A La Sombra de la Giralda Capítulo 14
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Capítulo 14

La cripta del Lagarto

Álvaro quedó junto a la entrada lateral, a seis pasos de Bermúdez.

Entre ambos se hallaban la mesa de piedra y la lámpara de Isabel.

Don Esteban estaba más cerca del arcón; Mateo, frente a él, sostenía el pomo de acero en una mano y el bastón incompleto en la otra.

Rafael guardaba el corredor principal. No había espacio para que nadie se moviera sin obligar a los demás a hacerlo.

—Baje el arma —dijo don Esteban.

Bermúdez no obedeció.

—El señorito no debía venir.

—He dicho que la baje.

Don Esteban dio un paso hacia su hijo.

—Sal de aquí. Mañana hablaremos en casa.

—¿Con Bermúdez detrás de la puerta y usted explicándome que una mentira es una obligación familiar?

—Álvaro —dijo ella—, no se acerque más.

Don Esteban volvió el rostro hacia ella.

—No intervenga entre un padre y su hijo.

—Su hijo está delante de una pistola. Ya no es una conversación privada.

Bermúdez movió el pie derecho. La suela raspó la piedra. Mateo reconoció el tacón vencido hacia fuera y el ancho de la huella que había visto junto al taller de Salcedo y bajo la escalera.

—Ese zapato lo sitúa en Triana la noche en que murió Salcedo —dijo.

El administrador ni siquiera lo miró.

—Un zapato no declara ante un juez.

—No. Pero el barro claro en la costura, el desgaste del tacón y la huella junto a la puerta sí pueden compararse. Andrés Vera lo vio salir con su cartera. La viuda oyó su voz en el patio.

—No vio mi rostro.

Era la primera concesión. Isabel alzó los ojos hacia Mateo. Él continuó sin precipitarse.

—Herrera tenía una herida diminuta debajo de la oreja. El doctor Beltrán encontró el mismo olor amargo que desprendía el frasco verde de su cartera. Cuando registren su cuarto hallarán el veneno o las cuentas del boticario.

—Suposiciones.

—También está el hilo negro. Quedó prendido en el taller, a la altura de un desgarrón. Su abrigo lleva una costura reciente en el faldón derecho.

Bermúdez bajó la vista hacia la prenda por puro reflejo. Después apretó la mandíbula.

Don Esteban habló con suavidad.

—No responda.

Mateo señaló la cartera.

—Y Gonzalo Montoya reconoció eso. Usted le abrió la cabeza y registró su abrigo porque necesitaba saber dónde estaba la cripta. No encontró la llave. La llevaba yo sin saberlo.

—Encontrar coincidencias después de conocer un nombre es un entretenimiento fácil —dijo don Esteban—. Demostrarlas será otra cosa.

Isabel se inclinó hacia el arcón. No tocó el volumen.

—El registro demostrará por qué Herrera, Salcedo y Gonzalo fueron atacados. Las cartas describen quién dio las órdenes y qué bienes pasaron a los Valcárcel. El motivo no tendrá que inventarlo nadie.

Don Esteban se volvió hacia ella.

—Señorita Montoya, piense en su tía. Piense en el nombre de su padre. Los periódicos no distinguen entre el hombre que cometió un delito y el hombre que lo ocultó por temor. Lo cubrirán todo con el mismo barro.

Isabel sostuvo la lámpara por el asa. Tenía una mancha de tinta en el índice, negra incluso bajo aquella luz amarilla.

—Entonces habrá que publicar también las diferencias.

—No podrá gobernar lo que escriban otros.

—Tampoco usted.

Una vena se marcó en la sien del anciano.

—Álvaro, toma el registro.

Su hijo no se movió.

—No.

—Todo cuanto eres procede de esta familia.

Álvaro tragó saliva.

—También procede de ella aquello que me avergüenza. No pronuncie el nombre de mi madre para defender a un asesino.

