Capítulo 16
El inventario de la culpa
Viernes Santo, por la mañana
El registro llegó al Archivo General de Indias en una caja cerrada y bajo escolta. Isabel caminó junto al carro desde la catedral, aunque el trayecto era corto. No permitió que el ayudante apoyara otra caja encima ni que un guardia rompiera el sello para comprobar el contenido en la calle.
En la sala esperaban un notario, dos escribanos, un representante del cabildo y el director del archivo. Vargas acudió sin uniforme y bajo custodia. Había entregado su placa al juez Villaseñor al amanecer.
Mateo llegó apoyándose con más peso del habitual en el bastón. Había dormido menos de una hora. Rafael entró detrás de él y escogió una silla apartada. Llevaba el devocionario cerrado entre las manos.
Isabel se puso una bata de trabajo y dispuso papel secante, pesos de cristal, una lupa y varias hojas numeradas.
—Antes de abrir —dijo—, se hará constar el estado de la caja y de los sellos. Después, cada pieza recibirá un número. Nadie tocará un documento sin que yo lo indique.
El representante del cabildo intentó objetar, pero el director del archivo pidió que comenzaran.
Los sellos coincidían con los aplicados durante la noche. Dentro, la tela encerada seguía intacta. Isabel anotó las medidas del volumen, examinó el cosido y señaló una reparación antigua en el lomo.
—Finales del siglo pasado —dijo—. La guarda fue sustituida hacia 1810. El papel del cuerpo es anterior.
Abrió el registro con ambas manos. Las primeras páginas contenían inventarios de bienes eclesiásticos escondidos durante la ocupación francesa.
Más adelante aparecían nombres de familias, casas, almacenes, rentas y escrituras.
Algunas entradas estaban marcadas con un círculo abierto hacia la derecha.
Otras, añadidas años después, repetían el signo hacia la izquierda.
Isabel colocó junto a ellas la hoja hallada en el misal de Salcedo.
—La abertura a la derecha indica custodia compartida. La izquierda aparece cuando un bien pasa a manos particulares sin acuerdo de los seis linajes. Mi padre creyó al principio que señalaba documentos falsos. No es exactamente eso: señala apropiaciones.
—¿Puede demostrarlo? —preguntó el notario.
—Con tres series distintas. Aquí figura la Fundación Santa Aurelia.
Leyó la entrada completa. Tres casas de vecindad y un almacén junto al río debían sostener doce camas de hospital y una pensión para viudas. Una anotación posterior transfería la administración a una sociedad vinculada a los Valcárcel. En el margen, el círculo se abría hacia la izquierda.
Un escribano comprobó que los alquileres seguían cobrándose, pero desde hacía años no llegaba dinero al hospital.
—¿Adónde fue? —preguntó Rafael.
Vargas respondió desde su silla.
—A una cuenta administrada por Bermúdez. La vi en los informes que don Esteban me obligó a retirar.
El notario le pidió fechas. Vargas abrió su cuaderno y las dio sin adornos. Cada respuesta parecía costarle, pero no se refugió en explicaciones.
Durante las horas siguientes, Isabel comparó tintas, filigranas y firmas. Reconoció la letra de su padre en varias notas marginales.
—«Copia cotejada en marzo de 1881. Falta el título de la casa de la calle Feria». Esta es la mano de Antonio Montoya. Aquí vuelve a aparecer: «No entregar a E. V. sin presencia de los demás depositarios».
Mateo la vio detenerse. Isabel apoyó dos dedos sobre la mesa hasta recuperar la firmeza.
—Haga constar que mi padre tuvo conocimiento de estas irregularidades al menos desde 1881 —dijo al escribano.
—Conozco su letra. Que un perito la confirme después, pero la anotación debe figurar hoy.
A media mañana llegó un agente con el inventario de lo hallado en el cuarto de Bermúdez.
Habían encontrado tres cuadernos grises numerados por Montoya, un abrigo negro con una reparación reciente, agujas huecas, dos frascos de preparado vegetal y recibos de una botica de Triana.
También apareció un rollo del mismo papel utilizado en los mensajes «El primero calla» y «El segundo calla».
Mateo examinó la lista sin tocar las pruebas.
—¿El tercer mensaje?
El agente negó con la cabeza.
—No hay nada igual.
Álvaro, que aguardaba en una sala contigua con un guardia, pidió declarar. El juez permitió que entrara. Llevaba el brazo en cabestrillo y no miró a Vargas.
—La nota de San Nicolás no era de Bermúdez —dijo—. La escribió Gonzalo Montoya. La encontré junto a la puerta de su casa esa tarde. Sabía que lo vigilaban y no se atrevió a llevarla él mismo. Me pidió que la hiciera llegar a Mateo si no regresaba antes de las ocho.
—La envolvió alrededor de una moneda y la arrojó por mi ventana —dijo Mateo.
Álvaro bajó los ojos.
—Temía que me retuvieran si llamaba a la puerta. Además, aún no confiaba en usted.
