A La Sombra de la Giralda Capítulo 8
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Capítulo 8

En la otra orilla

Miércoles Santo, al anochecer

Mateo acompañó a Isabel a su casa entre la gente que buscaba sitio para ver la cofradía. Aquella multitud podía ocultar a un perseguidor o impedirle acercarse.

Doña Mercedes había encendido una segunda lámpara en el zaguán. Un carpintero había cambiado la cerradura y aún quedaban virutas sobre las baldosas. Antes de preguntar, Mercedes puso un plato de guiso y pan sobre la mesa.

—Va a salir otra vez —dijo Isabel a Mateo.

—Tengo que reunirme con Salcedo. Primero buscaré a alguien que pueda esperar cerca sin llamar la atención.

—Entonces voy con usted.

Mercedes dejó la cuchara con un golpe seco.

Mateo esperó. Podía decirle a Isabel que no; también sabía que ella conocía mejor que él los papeles y a la familia del encuadernador. Prohibírselo sería fingir una autoridad que no tenía.

—¿Conoce a alguien de confianza en Triana? —preguntó.

—A la hermana de la mujer de Salcedo. La dirección figura en una carta.

—Iremos primero allí. Usted se quedará con ellas mientras compruebo el taller.

—Me quedaré si acuerda volver y contarme lo ocurrido, no enviarme a casa sin explicación.

—De acuerdo.

Mercedes miró a su sobrina y luego a Mateo.

—Tome un poco de guiso antes. Ninguno pensará mejor con el estómago vacío.

Comieron deprisa. Isabel explicó la referencia a Gonzalo y la nota “Cádiz: seis puertas”. Mercedes prometió enviarle una carta con un carretero que salía al amanecer.

—Gonzalo responderá si escribo que los cuadernos han desaparecido —dijo—. Puede ignorar a la familia; no ignora un archivo incompleto.

Cuando Mateo se levantó, Mercedes lo acompañó hasta la puerta.

—Cuide de ella —pidió en voz baja.

—Procuraremos cuidarnos los dos.

Mercedes asintió. No necesitaba promesas imposibles.

* * *

Andrés Vera reparaba herrajes de carros cerca del río. Tenía hollín bajo las uñas y comprobó la calle antes de cerrar. Años atrás había llevado mensajes para los agentes de Vargas.

Mateo le pagó por esperar frente al taller de Salcedo. Si el anciano salía, debía acompañarlo; si veía a otra persona, buscaría a un guardia sin enfrentarse a nadie. Vera aceptó, aunque recordó que Vargas no quería a Mateo en la causa.

Mateo e Isabel salieron después. En el puente, una procesión les cerró el camino. Los cirios avanzaban despacio y se oían los pies de los costaleros.

Mateo mantuvo a Isabel junto a la pared y buscó entre la multitud la cartera de cuero y el tacón gastado.

Al otro lado del río, la cuñada de Salcedo vivía en una casa pequeña. La puerta estaba asegurada por dentro con un gancho y solo se abrió después de que Isabel dijera su nombre dos veces.

La esposa del encuadernador, una mujer baja de pelo gris, estaba en la cocina. Su marido le había pedido que pasara allí la noche porque debía terminar un encargo.

Al ver a Mateo y su bastón, dejó de hablar.

—¿Qué ha hecho Manuel?

—Nada que yo le reproche —respondió él—. Necesito hablar con él y comprobar que está bien.

—Pues consiga que vuelva a casa. Cuando se asusta, se encierra con sus libros y cree que eso arregla algo.

—¿Le habló de una hoja guardada?

La mujer miró a su hermana.

—No. Hace meses escondió un paquete detrás de la imagen de San Cristóbal. Creyó que yo no lo veía.

—Era como un pliego doblado, envuelto en tela verde oscura —añadió la mujer.

Mateo prometió ir directamente al taller. Isabel se quedó con las dos mujeres, como habían acordado. Al cerrar la puerta, él la oyó preguntar por Montoya y por el registro marrón sin mencionar todavía a los custodios.

* * *

El taller estaba a oscuras. Andrés Vera esperaba en la acera de enfrente, junto a un carro detenido.

—La puerta ya estaba cerrada cuando llegué —informó—. No ha salido nadie por delante. Detrás hay un patio y otra calle. Vi a un hombre alejarse por allí, pero solo la espalda. Ancho, chaqueta oscura.

—¿Cartera?

—Sí. La llevaba bajo el brazo.

Mateo llamó. No hubo respuesta. Golpeó de nuevo y pronunció el apellido. Después probó el picaporte. La puerta cedió.

Mateo envió a Vera en busca de un guardia y del doctor Beltrán. Si Salcedo estaba herido, cada minuto contaba.

La lámpara se había apagado. Mateo encendió una cerilla y vio una mano en el suelo.

Salcedo yacía entre la mesa y el armario, con el brazo izquierdo bajo el cuerpo. Mateo apoyó primero el bastón, después la rodilla sana, y le tocó el cuello. No encontró pulso. En la parte posterior de la cabeza, el pelo estaba húmedo y oscuro.

Encendió otra cerilla y buscó señales de lucha: una silla caída, un cajón abierto, una plegadera partida. Había barro junto a la puerta trasera. El libro de encargos estaba abierto en la página del registro marrón.