Bermúdez levantó un poco la pistola.

—El señor me dio una orden.

—Le ordené recuperar el registro —replicó don Esteban.

—Y evitar otro escándalo.

El silencio fue corto, pero bastó. Don Esteban había palidecido.

Mateo habló sin apartar los ojos de Bermúdez.

—Herrera recibió una cita falsa. Usted lo esperaba en la capilla antes del alba. Lo inmovilizó con el cordón del reclinatorio y le clavó una aguja impregnada de veneno. Después puso la moneda en sus manos y dejó el mensaje para que pareciera un castigo de los Custodios.

—Habla demasiado.

—Salcedo fue más difícil. Se resistió. Por eso perdió el hilo del abrigo y dejó la huella completa. Buscaba la hoja escondida en el misal.

—La encontramos nosotros —dijo Isabel—. Llegó tarde.

Bermúdez la miró. Por primera vez había algo vivo en su rostro: no miedo, sino irritación.

—El encuadernador debía entregarla. Eligió mal.

—Cállese —ordenó don Esteban.

—¿También eligió mal Joaquín Duarte? —preguntó el sacerdote.

Bermúdez giró la cabeza. Rafael había sacado el crucifijo de debajo de la sotana y lo apretaba con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos.

—No recuerdo a todos los hombres que huyen —dijo Bermúdez.

—Mi hermano no iba armado.

—Eso dijo después mucha gente.

Rafael avanzó un paso. Mateo extendió el bastón para cerrarle el camino.

—Padre.

Bermúdez sonrió apenas.

—El señorito Duarte corrió. Un hombre que corre de noche acepta lo que encuentre a su espalda.

Don Esteban se volvió hacia su administrador.

—Basta.

—Nueve años protegiendo su apellido —dijo Bermúdez—, y ahora pretende que yo cargue solo con todo.

—Usted decidió los medios.

—Porque usted nunca quiso conocerlos.

Mateo vio cambiar la presión del dedo sobre el gatillo. Isabel también lo advirtió. Durante el descenso habían acordado una señal: un golpe del bastón significaba apagar la luz.

—Don Esteban —dijo, para obligarlo a mirar—, su administrador ya ha elegido a quién disparará primero. No será a mí.

Bermúdez volvió el arma hacia Mateo.

Él golpeó una vez la piedra con el bastón.

Isabel no arrojó la lámpara contra la pared. Bajó la pantalla, sopló la llama y la empujó por la mesa. La oscuridad cayó de golpe. Alguien maldijo. Mateo oyó un disparo y el golpe de la bala contra la piedra, a su izquierda.

Álvaro se lanzó sobre Bermúdez. Los dos chocaron con la mesa. La lámpara cayó al suelo; el aceite se derramó sin prender. Rafael forcejeó por alcanzar a Isabel, que se había agachado junto al arcón.

—¡Al corredor! —ordenó Mateo.

Una luz débil apareció al fondo: don Esteban había encendido una cerilla. Durante un segundo, la llama mostró a Bermúdez encima de Álvaro, intentando liberar el brazo armado. Mateo descargó el bastón contra su muñeca. La pistola golpeó el suelo y resbaló hasta los pies de Rafael.

Rafael recogió el arma.

—Quietos.

Su voz no era alta, pero todos la oyeron. Isabel consiguió encender de nuevo la mecha con el yesquero que llevaba en la bolsa. La luz reveló a Bermúdez arrodillado. Había sacado un cuchillo de la bota. Álvaro, tumbado junto a la pared, se sujetaba el hombro herido.

Rafael apuntaba al administrador. Le temblaban las manos.

—Usted estaba allí —dijo—. Joaquín le habló. Siempre hablaba cuando tenía miedo; creía que, si explicaba las cosas, la gente acabaría por escucharlo.

Bermúdez calculó la distancia hasta él.

—Baje eso, padre.

—Le dijo que tenía un hermano en el seminario.

