Capítulo 10
La casa de los Valcárcel
Jueves Santo, por la mañana
Don Esteban Valcárcel no los recibió antes del amanecer. Los hizo esperar hasta media mañana del Jueves Santo.
La residencia familiar se alzaba cerca de San Vicente, detrás de una fachada sobria. Un criado los condujo por un patio con una fuente de mármol y naranjos en macetas sin una sola grieta. Isabel advirtió que hasta las losas gastadas parecían haberlo hecho por orden de la casa.
Álvaro caminaba unos pasos por delante. Desde que habían dejado Triana, no había parado de mover la mano vendada. Dos veces intentó hablar con Mateo a solas; dos veces Mateo le pidió que aguardase.
La biblioteca era alta y fresca, con anaqueles hasta el techo, dos retratos y un escritorio de nogal.
Don Esteban los esperaba de pie. Pasaba de los sesenta, aunque conservaba la espalda recta y el cabello plateado bien peinado.
En la mano izquierda llevaba un anillo con un círculo abierto a la derecha.
No miró a Isabel. Tampoco a su hijo. Sus ojos fueron directamente al bastón.
—Señor de León —dijo—. Su padre habría lamentado verlo regresar a esta casa en semejantes circunstancias.
—Nunca había estado aquí.
—Vino de niño. Tenía usted cinco años. Su padre reparó el cierre de ese arcón.
Indicó un mueble tallado bajo la ventana.
—No lo recuerdo.
—Los niños olvidan las habitaciones. Las familias no.
Mateo no aceptó el asiento que le ofrecían. Isabel sí se sentó, pero colocó su bolso sobre las rodillas y mantuvo la espalda recta.
—Manuel Salcedo fue asesinado anoche —dijo Mateo—. Emilio Herrera murió ayer. Ambos conocían un registro que pasó por esta casa.
Don Esteban se acercó a la chimenea apagada.
—Dos desgracias no forman una historia porque alguien las coloque juntas.
—Las monedas sí las colocan juntas. También los mensajes.
—No sé a qué se refiere.
Isabel abrió el bolso y sacó una copia de la guarda. Había dejado el original bajo custodia del guardia en Triana, dentro del misal de Salcedo y con un recibo firmado. Don Esteban examinó el papel sin tocarlo.
—Una falsificación competente —dictaminó.
—Ha decidido muy deprisa —dijo Isabel.
El hombre le concedió al fin una mirada.
—Señorita Montoya, he visto documentos auténticos de los Custodios desde antes de que usted aprendiera a leer.
—Entonces podrá decirme por qué la tinta que introduce su apellido es más reciente que la lista y más antigua que la nota inferior.
—Porque un falsificador cuidadoso emplea varias tintas.
—No uno que desea que el conjunto parezca escrito al mismo tiempo. Además, el papel procede de un molino genovés que dejó de trabajar hace más de cincuenta años. Salcedo no lo tenía en su almacén.
Don Esteban sonrió apenas.
—Su padre también sabía convertir una conjetura en una insolencia.
—Mi padre trabajó para usted. ¿Qué descubrió?
—Que estaba cansado. Que veía conspiraciones en cuentas corrientes y amenazas en errores de copia.
—¿Y por eso registraron nuestra casa?
Álvaro levantó la cabeza. Don Esteban no cambió de expresión.
—Mida sus acusaciones.
—Yo mido letras, tintas y raspaduras. Las acusaciones se las dejo al señor de León.
Mateo recorrió la biblioteca. En un estante bajo faltaba un volumen grande. El polvo dibujaba un rectángulo de casi dos palmos de alto y más de uno de ancho. El resto de libros estaba alineado con una precisión excesiva.
—¿Qué había ahí?
—Una Biblia familiar.
—Debía de ser enorme.
—Mi fe necesita espacio.
Álvaro soltó el aire por la nariz. Don Esteban lo miró.
—¿Te divierte algo?
—Me asombra que aún intente fingir conmigo.
—No te he pedido que hables.
—Eso nunca le ha impedido pedirme que calle.
Álvaro empezó a caminar entre el escritorio y la ventana. Don Esteban permanecía inmóvil, como si aquel movimiento fuera otra indisciplina doméstica.
Mateo se acercó a Álvaro.
—Su mano. ¿Cómo se la hirió?
—Ya se lo dije. Una caída.
—No me lo dijo a mí.
—La barandilla de una azotea tenía un borde de hierro.
Don Esteban giró despacio la cabeza.
—Álvaro.
El joven dejó de andar.
—Fui yo —dijo—. La figura de la cubierta. La seda negra era de mi capa. Cuando ustedes me siguieron, me corté al pasar por la puerta de mantenimiento.
Mateo no apartó la mirada de la venda.
—¿Por qué estaba en la catedral?
—Quería advertir a Herrera.
—¿Antes de las cinco?
—Él me citó. Dijo que entregaría una carta al padre Rafael y que después hablaría conmigo. Llegué tarde. Cuando entré en la capilla, ya estaba muerto.
—¿Vio a Bermúdez?
Álvaro miró a su padre antes de contestar.
