A La Sombra de la Giralda Capítulo 15
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Capítulo 15

Lo que Vargas calló

Viernes Santo, pasada la medianoche

El notario del cabildo llegó acompañado por dos canónigos. Isabel registró el volumen, las cajas, el sello, las armas, el frasco verde y los sobres de la cartera. Después, el notario cerró el arcón y aplicó cera sobre una cinta que cruzaba la tapa.

—El libro será trasladado al archivo en cuanto amanezca —dijo.

—Con vigilancia —añadió Isabel—. Y quiero que conste que la envoltura no presenta roturas.

El notario levantó una ceja.

—Constará, señorita.

Don Esteban fue conducido por el corredor lateral. Antes de desaparecer le recordó a Álvaro que seguiría llevando su apellido. El joven, pálido mientras un guardia le vendaba el hombro, no respondió.

Subieron al Patio de los Naranjos. La procesión seguía su curso fuera de los muros. Llegaba el rumor de la multitud y, de vez en cuando, una saeta aislada que parecía abrirse paso entre las piedras.

Tomás llevó a Álvaro a la sacristía para que lo atendieran. Rafael pidió quedarse en la capilla de Herrera. Isabel acompañó el traslado del registro hasta una dependencia cerrada del cabildo. Mateo esperó bajo la galería, sentado en un banco, con el bastón recompuesto entre las rodillas.

Vargas permanecía de pie a unos pasos. Había dado todas las órdenes necesarias con su tono habitual: nombres, turnos, sellos, recibos. Cuando el último guardia se alejó, abrió el cuaderno y comprobó una página que no necesitaba comprobar.

—Siéntese —dijo Mateo.

—Estoy de servicio.

—Por poco tiempo, según imagino.

Vargas cerró el cuaderno. Se sentó en el extremo opuesto del banco, dejando entre ambos un espacio suficiente para otro hombre.

—Tomás vino a buscarme a las once y cuarto. Dijo que habían encontrado la llave y que el registro estaba aquí.

—Eso ya lo sé.

—Podía haber enviado a dos agentes.

—También lo sé.

El comisario miró los naranjos. La luz de la galería dejaba sus sienes casi blancas.

—¿Qué quiere que le diga, señor de León?

El tratamiento formal era la muralla que usaba cuando temía una pregunta.

—Quiero saber a qué hora vio a Joaquín Duarte por última vez.

Vargas hundió el pulgar en el canto del cuaderno.

—Poco después de las once. Llovía. Habíamos recibido una denuncia por la muerte del notario Cárdenas. Un testigo situaba a Duarte cerca de la casa.

—Un testigo comprado.

—Lo supe después.

—¿Cuánto después?

—A la mañana siguiente.

Mateo esperó. Vargas conocía aquella técnica; se la había enseñado él mismo. Dejó de mirar los árboles.

—Don Esteban me mostró una copia de una declaración. Afirmaba que Joaquín llevaba una pistola y los documentos robados al notario. Me ordenaron detenerlo.

—Usted era el comisario. Don Esteban no podía ordenarle nada.

—Entonces aún no era comisario.

—Pero ya aceptaba su dinero.

Vargas apretó los labios.

—Mi esposa estaba enferma. Los médicos hablaban de llevarla a Madrid. Pedí prestado primero. Después firmé pagarés que no podía cubrir.

—¿Y a cambio alteró informes?

—Al principio retrasé una inspección. Luego hice desaparecer el nombre de un empleado. Cada favor volvía más difícil negar el siguiente.

—No le he preguntado cómo empezó. Le he preguntado por Joaquín.

Vargas inclinó la cabeza. Ya no tenía ante sí a un subordinado expulsado, sino al hombre al que había dejado cargar nueve años con una orden.

—Lo encontré cerca de la calle Sierpes —dijo—. Estaba empapado. Me enseñó una copia y afirmó que Valcárcel había falsificado títulos de una fundación. Le dije que huyera. Creí que así pagaba parte de mi deuda con él.

—¿Avisó a Bermúdez?

—No. Don Esteban supo que había hablado con Joaquín. Bermúdez nos siguió.

—¿Por qué me ordenó esperar en la esquina?

La pregunta quedó entre ambos. Desde la calle llegó un redoble de tambores.

—Porque quería tiempo para recuperar los papeles —respondió Vargas—. Pensé que Bermúdez lo asustaría, que le quitaría la copia. Don Esteban juró que nadie saldría herido.

