Durante años creyó que hablaba únicamente de cerraduras, ruedas y mangos de herramientas.
Le costó abrocharse la bota derecha. Los golpes de la cripta habían inflamado la pierna, y el médico le había ordenado reposo. Mateo fue a la catedral de todos modos, aunque aceptó un coche hasta la plaza. Consideró aquello una concesión suficiente.
Isabel lo esperaba junto a la fuente del Patio de los Naranjos. Vestía de verde oscuro y llevaba el cabello recogido, salvo por una hebra húmeda pegada a la mejilla. No había dormido más que él. Sostenía una carpeta contra el pecho.
—El archivo sigue en su sitio —dijo.
—Me tranquiliza saberlo.
—Y el notario ha firmado todas las entregas.
—Eso me tranquiliza más.
Entraron en la capilla de Herrera antes de la misa. Habían retirado el cordón del reclinatorio y limpiado las manchas del suelo. El signo tallado permanecía en la madera. Rafael había pedido que no lo borraran hasta que concluyera el juicio.
—Fue una marca falsa —explicó—, pero forma parte de lo sucedido. Si la quitamos ahora, parecerá que queremos corregir el pasado con un cuchillo.
Depositó una vela por Herrera y otra por Joaquín. Al encender la segunda, su mano tembló. Mateo se mantuvo a cierta distancia.
—No sé rezar por mi hermano sin pedir al mismo tiempo que Bermúdez sufra —confesó Rafael.
—No tiene que resolverlo esta mañana.
—Eso no parece una respuesta suya.
—He tenido una semana difícil.
Rafael dejó escapar una risa breve, casi culpable.
Después contó que prestaría declaración completa el lunes.
Diría quién había sido Joaquín, cómo recibió su último mensaje y por qué ocultó durante años el parentesco.
Joaquín Duarte había usado el apellido de su madre para trabajar como copista sin llamar la atención sobre la familia Ortega.
Rafael, que entonces era seminarista, conservó el apellido paterno.
La diferencia les había permitido ocultar el vínculo; después se convirtió en otra forma de abandono.
—Cuando esto termine, solicitaré otro destino —dijo—. Aquí todo me recuerda lo que no hice.
Mateo miró la vela.
—Cambiar de lugar no borra nada.
—No. Pero quizá me permita servir para algo en vez de custodiar mi vergüenza.
En el patio encontraron a Álvaro despidiéndose de Tomás.
El brazo seguía sujeto por el cabestrillo y llevaba una valija pequeña.
Partía aquella tarde hacia Cádiz, no solo por el cuarto cuaderno: el escritorio comercial empleaba a seis hombres y guardaba documentos de varias familias.
El juez le había impuesto presentarse ante la autoridad local y entregar cualquier papel relacionado con Santa Aurelia.
Álvaro se volvió hacia Isabel.
—Quería despedirme antes de marchar.
—Podía haber avisado anoche.
—Pensé que preferirías no verme.
—Otra decisión tomada en mi nombre.
Él intentó responder, pero Isabel levantó una mano.
—Nos conocemos desde que yo tenía doce años. Usted escondía libros de viajes en la capilla de su casa y me dejaba leerlos porque su preceptor decía que no eran propios de una señorita. Eso no le concede el derecho de decidir cuándo puedo conocer un peligro.
Álvaro miró a Mateo un instante, como si buscara una salida, y comprendió que no la encontraría allí.
—No —admitió—. Solo esperaba conservar al menos una buena intención.
—Consérvela. Y cambie la conducta.
Le entregó una lista de referencias del cuarto cuaderno: tamaño, papel, numeración y las marcas que solía usar su padre. Álvaro la guardó en el bolsillo interior.
—Si lo encuentro, avisaré al juez y a ti.
—En ese orden —dijo Isabel.
Álvaro se inclinó para besarle la mano, pero ella se la ofreció como a un igual, con un apretón breve. Luego él se volvió hacia Mateo.
—Cuídela.
—No necesita que la cuiden de ese modo.
Isabel alzó una ceja.
—Empieza a comprenderlo —dijo.
Cuando Álvaro se alejó bajo los naranjos, Mateo observó que Isabel seguía mirando la puerta.
—¿Le preocupa?
—Me preocupa Cádiz. Álvaro es una dificultad distinta.
—¿Cuál?
—La de los hombres que creen que una acción correcta compensa tres silencios. Aunque quizá se cure.
La misa reunió a canónigos, comerciantes y familias que se habían evitado durante los días anteriores.
