A La Sombra de la Giralda Capítulo 6
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Capítulo 6

El lado correcto

Miércoles Santo, por la tarde

Antes de salir del Archivo, Isabel pidió a Julián un inventario en el que había trabajado su padre. El joven empleado abrió un armario cerrado con llave y depositó el volumen sobre un atril. No se alejó.

—No puede salir de la sala —advirtió—. Ni siquiera con usted, señorita Montoya.

—Lo sé.

Julián miró a Mateo con desconfianza.

—El señor Montoya dejaba a veces hojas sueltas entre las páginas. Después de su muerte se las entregamos a su hija. En el volumen solo hizo anotaciones a lápiz.

Isabel se inclinó sobre el índice. No hojeó al azar. Recorrió primero las entradas relativas a archivos particulares y separó con tiras de papel las que contenían referencias comerciales. Sus dedos, manchados de tinta, alineaban cada señal con el margen.

—Mi padre usaba tres marcas —explicó—. Una raya significaba que había comprobado el documento original. Dos, que solo había visto una copia. Un punto indicaba una noticia oral que debía confirmar.

—¿Y el círculo? —preguntó Mateo.

—No pertenecía a su método habitual.

Encontró una relación de correspondencia mercantil con La Habana.

En el margen había un círculo abierto a la derecha, con una cruz pequeña en el centro.

Mateo colocó al lado el dibujo de la moneda.

Isabel sacó de su carpeta la copia de un recibo de su padre.

También allí el círculo se abría por la derecha.

—Dos documentos anteriores —dijo—. El mismo signo. El del reclinatorio se abre hacia el lado contrario.

—¿Un error al grabar la moneda?

—Un grabador puede invertir un modelo si no tiene cuidado, pero estas líneas están hechas después de acuñar la pieza. Mire la rebaba del corte. Quien la marcó eligió el lado.

Mateo observó el borde con ayuda de una lupa del Archivo. Isabel no había visto la moneda original, solo su dibujo, pero la dirección de la abertura coincidía con las notas de Montoya.

—Entonces la moneda de Herrera no era una señal correcta —dijo él.

—O era una advertencia que usaba el signo al revés. Todavía no sabemos cuál de las dos cosas.

Las cartas comerciales habían quedado en manos de la familia propietaria. Montoya había anotado una dirección cerca de San Vicente.

—Valcárcel —leyó Mateo.

Isabel miró la puerta por la que había salido Álvaro.

—Don Esteban colecciona documentos antiguos. