Capítulo 17
La carta del canónigo
La carta apareció poco después de las ocho de la mañana, cuando Rafael abrió la puerta de su cuarto y encontró el sobre en el suelo. No había oído pasos. La cera del sello seguía rota por el mismo borde irregular que Mateo había visto en la biblioteca de los Valcárcel.
Rafael no tocó el papel. Bajó a buscar al hermano Tomás y lo dejó vigilando el corredor mientras mandaba aviso a Mateo e Isabel.
Cuando llegaron, el sacerdote estaba de pie junto a la ventana, con el devocionario cerrado entre las manos.
Tenía el rostro cansado y la sotana aún manchada de polvo de la cripta.
—Estaba aquí —dijo—. Ante mi puerta.
Mateo dejó el bastón contra la pared y examinó el suelo. El dolor de la pierna derecha le obligaba a apoyarse más de lo habitual, pero no quiso sentarse todavía.
—¿La puerta estaba cerrada durante la noche?
—Con llave.
—¿Y la ventana?
—También.
—Entonces no ha vuelto por donde salió. La ha traído alguien.
Isabel se agachó sin tocar el sobre. Reconoció la escritura inclinada del canónigo Herrera y una mancha de tinta diluida en la esquina. Después observó la rotura del sello.
—Lo abrieron con prisa —dijo—. Mi padre habría calentado la cera para conservarla. Quien hizo esto buscaba información, no una pieza de archivo.
Tomás acarició con el pulgar uno de los dientes de su llavero.
—A primera hora vi al señorito Valcárcel en el patio. Preguntó por el padre Rafael.
No hizo falta mandar a buscarlo. Álvaro esperaba al pie de la escalera. Llevaba el brazo derecho en cabestrillo y el pelo húmedo por la llovizna. Al entrar, miró el sobre, luego a Rafael y por último a Isabel.
—He sido yo —dijo.
Mateo señaló la silla.
—Siéntese. Y empiece por la noche anterior a la muerte de Herrera.
Álvaro obedeció, aunque permaneció en el borde del asiento.
Explicó que había visto a Herrera entregar el sobre a Rafael en una galería de la catedral.
Llevaba semanas siguiendo los movimientos de Bermúdez porque había encontrado pagos sin justificar en las cuentas de la casa.
Temía que el administrador actuara por orden de su padre, pero aún no estaba dispuesto a denunciarlo sin conocer el alcance del asunto.
—Entré aquí mientras el padre Rafael estaba en vísperas —continuó—. Conservo una llave antigua de la puerta exterior. La tenía desde que ayudaba al canónigo con las colectas. Abrí la carta, la leí y me la llevé.
Rafael apretó el devocionario.
—Me dejó creer que yo la había perdido.
—Si se la devolvía, habría buscado a Herrera. Bermúdez vigilaba a quienes se acercaban al canónigo.
—Decidió por mí —replicó Rafael en voz baja—. Igual que todos los hombres que llaman protección a su miedo.
Álvaro bajó los ojos. Su explicación salió entonces más deprisa.
Había acudido a la capilla antes del alba para advertir a Herrera.
Desde la nave lateral vio alejarse a Bermúdez por la puerta norte, con la cartera de cuero y su paso pesado.
Después observó al hermano Tomás descubrir el cadáver y la moneda.
Cuando el sacristán reparó en él y salió de la capilla, Álvaro regresó por el pasadizo de servicio, tomó la pieza para compararla con el anillo de su padre y subió a las cubiertas.
Allí vio entrar a Mateo y decidió atraerlo hacia las dos clases de huellas.
Le arrojó la moneda para que la prueba no desapareciera.
—La cal, la seda negra, la carrera por los tejados… —dijo Mateo—. Todo eso fue suyo.
—Sí.
—Y mientras nos hacía perseguirlo, Bermúdez salía por abajo.
Álvaro sostuvo su mirada.
—Creí que, si hablaba, mi padre lo sabría antes de que ustedes reunieran pruebas. Me equivoqué. Mi silencio casi ayudó a Bermúdez.
No pidió perdón. Isabel pareció agradecerle al menos aquella ausencia de disculpas fáciles.
Extendió un paño limpio sobre la mesa y abrió la carta con unas pinzas.
El texto ocupaba cuatro hojas. Herrera relataba que el padre de Isabel había descubierto alteraciones en escrituras de propiedad, recibos falsos y amenazas contra testigos de la Fundación Santa Aurelia.
Nombraba a Bermúdez como autor material de varias falsificaciones, pero no presentaba el dato como una revelación reciente.
Citaba fechas, dos asientos del libro mayor y una orden de pago firmada con una inicial.
Eran referencias que Isabel ya había localizado en el registro de la cripta.
—Confirma lo que tenemos —dijo ella—. No lo sustituye.
En la última hoja, Herrera explicaba por qué había dividido los documentos.
Sabía que un solo escondite podía ser registrado y un único testigo, silenciado.
Por eso Montoya había confiado partes distintas a Salcedo, Gonzalo y al propio canónigo.
El cuarto cuaderno gris había salido hacia Cádiz meses antes, en manos de un corredor de comercio cuyo nombre no figuraba.
Al margen, Herrera había copiado una frase del padre de Isabel: «Cádiz.
Seis puertas. El almacén no da al mar, aunque huele a sal».