Mateo notó que los dedos se le cerraban alrededor del bastón.

—Oyó a Joaquín pedir ayuda.

—Sí.

—Yo quise avanzar.

—Sí.

—Y usted dijo: «Espere mi señal».

Vargas tragó saliva.

—Sí.

—La señal fue un disparo.

El comisario miró sus manos.

—Cuando doblamos la esquina, Duarte estaba en el suelo. Bermúdez dijo que había sacado un arma. No encontramos ninguna. Hice constar que la había arrojado durante la huida.

—¿Quién disparó?

—Bermúdez.

—Dígalo completo.

Vargas levantó la vista.

—José Bermúdez mató a Joaquín Duarte. Yo falsifiqué el informe para ocultarlo.

Mateo había imaginado aquella confesión durante años. En su imaginación sentía alivio, o una ira limpia que le permitía golpear a Vargas y marcharse. Allí, bajo los naranjos, solo sintió cansancio.

—¿Por qué me expulsó del cuerpo?

—Porque volvió al lugar al día siguiente. Porque interrogó al sereno sin autorización. Porque buscó el arma que yo había escrito que existía.

—Porque no iba a detenerme.

—No.

—¿Y ahora?

Vargas pasó una mano por la cubierta gastada del cuaderno.

—Entregaré los pagarés, los informes originales que conservé y los nombres de quienes recibieron pagos. Declararé contra Valcárcel y Bermúdez. Después presentaré mi dimisión, si no me detienen antes.

Mateo lo observó. Seguía sin parecer valiente. Parecía un hombre que había llegado al final de todos sus escondites.

—Eso no devolverá la vida a Joaquín.

—Lo sé.

—Ni los años a Rafael.

—También lo sé.

—Entonces no pida perdón esta noche. Limítese a decir la verdad mañana.

Vargas asintió. Se levantó, vaciló y tendió el cuaderno.

—Aquí está la primera relación de nombres. La escribí hace tres años.

Mateo no lo tomó.

—Entréguesela al juez.

—¿No quiere verla?

—Quiero que quede registrada antes de que vuelva a tener miedo.

Vargas guardó el cuaderno en el bolsillo interior y se alejó por la galería.

Isabel apareció poco después. Llevaba la bolsa de documentos cruzada al pecho y el cabello suelto en la sien. Se sentó en el lugar que Vargas había dejado libre.

—El registro está sellado en la cámara del cabildo. He firmado junto al notario y a los dos canónigos. Mañana lo llevaremos al archivo.

—Bien.

Ella vio la sangre en sus nudillos.

—Eso no está bien.

Sacó un pañuelo limpio y una pequeña botella de agua. Mateo intentó retirar la mano.

—Es un rasguño.

—Es una respuesta impropia de alguien que ha pasado media noche buscando pruebas.

Le limpió los nudillos con movimientos cuidadosos. Mateo miró las manchas rojas extenderse por la tela.

—Vargas ha confesado —dijo—. Dio la orden de esperar. Bermúdez disparó a Joaquín. Después alteró el informe.

Isabel dejó de mover el pañuelo.

—¿Y tú?

—Yo obedecí.

—Era joven y él era su superior.

—Rafael era más joven. Joaquín también.

Ella volvió a limpiar la herida.

—No voy a decirle que no fue culpa suya. No sé qué habría hecho yo en aquella esquina. Pero esta noche podía haber matado a Bermúdez y no lo hizo.

—Rafael tampoco disparó.

—Hablo de ti.

Mateo abrió la mano para que ella pudiera vendarla.

—Hice lo que debía. Una vez. No convierte lo anterior en otra cosa.

—No. Solo decide lo que hará con lo anterior a partir de ahora.

Sus dedos permanecieron alrededor de la mano de Mateo mientras ajustaba el nudo. El gesto fue sencillo y cansado, sin intención de parecer otra cosa.

—¿Y tú? —preguntó él—. Don Esteban tenía razón en una cosa. Publicar el registro también alcanzará a su padre.

Isabel miró hacia el patio.

—Mi padre ocultó pruebas. Aunque lo hiciera para protegerme, aunque esperase una ocasión mejor, las ocultó. Tendré que escribirlo con la misma claridad que sus descubrimientos.

—No será fácil.

—Ordenar un archivo nunca lo es. Primero se separan los documentos. Después se admite lo que dicen.

La Giralda comenzó a dar las doce. Las campanadas descendieron sobre el patio, una a una. Isabel no retiró la mano hasta la última.