A La Sombra de la Giralda Capítulo 11
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Capítulo 11

Los guardianes del círculo abierto

Jueves Santo, por la tarde

El padre Rafael esperaba en el piso de Mateo. Había cerrado las contraventanas y encendido una sola lámpara. Cuando entraron, se levantó tan deprisa que rozó con los dedos el crucifijo de su pecho. Mateo ya había advertido que solo lo tocaba cuando el miedo dejaba de ser una idea.

—Han estado con Valcárcel —dijo Rafael.

—Con los dos —respondió Isabel—. El hijo ha reconocido que era el hombre de la azotea.

Rafael dejó escapar el aire y volvió a sentarse.

—Lo sospechaba.

Mateo apoyó el bastón contra la mesa.

—Lo sospechaba, pero nos dejó perseguirlo por los tejados.

—No sabía por qué estaba allí.

—Nos advirtió de don Esteban. Olvidó mencionar que conocía a Álvaro, que sabía algo de los Custodios y que la carta de Herrera estaba relacionada con su familia.

Rafael miró a Isabel, como si esperara encontrar en ella más paciencia.

—Hay dos muertos —dijo Mateo—. Si vuelve a contarme media verdad, llamaré a Vargas. Puede explicarle a él la otra mitad.

El sacerdote se quitó el sombrero y lo dejó sobre las rodillas. Tenía el borde deformado de tanto apretarlo.

—No callé por proteger a Valcárcel.

—¿A quién, entonces?

—A mi hermano.

Isabel ocupó la silla frente a él.

—Empiece por su nombre.

Rafael tardó en responder.

—Joaquín Duarte.

Mateo conocía aquel nombre. Durante nueve años lo había oído en sueños pronunciado por una voz que pedía ayuda desde un patio mojado.

—Mi madre se apellidaba Duarte. Mi padre, Ortega. Joaquín usó primero el apellido de ella porque trabajaba con la rama materna de la familia. Yo entré en el seminario como Rafael Ortega. No hay misterio en eso, solo una decisión que entonces parecía práctica y después me permitió esconderme.

—¿Joaquín pertenecía a los Custodios? —preguntó Isabel.

—No de manera formal. Descubrió lo que hacían.

Rafael se levantó y fue hasta la alacena. Sacó un sobre envuelto en tela. Antes de abrirlo, pasó un pulgar por la cruz que había dibujado en el cierre.

—Los Custodios del Umbral nacieron durante la ocupación francesa.

Seis familias escondieron títulos de propiedad, inventarios de bienes eclesiásticos y nombres de quienes colaboraban con los invasores.

Al principio pretendían evitar confiscaciones y venganzas.

Después comprendieron que los mismos papeles servían para enriquecerse y para dominar a quienes aparecían en ellos.

Isabel desplegó la copia de la guarda.

—Llave, sello, moneda, crónica, juramento e inventario.

—Cada linaje guardaba una pieza. Ninguno debía poseer el conjunto. El círculo abierto a la derecha indicaba custodia legítima. Cuando una familia reunía piezas que no le correspondían, el signo se volvía hacia la izquierda.

—Traición —dijo Mateo.

—Apropiación —matizó Rafael—. Para ellos, ambas palabras llegaron a significar lo mismo.

Isabel señaló el apellido tachado.

—¿Qué ocurrió con los Rivas?

—La familia se extinguió. Su último heredero murió sin hijos. Los Valcárcel ocuparon su puesto, pero no mediante una elección de los otros cinco. Don Esteban hizo aparecer un acta. El padre de Isabel demostró que la firma del notario era posterior a su muerte.

—¿Mi padre se lo dijo?

—Me enseñó una copia hace un año. También encontró ventas simuladas.

Bienes que debían sostener hospitales, huérfanos y familias de ajusticiados pasaron a sociedades vinculadas a los Valcárcel.

Algunas fundaciones aún existen. Si sale a la luz el registro, no se trata solo de una vergüenza antigua.

Hay propiedades actuales, rentas actuales, personas actuales que tendrían que responder.

Isabel apoyó las manos sobre la mesa. No temblaban.

—Por eso registraron nuestra casa.

—Buscaban cuatro cuadernos grises en los que su padre copió nombres y cuentas. Tres desaparecieron de su escondite después de su muerte. Él había enviado el cuarto fuera de Sevilla.

—¿Adónde?

—No lo sé. En una hoja mencionó Cádiz y seis puertas, pero pensé que se refería a un almacén.

Mateo regresó al sobre.

—Joaquín.

Rafael sacó una carta. El papel se había abierto tantas veces que los pliegues estaban a punto de romperse.

—Trabajaba para un notario que revisaba transmisiones de bienes.

