Capítulo 9
La hoja en el lomo
Jueves Santo, de madrugada
Mateo regresó a la casa de la cuñada de Salcedo. En la calle, las últimas voces de una cofradía se alejaban hacia el río. Quedaba olor a cera derretida y a barro pisado.
La viuda seguía sentada a la mesa de la cocina. No había llorado. Rodeaba con ambas manos una taza fría. Frente a ella, Isabel había apartado el plato y el salero.
Mateo se quedó junto a la puerta. Le dolía la pierna derecha, pero no quiso sentarse antes de que la mujer levantara los ojos.
—El médico ha dicho que murió casi en el acto —explicó—. Recibió un golpe en la nuca. No sufrió mucho tiempo.
La viuda apretó la taza.
—¿Eso debería consolarme?
—No.
Isabel miró a Mateo. Agradeció que no fingiera encontrar alivio donde no lo había.
—Tenía miedo —dijo la mujer al cabo de un rato—. Desde hacía tres días. Manuel no era hombre que se asustara por cualquier cosa. En cuarenta años lo vi enfadado, enfermo y arruinado durante una temporada. Asustado, no.
Mateo sacó el cuaderno, pero no lo abrió.
—¿Cambió alguna costumbre?
—Revisaba la puerta dos veces. Ayer cerró las contraventanas antes de que oscureciera. Y cuando llamaron, me mandó al cuarto.
—¿Quién llamó?
—No lo vi.
—¿Oyó algo?
La mujer separó una mano de la taza y golpeó la mesa con los nudillos: dos golpes breves, pausa, uno largo.
—Así. Manuel salió. Volvió una hora después y dijo que era un cliente. Mentía fatal. Se rascaba junto a la oreja cuando no quería que yo siguiera preguntando.
—¿Era una contraseña? —preguntó Mateo.
—Yo diría que era la forma de llamar de alguien conocido —corrigió Isabel—. Una contraseña solo sirve si ambas partes la esperan.
La viuda la miró por primera vez.
—Él la esperaba. Eso es lo peor. Al oír los golpes no preguntó quién era.
Mateo abrió el cuaderno.
—¿Qué hizo cuando regresó?
—Sacó el misal de su padre. Se encerró en el taller con una navaja, hilo y cola. Cuando entré, estaba cosiendo el lomo. Me dijo que la encuadernación se había soltado. Después me llevó aquí y prometió volver antes de la cena.
La última palabra se le quebró. Dejó la taza, se levantó y fue hasta un aparador. Allí escogió una llave pequeña de entre varias que colgaban de un clavo.
—El misal debe de seguir bajo la mesa grande. Si ese libro le costó la vida, quiero saber por qué.
Isabel tomó la llave.
—Se lo devolveré tal como está.
—No me importan ya sus costuras.
Mateo vio que Isabel recibía la llave con las dos manos. No hizo promesas sobre justicia ni sobre culpables. Dijo solamente:
—Tendré cuidado.
• • •
Andrés Vera esperaba ante el taller de Salcedo.
Un guardia municipal vigilaba la entrada principal y otro permanecía en el patio trasero, junto a la huella protegida por el cubo.
El médico se había marchado con el cadáver.
Dentro quedaban el olor metálico de la sangre y el de la cola de encuadernar.
—Nadie ha tocado nada —aseguró Vera.
Mateo se agachó junto a la puerta del patio. La huella ancha seguía allí. El tacón derecho se hundía menos por su borde exterior, señal de un desgaste acusado. Más cerca del muro descubrió una marca oblicua en el barro, como si el hombre hubiera apoyado algo antes de saltar un charco.
—Una cartera —dijo Isabel detrás de él.
Mateo volvió la cabeza.
—¿Por qué?
—Una caja habría dejado esquinas más hondas. Eso tiene el ancho de una cartera de documentos apoyada de canto.
Mateo midió la marca con una tira de papel.
—También podría ser una tablilla.
—Podría. Anote las dos cosas.
Vera ocultó una sonrisa. Mateo anotó ambas.
En el taller, Isabel encendió dos lámparas y cerró la puerta. El misal estaba debajo de la mesa, casi pegado a la pared. Su cubierta de cuero oscuro tenía manchas antiguas de cera. A simple vista, el lomo parecía entero.
—Salcedo sabía lo que hacía —dijo Isabel—. Mire el hilo. Ha elegido uno envejecido para que la reparación no destacara. Pero aquí la tensión cambia.
Señaló tres puntadas ligeramente más juntas. Sacó de su bolso unas tijeras pequeñas, una plegadera de hueso y una aguja. Mateo arqueó una ceja.
—¿Lleva un taller entero en ese bolso?
—Solo lo necesario para defender los documentos de quienes creen que abrir un libro consiste en tirar de las tapas.
—Era una pregunta.
—Y esa era la respuesta.
Isabel colocó el volumen sobre un paño limpio. Cortó un punto y aflojó el hilo con la aguja. Buscaba una diferencia de cola, una irregularidad en la guarda, el abultamiento de un papel oculto. Ante un libro herido, sabía exactamente qué hacer.
—Aquí —dijo.
Introdujo la plegadera entre el cuero y el cuerpo del volumen. Extrajo una hoja doblada cuatro veces. Era una guarda antigua, amarillenta, con una esquina arrancada. La desplegó bajo la lámpara y sujetó los bordes con dos pesas de plomo.