—Oí cerrarse la puerta norte. Vi una cartera de cuero desaparecer en la nave, pero no el rostro de quien la llevaba.
—¿Y la moneda?
—La tomé de las manos de Herrera.
Isabel se levantó.
—¿Por qué?
—Llevaba el signo de mi familia. Necesitaba saber si era una amenaza contra nosotros o una advertencia escrita por Herrera.
—Después la arrojó a los pies de Mateo —dijo ella—. Podría haberla conservado.
—Quería que él tuviera una prueba. Pero no confiaba en Rafael. Lo hice subir a la cubierta para observar al sacerdote lejos de los guardias y de mi padre.
—Arrojó cal a los ojos de dos hombres y huyó por un tejado —dijo Mateo—. Es una forma peculiar de pedir ayuda.
—Si me hubiera presentado como un Valcárcel, ¿me habría creído?
—Habría sabido a quién estaba escuchando.
Don Esteban apoyó dos dedos sobre el escritorio.
—Mi hijo tiene afición por los gestos inútiles. No conviertan su teatro en una confesión que no ha hecho.
—Ha hecho una —dijo Mateo—. Estuvo en la capilla y tomó una prueba.
—Una imprudencia no es un homicidio.
—Eso tendrá que decidirlo Vargas.
Por primera vez, la serenidad de don Esteban se alteró. Solo fue un parpadeo.
—El comisario conoce el valor de no ensuciar un apellido por especulaciones.
—Lo conoce desde hace nueve años, supongo.
El silencio que siguió cambió la temperatura de la estancia. Álvaro se volvió hacia su padre. Isabel dejó la copia sobre el escritorio, fuera de su alcance.
Llamaron una vez. Antes de que don Esteban respondiera, entró un hombre corpulento con una cartera de cuero bajo el brazo. Debía de tener unos cincuenta años. Vestía sin elegancia, pero con ropa cara y resistente. Se detuvo al ver a los visitantes.
—Bermúdez —dijo don Esteban—. Espere fuera.
El administrador miró primero a su señor y después a los visitantes. No preguntó quiénes eran.
—El coche estará dispuesto a las once —informó—. El escribiente de Cádiz ha remitido los documentos del almacén.
Su voz era seca y práctica. Dio un paso atrás.
Mateo reparó en el tacón derecho: el borde exterior estaba gastado.
No vio barro; los zapatos habían sido limpiados con esmero.
De la cartera asomaba una esquina de papel azul, del mismo tono que el envoltorio de farmacia que el médico había mostrado aquella mañana al hablar de venenos vegetales.
—¿Le duele algo? —preguntó Mateo.
Bermúdez bajó los ojos hacia la cartera.
—No.
—Creí ver un medicamento.
—Tinta para el escribiente.
—¿Dónde pasó la tarde de ayer?
Don Esteban se interpuso sin moverse del sitio.
—No está interrogando a mis empleados.
Bermúdez aguardó. No contestó hasta que su señor hizo un gesto casi imperceptible.
—En San Vicente. Revisé cuentas desde las tres hasta las nueve.
—¿Con quién?
—Solo.
—Muy conveniente.
—Muy habitual.
Bermúdez salió sin ruido. Tardó unos segundos en alejarse, como si comprobara quién podía verlo desde el corredor.
Don Esteban tomó la copia con dos dedos.
—La familia León tenía una obligación. Su padre lo entendió hasta el final. Usted puede seguir revolviendo la vergüenza de los muertos o puede recordar que ciertos patrimonios sostienen hospitales, conventos y centenares de jornales.
—También bienes destinados a huérfanos, según Salcedo.
—Los papeles no alimentan a nadie.
—Los bienes que enumeran, sí.
Don Esteban dejó la copia.
—Tenga cuidado, señor de León. Un hombre puede entrar en una casa creyendo que investiga a los demás y descubrir que su propio apellido ocupa la primera página.
Mateo recogió el papel.
—Por eso he venido.
En el patio, Isabel esperó a que la puerta de la biblioteca se cerrara.
—La Biblia —dijo—. La marca del anaquel coincide con las dimensiones de un registro mayor.
—Probablemente estuvo allí.
—Don Esteban no habría permitido que faltara polvo en la parte superior si quisiera disimularlo. Lo retiraron con prisa.
Álvaro se unió a ellos.
—Anoche estaba en ese estante.
—¿Lo vio? —preguntó Mateo.
—Vi el lomo marrón. Mi padre no me deja acercarme, pero Bermúdez lo sacó después de medianoche.
—¿Adónde lo llevó?
—No lo sé.
Mateo observó el portal por el que había salido el administrador.
—Aún no tenemos una prueba contra él.
—Tenemos una mentira —dijo Isabel—. Ayer un cochero de San Vicente estuvo en el taller preguntando por Salcedo. Si reconoce a Bermúdez, su tarde de cuentas se deshace.
Álvaro miró hacia la biblioteca.
—Mi padre sabrá que he hablado.
—Lo sabía antes de que llegáramos —respondió Mateo—. La cuestión es qué hará ahora.