A La Sombra de la Giralda Capítulo 12
60%

Capítulo 12

El santo sin ojos

Jueves Santo, por la noche

La plaza de San Nicolás estaba casi vacía. La última procesión de la noche había pasado hacía más de una hora y solo quedaban regueros de cera junto a los bordillos. Sobre la puerta de la iglesia, una estatua consumida por el tiempo alzaba una mano sin dedos. Los ojos eran dos cavidades lisas.

—El santo sin ojos —dijo Isabel.

Mateo examinó la entrada. La cerradura no estaba forzada. A la derecha del pedestal había una mancha reciente en la piedra, a la altura de un hombro. El polvo había sido barrido por una manga.

—Alguien esperó aquí —dijo.

Rafael miró la calle.

—El sacristán vive detrás de la iglesia. Puedo despertarlo.

—Primero el pedestal.

Mateo apoyó el bastón en el muro y palpó la base de la estatua. Isabel encontró una pequeña masa de cera oscura bajo un saliente. Dentro había una llave de hierro.

—Gonzalo la dejó después de que lo golpearan —dijo—. Si su agresor la hubiera visto, se la habría llevado.

Rafael fue a la vivienda del sacristán. Regresó con un anciano medio vestido y un manojo de llaves.

El hombre reconoció a Gonzalo Montoya: había acudido al caer la tarde, diciendo que esperaba a un sacerdote.

Poco después llegó otro hombre con una cartera.

El sacristán no vio su rostro; había cerrado para cenar.

—¿Zapatos? —preguntó Mateo.

—Anchos. Pisaba fuerte del lado de dentro, como quien desgasta mal el tacón.

La iglesia olía a piedra fría y a aceite rancio. Rafael encendió dos cirios del vestíbulo. Las imágenes, cubiertas parcialmente para los oficios, emergían de la oscuridad como figuras dormidas.

—Gonzalo —llamó Isabel.

No hubo respuesta.

Mateo señaló el suelo. Una gota de sangre se había secado junto a la primera columna. Más adelante había otra, y después una mancha en el borde de un banco.

Siguieron el rastro hasta una capilla lateral. Gonzalo Montoya estaba desplomado ante el altar, medio oculto por un paño morado. Tenía el cabello gris pegado a la sien. El forro de su abrigo había sido rajado de arriba abajo y los bolsillos estaban vueltos.

Isabel cayó de rodillas junto a él.

—Tío Gonzalo. Míreme.

El hombre abrió los ojos. Uno enfocó de inmediato; el otro tardó un instante. Tenía el rostro estrecho de la madre de Isabel y un bigote desigual que se había manchado de sangre.

—Has tardado —murmuró.

—Le envió el mensaje a un muchacho sin decir mi nombre.

—Si hubiera dicho tu nombre, ahora sabría dónde encontrarte medio barrio.

—Sigue siendo tan insoportable como siempre —dijo Isabel, y su voz se quebró solo en la última palabra.

Mateo comprobó la herida. Parecía superficial, aunque el golpe lo había dejado aturdido.

—¿Quién fue?

Gonzalo intentó incorporarse. Isabel le sostuvo los hombros.

—Un hombre de Valcárcel. Bermúdez. Me encontró antes de que pudiera entrar. Quería las cartas y la parte de la hoja.

—¿Cómo sabía que usted las tenía? —preguntó Mateo.

—No lo sabía hasta hace dos días. Su gente robó tres cuadernos grises de mi hermano. En el tercero encontró una referencia a mí y a San Nicolás. Antonio fue cuidadoso, pero no podía escribir sin dejar alguna pista.

—Antonio era mi padre —aclaró Isabel para Rafael—. Gonzalo es su cuñado, hermano de mi madre.

Gonzalo hizo una mueca.

—Gracias. Temía que el padre confundiera a otro Montoya antes de que me enterrasen.

—¿Las cartas siguen aquí? —preguntó Mateo.

—Si ese bruto no ha aprendido a escuchar a los muertos, sí.

Gonzalo señaló el confesionario del fondo. Rafael lo ayudó a sentarse contra un banco mientras Isabel limpiaba la sangre con un pañuelo. Mateo llevó la llave encontrada bajo la estatua hasta el confesionario.

—No abre la puerta —dijo.

—Porque no es para la puerta. Levante el asiento.

Debajo de la tabla había una cerradura estrecha. La llave giró con resistencia. Un panel lateral se abrió y dejó a la vista un hueco forrado de zinc. Dentro descansaban un paquete de cartas atado con cinta, una esquina de papel y una pequeña caja de madera.

Isabel retiró primero los documentos. Comparó la esquina con la copia de la guarda. La rotura coincidía: una fibra larga atravesaba ambas partes como una vena.

—Aquí falta una palabra —dijo.

Juntas, las dos piezas formaban una anotación completa: «Inventario y registro: Cripta del Lagarto».

Rafael hizo la señal de la cruz.

—Bajo la catedral. Cerca del cocodrilo disecado del Patio de los Naranjos.

—¿Hay una cripta? —preguntó Isabel.

—Hay cámaras antiguas y pasadizos cerrados. Los canónigos hablan del lugar como de una leyenda, pero Herrera me mostró una vez un plano incompleto. El acceso se tapiaba después de cada inspección.

Mateo abrió la caja. Contenía un sello de bronce con el círculo abierto a la derecha y un papel escrito por Antonio Montoya.

Isabel reconoció la letra de inmediato. Leyó en voz alta:

—«La pieza de León no fue confiada a una puerta, sino al hombre que debía alcanzarla. El hijo de León lleva la llave que su padre ocultó en aquello que sostiene su paso».