Seis apellidos formaban una columna. Junto a cada uno había una palabra: León, llave; Duarte, sello; Herrera, moneda; Montoya, crónica; Salcedo, juramento; Rivas, inventario. El nombre de Rivas estaba cruzado por una raya parda. Encima, con otra tinta, alguien había escrito Valcárcel.
Mateo leyó dos veces la primera línea.
—León. Llave.
Apoyó el bastón contra la mesa. Isabel siguió su mirada hacia el pomo de acero. Bajo el metal, apenas visibles, había seis pequeñas marcas que Mateo siempre había tomado por señales del taller de su padre.
—No concluyamos antes de tiempo —dijo ella—. Puede referirse a una llave custodiada por su familia, no a esa.
—Mi padre fabricó el bastón después de que me hirieran.
—Precisamente. Si quería ocultar algo, conocía un lugar que usted no abandonaría con facilidad. Pero todavía no sabemos si esas muescas son dientes o simples marcas de ajuste.
Mateo pasó el pulgar por el pomo.
—Nunca me habló de guardianes.
—Mi padre tampoco me habló de seis familias. Los hombres de aquella generación confundían proteger a sus hijos con dejarlos a oscuras.
Isabel acercó la lámpara. En la parte inferior de la hoja, una frase cruzaba el papel con letra más antigua: «Cuando una mano toma lo que seis manos custodian, el círculo se vuelve. La abertura a la izquierda señala la traición».
—Entonces el símbolo del reclinatorio no era una copia defectuosa —dijo Mateo.
—No necesariamente. Este texto puede ser una explicación posterior. La tinta es más nueva que la lista, quizá veinte o treinta años. Alguien quiso fijar una interpretación.
—¿Y la sustitución de Rivas por Valcárcel?
—También es posterior. Pero no está hecha con la misma tinta de la explicación. Hubo al menos tres manos.
Mateo señaló los objetos.
—Seis partes de un mecanismo.
—O seis responsabilidades —replicó Isabel—. «Crónica» puede ser el relato de lo ocurrido. «Inventario», la lista de bienes. «Juramento» quizá sea este texto. La moneda podría identificar al custodio, no abrir nada.
—Y la llave.
—Puede ser literal.
—Es la opción que más nos compromete.
—Por eso mismo no debemos enamorarnos de ella.
Isabel volvió la hoja. En el reverso, con la letra insegura de Salcedo, se leía: «Bajo el santo sin ojos. Jueves, después de la última penitencia».
—Ha cambiado el día —observó Mateo.
—La costura está fresca. Salcedo debió escribirlo ayer, antes de ocultar la hoja.
—¿Qué santo sin ojos?
—En Sevilla hay imágenes dañadas en media docena de iglesias, y otras tantas hornacinas que nadie repara. Necesitamos algo más.
Una tabla crujió en la habitación contigua.
Mateo apagó con los dedos húmedos la lámpara más próxima a la ventana. Hizo una seña a Vera, que se colocó junto a la puerta del patio. Isabel dobló la guarda, pero no la escondió en el misal; la sostuvo contra su cuerpo.
Se oyó un roce de tela. Después, tres pasos rápidos.
Mateo abrió la puerta de golpe.
Álvaro Valcárcel estaba en el umbral del almacén. Llevaba un abrigo oscuro y ya no ocultaba la mano derecha con un guante: una venda limpia le cubría la palma hasta la muñeca. Al ver la hoja entre los dedos de Isabel perdió el color.
—Entonces lo hizo de verdad —dijo.
Mateo le cerró el paso con el bastón.
—¿Quién?
Álvaro miró hacia el guardia de la entrada.
—Aquí no.
—Salcedo está muerto. Herrera también. Se ha terminado el derecho a escoger un lugar cómodo.
Álvaro no retrocedió, pero movió los dedos vendados como si aún le dolieran.
—Manuel Salcedo separó una hoja del registro que mi padre lleva seis meses buscando. Yo creía que había fanfarroneado. Por lo visto, tuvo valor para hacerlo.
—¿Cómo sabe lo que buscaba su padre? —preguntó Isabel.
—Porque ordenó a Bermúdez averiguar quién había vuelto a encuadernar el registro de Montoya.
Mateo recordó al hombre de la cartera visto aquella tarde en la esquina. Zapatos anchos. Una forma de esperar sin parecer que esperaba.
—¿Bermúdez conoce este taller?
Álvaro miró la mancha oscura que permanecía entre las tablas.
—Conoce todas las casas donde mi padre tiene un interés.
—Eso no responde.
—Sí. Lo conoce.
Isabel dio un paso hacia él.
—¿Su padre mandó matar a Salcedo?
Álvaro apretó la mandíbula.
—Mi padre manda recuperar lo que considera suyo. Nunca explica cuánto está dispuesto a permitir.
—Entonces nos llevará a verlo —dijo Mateo.
—Ahora mismo no les recibirá.
Mateo levantó el bastón lo suficiente para que Álvaro reparara en las seis muescas.
—Dígale que el hijo de León lleva una llave. Si la hoja es auténtica, comprenderá que conviene recibirnos antes de que amanezca.