Don Esteban no estaba; permanecía bajo custodia en su casa.
Sin embargo, su ausencia ocupaba varios bancos.
Los murmullos acompañaron a Isabel desde la entrada hasta su asiento.
Una mujer apartó la falda cuando ella pasó.
Otra le susurró que su padre habría sentido vergüenza.
Isabel se detuvo.
—Mi padre dejó por escrito lo que pensaba —respondió sin elevar la voz—. No hace falta que usted hable por él.
Mateo no intervino. Solo se colocó a su lado cuando continuaron caminando.
Después de la misa, Vargas los esperaba en la sacristía.
Vestía el mismo abrigo oscuro de la noche anterior, pero ya no llevaba la insignia visible.
Había entregado su declaración preliminar y puesto el cargo a disposición del gobernador.
Antes de que resolvieran su situación, aún tenía autoridad para ocuparse de la custodia de las pruebas.
—Necesito a alguien que ordene las declaraciones —dijo a Mateo—. Alguien que sepa distinguir lo que un testigo vio de lo que ha oído después.
—Tiene escribientes.
—Tengo hombres que copian deprisa.
Vargas abrió su gastado cuaderno oficial. Por primera vez no llamó a Mateo «señor de León».
—No le ofrezco volver al cuerpo. Tampoco podría hacerlo. Le pido ayuda hasta que el juez designe a otro responsable.
Mateo pensó en negarse. Aquel impulso le resultó tan conocido que desconfió de él.
—Dos condiciones. Isabel revisará toda referencia documental. Y las copias saldrán del despacho cada día.
—Aceptado.
—Eso ha sido demasiado rápido.
—Llevo nueve años llegando tarde.
No se dieron la mano. Todavía no.
Al mediodía, doña Mercedes insistió en que fueran a comer. Había preparado potaje suficiente para un destacamento y recibió a Mateo con una mirada que recorrió el vendaje de la mano, la pierna rígida y las ojeras.
—Siéntese antes de caerse —ordenó—. Isabel, trae pan. Las verdades públicas no alimentan.
Durante la comida no hablaron del registro. Mercedes preguntó por el tiempo, por el médico y por una gotera del dormitorio. Aquella normalidad resultó más extraña que la cripta. Mateo descubrió que podía escuchar una conversación sin buscar una contradicción en cada frase.
Al terminar, Isabel llevó la carpeta al pequeño escritorio de su padre.
Dentro estaba la oferta formal del Archivo General de Indias: un puesto remunerado para ordenar fondos privados incorporados recientemente.
No era una recompensa, aclaró. Había solicitado el trabajo meses atrás y ahora dos escribanos certificaban su capacidad.
—¿Lo aceptará? —preguntó Mateo.
—Sí. Con una condición: que mi apellido no me convierta en la mujer a la que consultan en secreto y olvidan en el informe.
—Parece una condición difícil para un archivo.
—Por eso la pondré por escrito.
Salieron al caer la tarde. Bajo un naranjo de la plaza, Isabel preguntó qué haría cuando ya no quedaran declaraciones que ordenar.
—Vargas me ha pedido ayuda —dijo Mateo.
—Eso no responde.
—Podría aceptar algunos encargos. Sin insignia.
—Tampoco responde.
Mateo pasó el pulgar por el pomo de acero del bastón. Con Isabel, el silencio no servía para ganar tiempo; ella sabía medirlo.
—No quiero volver a una casa vacía y esperar a que otro crimen me dé una razón para salir.
Isabel bajó la vista a sus manos. Aún tenía tinta junto a la uña del índice.
—Eso se parece más a una respuesta.
—No sé ofrecer una promesa que no pueda cumplir.
—No se la he pedido.
Una flor de azahar cayó sobre el hombro de Mateo. Isabel la retiró y sus dedos rozaron el cuello del abrigo. Ninguno se apartó de inmediato. Él levantó una mano, pero se detuvo antes de tocarle la mejilla.
—¿Puedo? —preguntó.
Isabel acortó la distancia en lugar de responder. El beso fue breve, torpe por el ala del sombrero y por la cautela de ambos. Cuando se separaron, ella respiró hondo.
—No piense que esto resuelve una conversación —dijo.
—Nunca me permitiría semejante optimismo.
Caminaron juntos hasta la casa de Mercedes. Mateo no le ofreció el brazo hasta que Isabel lo pidió al bajar un escalón mojado. Ella lo sostuvo solo un momento. Bastó.