—No me acuerdo.

—Sí se acuerda.

Rafael amartilló la pistola. Don Esteban se pegó al muro. Isabel permaneció junto al arcón, con una mano sobre el registro para impedir que la tela encerada resbalara.

Mateo avanzó despacio. La cadera amenazó con cederle, pero no dejó que se notara.

—Rafael, míreme.

El sacerdote no apartó los ojos de Bermúdez.

—Mi hermano pidió ayuda.

—Lo sé.

—Usted esperó.

La frase alcanzó a Mateo con más fuerza que el dolor de la pierna.

—Sí.

—Y él disparó.

—Sí.

Bermúdez movió el cuchillo.

—Si dispara —dijo Mateo—, no oiremos su declaración. No sabremos quién dio cada orden ni dónde están los cuadernos de Montoya. Joaquín seguirá reducido a la palabra de unos hombres contra la de otros.

Rafael respiraba por la boca.

—No me hable de justicia ahora.

—No. Le hablo de su hermano. Usted me dijo que explicaba las cosas hasta que alguien lo escuchaba. Escúchelo esta vez.

El cañón descendió unos centímetros. Bermúdez aprovechó el movimiento y se impulsó hacia él.

Isabel le golpeó la muñeca con la pesada pantalla de la lámpara. El cuchillo cayó. Mateo apoyó la contera de acero del bastón bajo la mandíbula del administrador y lo obligó contra el suelo. Álvaro, todavía tendido, sujetó el brazo de Bermúdez con la mano izquierda.

Rafael dejó la pistola sobre la mesa y se apartó como si le quemara.

Por el corredor principal llegaron voces y luces.

—¡Aquí! —gritó Isabel.

El hermano Tomás apareció primero con una lámpara. Detrás entraron dos guardias y el comisario Vargas. Llevaba el oscuro gabán abrochado hasta el cuello y el viejo cuaderno oficial en la mano. Sus sienes blancas estaban húmedas.

Contempló la pistola, el cuchillo, el arcón abierto y a Bermúdez inmovilizado. Luego vio a don Esteban.

—¿Qué significa esto? —preguntó el anciano—. Ordene que suelten a mi administrador.

Vargas tardó en responder.

—Guardias, recojan las armas. Esposen a Bermúdez.

Uno de los hombres obedeció. El otro vaciló al mirar a Valcárcel.

—Y detengan a don Esteban —añadió Vargas.

El anciano irguió la cabeza.

—Olvida quién pagó sus deudas y sostuvo su carrera.

Vargas apretó el cuaderno hasta deformar la cubierta.

—No lo he olvidado un solo día.

—Entonces piense bien lo que hace.

—Llevo nueve años pensándolo.

El segundo guardia se acercó. Don Esteban le entregó las muñecas con una dignidad que no concedía nada. Bermúdez, en cambio, forcejeó hasta que Mateo retiró el bastón y los dos guardias lo levantaron.

—Registren la cartera —dijo Isabel.

Vargas la abrió delante de todos. Dentro había una caja de agujas, dos sobres cerrados, un manojo de llaves y un pequeño frasco verde envuelto en paño.

El comisario cerró los ojos un instante.

—Hermano Tomás, traiga al notario del cabildo y a dos testigos. Nadie tocará el registro hasta que lleguen.

Isabel levantó el lápiz.

—Yo he anotado la hora de entrada, el estado de la puerta y el contenido visible del arcón.

Vargas la miró con cansancio.

—Entonces anote también las once y cuarenta y siete. Detención de José Bermúdez y Esteban Valcárcel. En presencia de todos nosotros.

Mateo se sentó por fin sobre el borde de piedra. La pierna ya no lo sostenía. Rafael permanecía de espaldas a los demás, con ambas manos apoyadas en la pared.

En la cámara nadie celebró nada. Respiraban con dificultad entre el polvo y el olor áspero de la pólvora.