Todos miraron el bastón.

Mateo lo sostuvo bajo la luz. Recordó a su padre trabajando el endrino junto a una ventana, limando el pomo durante varias noches. Cuando Mateo le preguntó por las seis marcas, respondió que servían para ajustar el acero y que no debía tocarlas.

—Mi padre hizo este bastón después del disparo —dijo—. Sabía que lo llevaría conmigo.

—Tal vez esperaba poder explicárselo algún día —dijo Isabel.

—Tuvo ocho años.

—Y mi padre tuvo toda mi vida.

No era consuelo. Era una constatación compartida.

Mateo desenroscó el pomo. La rosca parecía terminar en una pieza maciza, pero Isabel vio una junta fina en el metal. Introdujo la punta de la plegadera y giró con cuidado. Se desprendió un casquillo. Bajo él aparecieron seis dientes desiguales.

—No son marcas de ajuste —dijo.

Rafael acercó el sello. Los dientes del pomo encajaban en seis ranuras de su reverso, aunque no hicieron girar nada.

—El sello no es la cerradura —concluyó Isabel—. Es el modelo que confirma la llave.

Gonzalo cerró los ojos durante un momento.

—Antonio decía que una llave separada del registro no valía más que un pedazo de hierro. Y que el registro sin la llave no podía abrir el compartimento principal.

Mateo volvió a montar el pomo.

—¿Qué buscaba Bermúdez en su abrigo?

—Las cartas. Y esto.

Gonzalo señaló el paquete. Isabel desató la cinta.

Había recibos, copias notariales y tres billetes breves firmados con una E.

Uno ordenaba «recuperar el libro marrón antes del viernes».

Otro autorizaba un pago a M. B. por «silenciar al encuadernador y asegurar el traslado».

La frase podía interpretarse de más de una manera, pero ya no era una amenaza sin autor.

—Don Esteban escribe sin nombres —dijo Isabel—. Solo iniciales y tareas.

—La letra puede compararse con sus libros de cuentas —respondió Mateo—. Y Bermúdez es M. B.

Rafael tomó la carta de Antonio Montoya. En la última línea aparecía una fecha de hacía nueve años y una advertencia: Joaquín Duarte había sido atraído al patio de la calle Feria mediante una nota con el sello de los Custodios.

—La misma forma de llamar —dijo—. Dos golpes cortos y uno largo. Era la señal de los seis.

La vieja escena se ordenó de otro modo. Alguien había convocado a Joaquín mediante un signo que reconocía. Vargas debía de saberlo.

—¿Bermúdez dijo algo antes de golpearlo? —preguntó a Gonzalo.

—Que todo debía terminar antes de medianoche. Después me registró. Oyó pasos en la plaza y escapó. Yo escondí la llave bajo el santo y pagué al muchacho para que llevara la piedra a la casa de Mateo.

—¿Por qué no escribió su nombre?

—Porque ignoraba quién leería primero el papel. «El tercero» solo significaba algo para ustedes. Salcedo guardaba la hoja. Herrera, las cartas que recibió de Antonio. Yo conocía el lugar. Tres testigos separados para que nadie pudiera reunirlo todo con una sola muerte.

—Bermúdez lo ha reunido casi todo —dijo Isabel.

—No la llave —respondió Mateo.

Desde el exterior llegó el golpe de una campana. Las once.

Gonzalo intentó ponerse en pie.

—Si dijo medianoche, ya irá hacia la catedral.

—Usted irá con el médico —ordenó Isabel.

—He pasado veinte años esperando esta noche.

—Y puede pasar otros veinte recordándola si no se desmaya antes.

Gonzalo abrió la boca, pero Rafael se adelantó.

—Me quedaré hasta que llegue el médico. Después los alcanzaré.

Mateo guardó las cartas dentro del chaleco. Entregó a Isabel la copia de la guarda y dejó los originales en el escondite, bajo la vigilancia del sacristán y de Vera, que acababa de llegar. Así, aunque les quitaran lo que llevaban, quedaría una prueba.

—Usted no entra en la cripta —dijo Mateo a Isabel.

Ella lo miró con una calma que resultaba más peligrosa que el enfado.

—La hoja estaba en un lomo. La esquina, detrás de un confesionario. El mensaje de mi padre explica la llave. Sin alguien que sepa leer esos documentos, llegará usted a una puerta y decidirá abrirla a bastonazos.

Mateo pensó en la puerta de la cubierta de la catedral.

—Funcionó una vez.

—No es un argumento a su favor.

—Puede haber hombres armados.

—Y precisamente por eso no irá solo.

Durante un instante se hablaron con el mismo «usted» distante con el que se habían conocido, pero la distancia ya no correspondía a lo que habían atravesado juntos. Mateo miró la venda improvisada en la mano de ella, manchada con la sangre de Gonzalo.

—Isabel —dijo—. No quiero que entres allí sin saber cómo saldremos.

Ella advirtió el cambio. Tardó un segundo antes de responder.

—Entonces no entres tú sin mí.

No hubo tiempo para decir nada más.

En la plaza sonó una carrera. Vera abrió la puerta de la iglesia y señaló hacia el oeste.

—Un coche de los Valcárcel acaba de pasar en dirección a la catedral. Con dos hombres dentro.

Mateo ajustó el pomo del bastón hasta ocultar los seis dientes. Isabel guardó la plegadera y tomó una lámpara.

—Bermúdez no sabe que tenemos las cartas —dijo ella.

—Y don Esteban cree que solo buscamos el registro.

Salieron de San Nicolás. A lo lejos, sobre los tejados, faltaba casi una hora para las diez.