Encontró una falsificación reciente de don Esteban y copió el documento.

Una semana después, el notario apareció muerto.

Acusaron a Joaquín porque su nombre estaba en el libro de visitas y porque alguien puso la copia en su alojamiento.

—Alguien que sabía que la tenía —dijo Isabel.

—Bermúdez. Entonces era un recadero joven de los Valcárcel. Joaquín lo vio en el patio del notario la noche del asesinato.

Mateo abrió la carta. La letra era firme al principio, más inclinada al final.

Joaquín nombraba a don Esteban. Hablaba de un hombre de hombros anchos que obedecía sin preguntar.

También mencionaba a un policía joven que alteraba informes por dinero; del apellido solo quedaba una V, porque el borde había sido arrancado.

—Vargas —dijo Mateo.

Rafael clavó la vista en él.

—Usted estaba allí cuando mi hermano murió.

Mateo no buscó una postura que le aliviara la pierna.

—Sí.

—Cuéntelo.

Isabel iba a intervenir, pero Mateo negó con la cabeza.

—Seguimos a Joaquín hasta un patio de la calle Feria. Vargas me ordenó que aguardase junto a la entrada mientras él rodeaba la manzana. Oí a Joaquín pedir ayuda. Después, un disparo. Obedecí la orden y esperé.

—¿Cuánto?

—Menos de un minuto.

—Para él bastó.

—Sí.

Rafael se puso en pie. No alzó la voz.

—Lo odié durante nueve años. Era más fácil odiarlo a usted que a un hombre al que veía cada domingo en primera fila durante la misa. Don Esteban se arrodillaba, recibía la comunión y daba limosna. Yo habría tenido que pronunciar su nombre y no lo hice.

—¿Por miedo?

—Al principio. Después por vergüenza. Cuanto más tiempo callaba, más difícil era admitir que había callado.

Mateo dobló la carta por los pliegues existentes.

—Yo también obedecí una vez porque era más sencillo que decidir. No volvió a ser sencillo después.

Rafael lo miró. La ira no desapareció.

En la calle se oyó el paso de un hombre. Se detuvo bajo la ventana. Mateo apagó la lámpara con la pantalla, no con el soplo. Los tres guardaron silencio.

Los pasos continuaron. A los pocos segundos, regresaron desde la dirección opuesta.

—Nos siguen desde San Vicente —susurró Isabel—. El mismo sombrero gris pasó dos veces frente a la plaza.

Mateo se acercó a la contraventana sin abrirla. Por una rendija vio una silueta junto a la esquina.

Algo golpeó la madera y atravesó el cristal superior. Mateo empujó a Isabel hacia el suelo. La piedra cayó sobre la alfombra rodeada de astillas.

Rafael dio un paso hacia la ventana.

—Atrás.

Mateo esperó un segundo impacto. No llegó. En la escalera del edificio sonó una puerta y después una carrera breve. Vera, que vigilaba abajo, gritó. Cuando Mateo abrió la contraventana, la calle estaba vacía salvo por un muchacho que escapaba sin sombrero.

La piedra estaba envuelta en hilo negro. Debajo había una moneda y un papel doblado.

Isabel no lo tocó. Acercó la lámpara caída, que por fortuna no se había apagado.

—El papel es distinto al de las notas de Herrera y Salcedo —dijo—. Más basto. Y la escritura está hecha con lápiz, no con tinta.

Mateo leyó: «El tercero conoce el camino. San Nicolás».

—¿Una amenaza? —preguntó Rafael.

—No —dijo Isabel—. Mire el pronombre implícito. No dice que el tercero callará. Dice que conoce el camino. Parece una indicación.

Vera entró sin aliento.

—El muchacho dice que un señor le pagó para lanzarla. Lo esperó cerca de San Nicolás. Llevaba un golpe en la sien y se cubría con un pañuelo.

Isabel palideció.

—Mi tío Gonzalo.

Mateo recordaba el nombre. Isabel había mencionado a aquel hermano de su madre al hablar de las cuentas de su padre: un hombre que viajaba por los pueblos comprando papel y regresaba siempre con noticias que nadie le había pedido.

—¿Por qué él? —preguntó.

—Mi padre confiaba en Gonzalo cuando necesitaba llevar algo sin dejar constancia. Si dice que el tercero conoce el camino, habla de sí mismo.

Rafael recogió su abrigo.

—San Nicolás está al otro lado del barrio.

Mateo envolvió la piedra, la moneda y la nota sin separarlas.

—El muchacho salió de allí hace cuánto.

—Media hora —respondió Vera.

Isabel ya estaba en la puerta.

—Entonces mi tío lleva media hora esperando a que comprendamos el mensaje. O a que llegue antes quien lo golpeó.