A La Sombra de la Giralda Capítulo 7
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Capítulo 7

El encuadernador

Miércoles Santo, al final de la tarde

En el puente de Triana, Isabel se detuvo junto a la barandilla. Una rama avanzaba por el agua y desapareció bajo una barca. Desde la otra orilla llegaban voces de los alfares y los muelles.

Mateo esperó a unos pasos. La pierna necesitaba descanso, aunque prefería que Isabel no atribuyera cada pausa a su cojera. Apoyó el pulgar en el pomo de acero del bastón hasta que cedió el dolor.

—Rafael nos ha dado un nombre y nos ha ocultado varios —dijo ella.

—Sí.

—También conoce a Joaquín Duarte.

—Conoce algo más que la historia publicada.

Isabel lo miró de frente.

—¿Quién era Joaquín para usted?

Mateo observó el agua.

—Un hombre que pidió ayuda. Yo obedecí la orden de esperar.

—¿La orden de Vargas?

—Sí.

—¿Murió?

—Antes de que entráramos.

No añadió la lluvia ni la rodilla de Joaquín en el barro. Aquellos detalles no explicaban nada.

Isabel no le ofreció consuelo. Era una de las cosas que empezaba a apreciar en ella.

—Salcedo encuadernó cinco volúmenes —dijo—. Yo solo conozco cuatro. Es una pregunta concreta.

—Y después podremos hacer otra.

Continuaron el camino.

El barro cubría la calle junto al puente. Ante un alfar, un hombre colocaba cuencos en filas. El olor del río se mezclaba con carbón y comida frita.

El taller de Manuel Salcedo quedaba detrás de los alfares. Isabel reconoció la cola caliente antes de ver al anciano.

Estaba inclinado sobre un bloque de hojas. Tenía el cabello ralo y una tira de cuero alrededor del pulgar izquierdo. Al oír sus nombres levantó la cabeza.

—La niña de Montoya.

—Ya no tan niña.

Salcedo dejó la plegadera y se levantó apoyando las manos en la mesa.

—Se parece a su padre.

—A mi tía no le gusta que lo digan.

—Su padre podía resultar incómodo.

—Eso sí le gusta decirlo.

El anciano casi sonrió. Miró a Mateo y esperó una presentación formal antes de invitarles a sentarse.

Isabel colocó la factura sobre una tabla limpia.

—Necesito que nos explique este quinto encargo.

Salcedo acercó el papel a la ventana.

—El volumen marrón no era un cuaderno. Era un registro antiguo con el lomo abierto y varias hojas sueltas. Su padre quiso conservar los nervios y la piel. No debía notarse que lo habían reparado.

—¿Por qué?

El encuadernador acarició el borde de la factura.

—Mi oficio consiste en hacer preguntas sobre el papel, no sobre las palabras.

—Esta vez tendrá que hacer una excepción —dijo Mateo—. Emilio Herrera fue asesinado anoche.

Salcedo dejó la factura.

—¿Emilio?

—¿Estuvo aquí?

El anciano caminó hasta un armario. Detrás del cristal había libros de encargos, rollos de tela y cajas de tipos. Sacó un volumen y buscó la fecha con la uña.

—El canónigo vino ayer. Quería saber si había conservado algo del trabajo de Montoya.

—¿Qué le respondió?

—Que no.

—¿Era cierto?

Salcedo se quitó las gafas. Bajo sus ojos había pequeñas venas rojas.

—No del todo.

Mostró la entrada correspondiente al registro marrón. Ocho meses antes de la muerte de Montoya, Salcedo había anotado la reparación, el precio y la entrega. Junto al número había un círculo abierto a la derecha.

—¿Quién puso esta marca? —preguntó Isabel.

—Su padre. Dijo que así reconocería el encargo si alguien arrancaba el nombre.

—¿A quién devolvió el libro?

—A él.

—¿Dijo quién era el propietario?

—No. Llegó nervioso, pagó y se lo llevó envuelto en paño.

Isabel señaló una abreviatura en el margen.

—Aquí escribió “G. M.”.

—Gonzalo Montoya —respondió Salcedo—. Vino una vez con su padre. Discutieron sobre si era seguro conservar el registro entero.

Isabel respiró lentamente.

—Gonzalo es hermano de mi madre, no de mi padre. Aun así, trabajaron juntos durante años.

