A La Sombra de la Giralda Capítulo 13
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Capítulo 13

La noche de los penitentes

Jueves Santo, cerca de la medianoche

Poco antes de medianoche, Mateo abrió la puerta de San Nicolás. La calle era un cauce de túnicas y cirios. Un tambor marcaba el avance de un paso entre humo de incienso y olor a cera.

Gonzalo permanecía al cuidado del sacristán, con la llave y los documentos que debían llegar al juez si ellos no regresaban.

El pañuelo cuidadosamente anudado alrededor de su sien mostraba una mancha oscura, pero el antiguo escribiente conservaba la lucidez.

Antes de dejarlos partir, hizo prometer a Isabel que no confundiría valentía con prisa.

Mateo comprobó el cierre del pomo de su bastón. Las seis muescas de acero parecían poca cosa para una llave que había pasado de una generación a otra sin que él lo supiera. Se guardó en el bolsillo interior la carta de Montoya y señaló el paquete de documentos.

—Esto se queda con usted, don Gonzalo. Si no volvemos, entréguelo al juez Villaseñor. No a un alguacil ni a un secretario: a él en persona.

Gonzalo asintió y tomó el paquete con el brazo sano.

Rafael esperaba junto a la puerta. Tenía el rostro aún más pálido que de costumbre y apretaba contra el pecho su pequeño devocionario.

Isabel llevaba una lámpara de aceite protegida por una pantalla de metal, además de papel y lápiz en una bolsa de cuero.

No había aceptado dejar atrás ninguna de las dos cosas.

—La cofradía ya debía de haber entrado en la plaza de San Francisco —dijo Rafael—. Después de su paso podremos cruzar por Alemanes.

Mateo miró la multitud.

—No llegaremos a tiempo si esperamos. Entraremos por Francos y nos pegaremos al cortejo.

—Con su pierna…

—Con mi pierna llegué hasta un tejado. Una calle no va a discutir conmigo.

Isabel ajustó la mecha de la lámpara.

—La calle quizá no. Yo sí, si pretende correr.

Salieron.

Avanzaron primero juntos, pero al llegar a la plaza del Salvador la multitud los separó durante unos instantes.

Dos penitentes con cirios encendidos pasaron entre Mateo e Isabel.

Él levantó el bastón para que ella pudiera localizarlo por encima de los capirotes.

Isabel respondió alzando la lámpara apagada.

Rafael, detrás de ella, protegía el devocionario con una mano y abría paso con la otra.

Un capataz ordenó detener el paso. Bajo el palio, los costaleros respiraron a la vez, ocultos por el faldón bordado. En el breve silencio, Mateo oyó unos zapatos retirarse hacia el portal de una casa. No alcanzó a distinguir el rostro del hombre.

—Nos siguen —dijo cuando Isabel consiguió llegar hasta él.

Ella no miró atrás. Al reanudarse la marcha se pegaron a los últimos nazarenos y doblaron hacia Francos.

Al llegar a la catedral, Mateo había perdido de vista al hombre del portal. No le gustó. La puerta lateral convenida estaba cerrada. Llamó dos veces, esperó y llamó una tercera.

El cerrojo se descorrió.

El hermano Tomás asomó el rostro con el manojo de llaves atado al cinto.

—La ronda pasó hace cinco minutos.

Los hizo entrar y cerró de nuevo. El ruido de la procesión quedó amortiguado por los muros. En el corredor, sus pasos parecían demasiado altos.

—¿Ha visto a alguien? —preguntó Mateo.

Tomás se tomó un momento antes de responder. Siempre escuchaba primero, incluso cuando la pregunta no exigía oído.

—Al señor Valcárcel. Entró por la puerta del Perdón antes de las diez, acompañado por su administrador. Dijeron que venían a rezar. No salieron por aquí.

Rafael soltó el aire despacio.

—Conocen otro acceso.

—O nos están esperando —dijo Isabel.

Tomás acarició con el pulgar el diente mayor de una llave.

—También ha venido el joven don Álvaro. Preguntó por su padre. Le dije la verdad: que no sabía dónde estaba.

—¿Adónde fue? —preguntó Mateo.

—Hacia el Patio de los Naranjos. Cojeaba un poco del brazo, si un brazo puede cojear. Lo llevaba apartado del cuerpo.

Mateo miró a Isabel. Ella había reconocido la descripción del vendaje.

—No disponemos de tiempo para buscarlo —dijo Mateo—. Hermano Tomás, avise a Vargas si no regresamos antes de medianoche.

—¿Y si el comisario está con ellos?

—Avísele de todos modos. Dígale que hemos encontrado la llave de los León y que el registro está bajo el Lagarto. Si aún le queda algo de vergüenza, vendrá. Si no, sabremos dónde buscar al siguiente enemigo.

Atravesaron el Patio de los Naranjos. Las copas oscuras apenas dejaban ver el cielo. En la galería, el cocodrilo disecado pendía sobre sus cabezas con la inmovilidad absurda de una criatura de otro mundo. Rafael se detuvo ante un tramo de muro donde la argamasa era más clara.

—Aquí.

Varios ladrillos habían sido colocados sin mortero. Mateo sacó uno y sintió un dolor ardiente en la cadera. Isabel dejó la lámpara en el suelo y retiró los dos siguientes. No protestó cuando él quiso ayudarla; se limitó a apartarle la mano.

—Necesitará fuerzas abajo.