—Rompió un cristal y casi hirió a Isabel.
—No fue mi mejor decisión.
—Ha tenido varias de esa clase.
Isabel intervino antes de que la declaración se desviara.
—¿De dónde obtuvo la moneda?
Álvaro respiró hondo.
—De la capilla de Herrera. Llegué después de Bermúdez, apenas antes que Tomás.
Me oculté en la nave lateral y vi cómo el sacristán encontraba al canónigo y la moneda entre sus manos.
Tomás reparó en mí y salió tras mis pasos.
Entonces regresé por el pasadizo de servicio, tomé la moneda porque llevaba el signo de mi familia y subí hacia las cubiertas.
Más tarde se la lancé a Mateo para que la prueba no desapareciera y para obligarlo a seguirme.
Quería preguntarle a Rafael qué sabía antes de que hablara con mi padre.
—Arrojó cal, huyó por los tejados y dejó que creyéramos que era el asesino —dijo Mateo.
Álvaro habló más deprisa.
—Bermúdez estaba también arriba. Vi sus huellas y pensé que me seguía. La cal debía detenerlo a él. No sabía que ustedes estaban tan cerca.
—¿Y la carta de Herrera? —preguntó Isabel.
El joven vaciló.
—La tomé de la habitación de Rafael la noche anterior.
Herrera le había entregado el sobre en la sacristía; yo los vi.
Conozco la cerradura del corredor porque ayudé a restaurarla hace años.
Leí la carta y comprendí que señalaba a Bermúdez, pero no me atreví a entregarla.
Anoche la deslicé bajo la puerta de Rafael.
Rafael se puso en pie.
—Entró en mi cuarto dos veces.
—Sí, padre.
—Y decidió por todos nosotros qué verdad podíamos conocer.
Álvaro no intentó justificarse.
—Sí.
El sacerdote se sentó de nuevo. Su mano buscó el crucifijo, pero la retiró antes de tocarlo.
La carta quedó bajo custodia hasta que pudieran recogerla formalmente. La declaración de Álvaro aclaraba los dos rastros del tejado y el origen de la nota de San Nicolás, pero no borraba su ocultación. El juez ordenó que siguiera disponible y prohibió que abandonara Sevilla.
Por la tarde llegó un pliego del juzgado: la acusación contra Joaquín Duarte quedaba suspendida y se iniciaban las diligencias para revisar la causa. Rafael leyó el nombre de su hermano en silencio.
—¿Eso significa que declararán que era inocente? —preguntó.
—Significa que revisarán el caso con las pruebas que Vargas ocultó —respondió Mateo—. La declaración de Bermúdez será decisiva.
—Si habla.
—Hablará cuando comprenda que don Esteban lo culpa de haber elegido los medios.
Rafael cerró los ojos. No sonrió. Después de nueve años, una providencia judicial no podía devolverle la voz de Joaquín ni corregir la noche de lluvia. Pero pidió al escribano una copia y la guardó dentro del devocionario.
Al terminar la diligencia, Isabel llevaba más de diez horas inclinada sobre la mesa. Se quitó la bata y se frotó la nuca. Mateo la esperaba junto a la ventana con dos tazas de café que se habían enfriado.
—Álvaro ha pedido hablar con usted —dijo.
—Lo sé.
—El juez se lo permitirá mañana.
Isabel tomó una taza y probó el café.
—Está horrible.
—Lleva aquí bastante tiempo.
—No hablaba de la temperatura.
Mateo miró hacia el patio. Durante toda la mañana había preparado una respuesta prudente, una de esas frases que no entregaban nada que pudiera ser rechazado.
—No quiero que vaya sola —dijo.
—Habrá un guardia.
—No me refería a eso.
Isabel esperó. No iba a ayudarlo.
—No quiero que Álvaro vuelva a pedirle que proteja su apellido. Y no quiero que confunda mi silencio con indiferencia.
—¿Qué significa entonces?
Mateo apoyó ambas manos sobre el bastón.
—Que deseo que se quede. No en esta sala. Conmigo, cuando todo esto termine.
Isabel lo miró durante unos segundos. Tenía cansancio alrededor de los ojos y tinta en la manga.
—Eso se aproxima bastante a una frase completa.
—No acostumbro a trabajar con tanta rapidez.
—Ya lo había notado.
Se sentó junto a la ventana y acercó la segunda silla con el pie.
—Hablaré con Álvaro mañana —dijo—. No para proteger su apellido ni para pedirte permiso. Hablaré porque quedan preguntas.
Mateo ocupó la silla.
—Me parece justo.
—Y ahora terminaremos el café, aunque sea malo. Después volveremos al registro. Aún faltan cuarenta y tres páginas.
Mateo levantó la taza. Afuera, las campanas llamaban a los oficios del Viernes Santo. Dentro del archivo, Isabel abrió un cuaderno nuevo y escribió en la primera línea: «Inventario provisional de las pruebas halladas en la cripta del Lagarto».
Debajo trazó seis columnas y comenzó a registrar los nombres por separado.