Isabel leyó dos veces aquella línea.
—Mi padre anotó “Cádiz, seis puertas” en una relación de fletes —dijo—. Creí que era la descripción de un depósito.
Álvaro levantó la cabeza.
—Los Valcárcel tenemos un antiguo escritorio comercial en Cádiz. Mi padre ordenó cerrarlo hace un mes.
Mateo apoyó ambas manos sobre la mesa.
—¿Quién se ocupa del cierre?
—Bermúdez debía hacerlo. Ahora tendré que ir yo. Hay libros, correspondencia y empleados a los que se debe el salario. Partiré cuando el juez me permita salir de Sevilla.
—No irá a buscar el cuaderno por su cuenta —dijo Isabel.
—No sé si está allí.
—Eso no responde.
Álvaro sonrió sin alegría.
—No. Supongo que estoy aprendiendo de todos ustedes.
El final de la carta estaba escrito con trazos más débiles.
Herrera pedía que, si él moría, no se convirtiera su prudencia en virtud.
Había callado demasiado tiempo. «Un secreto no se vuelve sagrado porque los hombres lo guarden durante años —decía—.
A veces el silencio es solo la forma más antigua de la mentira».
Rafael se acercó a la ventana. La plaza permanecía casi vacía. Después del ruido de los días anteriores, Sevilla parecía contener el aliento entre la muerte y la Pascua.
—Él sabía que podían matarlo —dijo.
—Lo sospechaba —corrigió Isabel—. Y aun así dejó nombres, fechas y lugares. No una confesión para tranquilizar su conciencia, sino un camino para quien viniera después.
Mateo la observó ordenar las hojas. La tinta de sus dedos destacaba sobre la piel pálida. Trabajaba sin prisa, pero cada movimiento tenía un propósito.
A media mañana llevaron la carta al archivo, donde ya se custodiaba el registro bajo sello judicial.
Un notario joven quiso impedir que Isabel entrara en la sala de cotejo porque su nombre figuraba entre los interesados.
Ella le mostró la autorización de Vargas y exigió que anotara por escrito la negativa.
El notario leyó el documento, miró a los dos escribanos que aguardaban y cambió de parecer.
—Puede asistir —dijo—, pero no tocará el original.
—Eso estaba previsto —respondió Isabel—. También estaba previsto que usted firmara cada apertura del sello.
Durante tres horas compararon las referencias de Herrera con el registro, la hoja escondida por Salcedo y los tres cuadernos recuperados en la habitación de Bermúdez.
Isabel señaló diferencias de presión en una firma atribuida a su padre, el corte reciente de una hoja que Bermúdez había intentado hacer pasar por antiguo y una cifra corregida con tinta fabricada varios años después.
Mateo apenas intervino. Su tarea consistió en mirar a los presentes y advertir quién evitaba ciertas páginas.
Al salir, encontraron a un hombre de barba rala junto a la galería. Llevaba el sombrero bajo el brazo y olía a imprenta.
—Se llama Federico Lamas —dijo Isabel—. Escribe para La Andalucía.
Mateo frunció el ceño.
—¿Cuándo habló con él?
—Antes de bajar a la cripta. Le dejé instrucciones para que preguntara por mí si no recibía noticias al terminar la Semana Santa.
El periodista no recibió los originales.
Isabel le enseñó una relación certificada de los documentos y le explicó qué podía afirmar y qué debía presentar todavía como acusación.
Lamas escuchó, tomó notas y preguntó dos veces si entendía el peligro que corría al enfrentarse al cabildo y a los Valcárcel.
—Lo entiendo mejor que ayer —respondió ella—. Ayer aún creía que bastaba con guardar bien un documento.
Rafael, que había acudido para firmar su testimonio, habló cuando el periodista se marchó.
—Muchos se volverán contra usted. Dirán que mancha a su padre, a Herrera y a la Iglesia.
Isabel alineó las copias sobre la mesa.
—Mi padre escondió sus cuadernos. Herrera ocultó su carta. Salcedo cosió una hoja en un misal. Todos tenían razones. También todos terminaron dependiendo de que otro continuara lo que ellos no pudieron hacer. Si lo ocultamos otra vez, la hermandad habrá vencido aunque sus miembros estén presos.
Prepararon seis juegos. Uno iría al juzgado, otro al archivo, otro a la fiscalía, otro al periódico, otro quedaría en manos de Rafael y el último se depositaría ante un notario ajeno a las seis familias. Tomás contó los paquetes con el índice.
—Seis copias —dijo—. Esta vez no podrá llevárselas un solo hombre.
Mateo tomó la cuerda y ayudó a hacer los nudos. Antes de entregar el paquete al mensajero, Isabel escribió en la cubierta: «Abrir si desaparece cualquiera de los otros cinco».
En la calle empezaban a encenderse las primeras luces. Álvaro esperaba bajo el soportal.
—El juez me autoriza a viajar dentro de cuatro días —dijo—. Iré a Cádiz para cerrar el escritorio.
Isabel guardó silencio.
—Si encuentro el cuarto cuaderno, se lo enviaré sin abrir.
—No le creo capaz de eso —respondió ella.
Álvaro aceptó el reproche con una inclinación de cabeza.
—Entonces lo abriré ante dos testigos y se lo enviaré después.
Aquella respuesta era menos noble, pero más verosímil. Isabel asintió.