Detrás del hueco apareció una escalera angosta. Llegaba un olor a tierra húmeda y a cera rancia.

Mateo bajó primero; Isabel lo siguió con la luz y Rafael cerró la marcha, atento a la entrada.

Los escalones estaban gastados en el centro. Mateo apoyaba primero el bastón y luego el pie izquierdo. Abajo, un corredor bajo se abría en dos direcciones.

Isabel inclinó la lámpara.

—Hay huellas recientes. Dos pares, al menos. Una suela ancha.

Mateo se agachó con dificultad. En el polvo reconoció el desgaste exterior del tacón derecho. No dijo el nombre; no hacía falta.

Rafael miró hacia el corredor de la izquierda.

—La cripta está por allí. En los planos antiguos figuraba una estancia sin nombre detrás de la capilla del Lagarto.

Avanzaron unos veinte pasos. Al fondo encontraron una puerta de piedra sin tirador. En el centro había una abertura circular con seis entrantes irregulares. Mateo desenroscó el pomo de acero. Antes de introducirlo, examinó la cerradura y la juntura inferior.

—Han intentado forzarla —dijo—. Las marcas son nuevas.

—Bermúdez no tenía la llave —observó Isabel.

—Por eso registró a Gonzalo.

El pomo encajó con una resistencia leve. Mateo lo giró. Dentro del muro se movió un mecanismo pesado, y la losa cedió hacia dentro apenas un palmo. Rafael empujó con el hombro.

La cámara era pequeña. En el centro descansaba un arcón bajo; a la derecha había una mesa de piedra y, a la izquierda, una salida angosta. Isabel dejó la lámpara sobre la mesa y anotó la hora y el estado de la puerta.

Mateo rozó con el bastón el borde del arcón.

—No lo abra todavía.

—No pensaba hacerlo sin testigos.

Rafael permaneció junto al corredor por el que habían venido. De pronto levantó una mano.

Desde la salida angosta llegó el sonido de una pisada, después otra. No eran pasos furtivos. Quien se acercaba deseaba que lo oyeran.

Mateo se colocó entre Isabel y el pasadizo.

Primero apareció Bermúdez. Su cuerpo ancho casi llenaba la abertura. Llevaba la cartera de cuero cruzada al pecho y sostenía una pistola con ambas manos. Tras él entró don Esteban Valcárcel, erguido, impecable a pesar del polvo del corredor. El anillo del círculo abierto brilló en su mano derecha.

—Apártese del arcón, señor de León —dijo don Esteban—. Ha hecho ya bastante daño por una noche.

Mateo no se movió.

—El administrador que lleva una pistola suele ser quien hace el daño.

Bermúdez apuntó al centro de su pecho.

—El bastón al suelo.

—Si lo suelto, me caigo.

—Entonces caiga.

Don Esteban alzó dos dedos. Bermúdez esperó.

—No hemos venido a matarlos —dijo el anciano—. Entréguenme la llave. Abriremos el arcón, retiraremos ciertos papeles y todos podrán regresar a sus casas.

Isabel dio un paso lateral, suficiente para ver a don Esteban sin quedar detrás de Mateo.

—Herrera y Salcedo tampoco regresaron a las suyas.

—Dos muertes lamentables no se corrigen provocando la ruina de personas que nada saben de este asunto. Hay viudas, niños, empleados. Fundaciones que dependen de la discreción de ciertas familias.

Su voz no se elevó. Hablaba como si presidiera una reunión y les concediera el privilegio de oír una solución razonable.

—Los ingresos de esas fundaciones fueron desviados —dijo Isabel—. Lo escribió mi padre y lo confirma la guarda de Salcedo. No protege a los pobres. Protege a quienes se apropiaron de lo que les pertenecía.

El anciano miró a Mateo.

—Usted sabe mejor que nadie lo que ocurre cuando un hombre se convence de que su culpa le da derecho a juzgar a los demás.

Mateo sintió que Rafael se movía detrás de él. No apartó los ojos del cañón.

—Abra el arcón —ordenó Bermúdez.

—Necesita la llave —dijo Mateo.

—La tiene en la mano.

Mateo sostuvo el pomo de acero.

—Venga a buscarla.

Introdujo el pomo en el cierre del arcón, sin dejar de mirar a Bermúdez. La tapa se levantó con un quejido. Dentro había un volumen grueso envuelto en tela encerada, dos cajas de madera y un sello de bronce.

Isabel respiró hondo. No se acercó.

—El registro original —dijo Rafael.

—Démelo —ordenó don Esteban.

Una voz respondió desde el corredor lateral.

—No, padre.

Álvaro entró con el brazo derecho pegado al costado. Tenía polvo en el traje y el vendaje asomaba bajo el guante reparado. Miró primero a Isabel, después a Bermúdez.

—Los seguí desde San Nicolás —explicó, hablando deprisa—. Oí a Tomás decir que usted había entrado. Conozco el pasadizo del almacén del cabildo; me lo enseñó cuando yo era niño.

Don Esteban perdió por primera vez su expresión serena.

—Vete, Álvaro.

—Durante años hice exactamente eso. Me fui de cada habitación cuando empezaban las preguntas.

—No comprendes lo que está en juego.

Álvaro miró el arcón abierto.

—Lo comprendo mejor de lo que quisiera. Se acabó. No voy a seguir heredando sus silencios.

Bermúdez giró la pistola hacia él.