—Su tío quería separar las hojas. Su padre se negó.

Mateo observó al anciano.

—¿Qué conservó usted?

Salcedo pasó el pulgar protegido por cuero sobre la mesa.

—Cuando se rehace un lomo, se retiran las guardas que no sirven. A veces queda adherida una hoja. Puede revelar la edad del papel o el taller donde se fabricó.

—¿Quedó una hoja del registro?

—Una parte. Montoya me pidió que no la destruyera.

—¿Dónde está?

—Aquí no.

Por la calle pasaron dos hombres empujando un carro. Salcedo esperó hasta que dejaron de oírse las ruedas.

—Vuelvan esta noche, cuando estén cerrados los talleres. Les daré lo que guardo.

Mateo se inclinó hacia él.

—Si alguien mató a Herrera para encontrar ese registro, no conviene esperar.

—Mi mujer está con su hermana. Antes debo avisarla de que pase allí la noche.

—Podemos acompañarlo.

—No. Si ella ve llegar a un antiguo agente creerá que he cometido un delito. Se asusta desde que entraron a robar en casa de una vecina.

—Puede traer la hoja a la dirección que le daré.

—La sacaré cuando no haya ojos en la calle. Es mi decisión, señor.

Mateo estuvo a punto de insistir. Miró a Isabel. Ella esperaba, sin pedirle que mandara sobre el anciano.

—Tiene derecho a decidir —dijo al fin—. Pero no vaya solo. Mandaré a alguien a vigilar el taller desde fuera.

Escribió una dirección y añadió el nombre de Andrés Vera. Salcedo tomó el papel.

—Conocí a su padre —dijo de pronto, mirando el bastón—. Reparaba bastones y cajas con cerraduras difíciles.

Mateo sintió el peso del pomo de acero bajo la mano.

—¿Cuándo?

—Hace muchos años. Montoya le encargó una pieza de metal. No sé para qué servía.

—¿Qué pieza?

—Una llave muy estrecha. Su padre dijo que no debía parecer una llave.

Antes de que Mateo pudiera preguntar más, Salcedo negó con la cabeza.

—Eso es todo lo que recuerdo. Esta noche le mostraré la guarda. Quizá allí encuentre algo mejor que la memoria de un viejo.

Al salir, Isabel guardó la factura.

—¿Hacemos lo correcto dejándolo aquí?

Mateo miró la puerta del taller.

—No puedo obligarlo a abandonar a su mujer ni registrar el local. Volveré con ayuda.

—Eso no responde del todo.

—No. Es la única respuesta que tengo.

En la esquina siguiente había un hombre con una cartera de cuero, esperando a que pasara un carro.

Era ancho de hombros, llevaba el cabello corto y tenía barba recortada.

Sus zapatos eran pesados; el tacón derecho estaba gastado por la parte exterior.

Cuando el viento cambió, Mateo percibió un olor leve a alcanfor.

El hombre miró el bastón de Mateo. Un carro se interpuso entre ambos y, cuando la calle quedó libre, había desaparecido.

Mateo regresó al taller. Salcedo seguía junto a la mesa.

—¿Conoce a un hombre ancho, con barba corta, cartera de cuero y zapatos pesados?

El anciano perdió color.

—Muchos hombres responden a esa descripción.

—Este huele a alcanfor y gasta el tacón derecho por fuera.

Salcedo bajó la cabeza.

—Lo he visto hacer recados para los Valcárcel. Creo que se llama Bermúdez. Administra almacenes y cobra deudas.

—¿Estuvo aquí por el registro?

—Vino hace meses. Preguntó quién había reparado un libro de cuentas. Le dije que no conservaba los nombres de todos los clientes.

—Acaba de decirme que sí los conserva.

—Le mentí.

Mateo pidió a Salcedo que cerrara el taller y acudiera con ellos. El encuadernador se negó otra vez, aunque ahora su voz temblaba.

—Mi mujer no puede saber que guardé esa hoja. Antes hablaré con ella.

Escribió una dirección: la casa de su cuñada.

—Si no voy esta noche, pregunte allí por mi mujer. Y no permita que vuelva sola.

Mateo guardó el papel.

—Enviaré a Vera antes de que anochezca. No abra a nadie hasta que él llegue.

Salcedo echó el cerrojo mientras ellos se alejaban.