En el suelo, junto al libro, brillaba una moneda de plata. Era más pequeña que la encontrada bajo el reclinatorio y tenía un agujero cerca del borde. Debajo sobresalía una tira de papel colocada con cuidado.

Mateo no la tocó.

Vera regresó con una lámpara y un guardia joven. A la luz pudieron leer las palabras: El segundo calla.

Mateo explicó al guardia qué había tocado y le pidió que nadie pisara junto a la mesa. Vera confirmó su relato.

Mateo examinó el patio desde el umbral. La puertecilla de la calle trasera estaba entornada. Junto a ella, una huella reciente y ancha atravesaba el barro. El tacón derecho dejaba menos profundidad en el borde exterior, como si estuviera gastado.

—Ponga algo delante para que no la pisen —dijo al guardia.

El joven colocó un cubo boca abajo. Mateo señaló una mancha verdosa junto al muro. No parecía sangre. Olía a alcanfor y a hierbas amargas.

—Puede haber caído de un frasco. Que Beltrán la vea.

Dentro del taller, el cajón bajo la imagen de San Cristóbal estaba abierto. El envoltorio verde había desaparecido. En una astilla quedó prendido un hilo negro.

Mateo sacó los dos papeles que guardaba: el hilo de la cubierta y el del alféizar de Isabel. No los acercó al nuevo. Los tres tenían un brillo semejante, pero aquello no bastaba.

El guardia recogió el hilo en un envoltorio separado.

El doctor Beltrán llegó poco después y se arrodilló junto al cadáver.

—Golpe fuerte en la parte posterior. La herida parece demasiado concentrada para una caída. Buscaré una herramienta compatible.

Mateo miró las prensas y martillos. Faltaba una maza pequeña del soporte; quedaba un espacio limpio entre dos herramientas cubiertas de polvo.

—No convirtamos una ausencia en un arma antes de encontrarla —advirtió Beltrán.

Vargas apareció cuando el guardia copiaba el mensaje y recorrió el taller sin quitarse el sombrero.

—Le ordené que se apartara, señor de León.

—Llegué para una cita. Vera y su agente pueden decirle qué toqué.

Vargas contempló la moneda.

—Otro mensaje.

—Y una salida posterior. Huella ancha, tacón derecho gastado. Un posible derrame de un frasco. Falta un paquete envuelto en tela verde.

—¿Cómo sabe lo del paquete?

—La esposa de Salcedo lo vio esconderlo.

Vargas ordenó registrar cada hallazgo por separado y evitó mirar el mensaje por segunda vez.

—El hombre que vigilaba este taller se llama Bermúdez —dijo—. Trabaja para los Valcárcel.

Vargas se quedó inmóvil.

—¿Quién se lo ha dicho?

—Salcedo, esta tarde.

—Necesito algo más que la palabra de un muerto repetida por usted.

—Vera vio salir a un hombre ancho con una cartera. Yo lo vi antes: zapatos pesados, tacón derecho gastado y olor a alcanfor. La huella y la mancha están en el patio.

Vargas abrió el cuaderno y empezó a escribir. Esta vez no dijo que el apellido quedaba fuera de la causa.

* * *

Cuando el guardia se hizo cargo del taller, Mateo volvió a casa de la cuñada. Debía informar a la esposa de Salcedo antes que un vecino.

Isabel abrió la puerta. Al verle la cara, apartó el gancho sin preguntar.

—¿Ha muerto?

Mateo asintió.

Desde la cocina llegó el roce de una silla. La mujer del encuadernador apareció en el corredor, sujetándose a la pared.

—Dígamelo usted —pidió—. Sin rodeos.

Mateo entró y se sentó frente a ella. Explicó que habían encontrado a Manuel en el taller, que el médico no creía que hubiera sufrido y que la policía conservaría el local cerrado. No habló aún de la moneda ni del mensaje.

La viuda escuchó con las manos sobre el regazo. Después preguntó si el paquete seguía detrás de San Cristóbal.

—No —respondió Mateo—. Alguien se lo llevó.

La mujer cerró los ojos.

—Manuel dijo que aquel papel había costado una vida y algún día costaría otra. Creí que exageraba para justificar su secreto.

Isabel acercó una silla y se sentó a su lado, sin tocarla hasta que la mujer buscó su mano.

—¿Mencionó a mi padre? —preguntó.

—Dijo que Montoya dividió una verdad entre varias personas para que nadie pudiera destruirla entera. Manuel guardaba una parte. Un sacerdote guardaba otra. Y un hombre que se marchó de Sevilla sabía dónde estaba la última.

—¿Gonzalo?

—No dijo el nombre.

Mateo sacó su cuaderno.

—¿Habló de seis puertas o de Cádiz?

La viuda abrió los ojos.

—Una vez. Manuel recibió una carta sin firma. La quemó, pero antes escribió dos palabras en el reverso de una factura: “seis puertas”. Dijo que no era asunto de Sevilla.

Isabel y Mateo se miraron. Por primera vez, la nota del Archivo no parecía una simple dirección comercial. Aun así, Herrera y Salcedo habían muerto en Sevilla, y el registro desaparecido seguía allí.

Mateo cerró el cuaderno. Aquella noche debían proteger a la viuda, localizar a Gonzalo y conseguir que Vargas ordenara buscar a Bermúdez antes de que el hombre de la cartera encontrara al siguiente custodio.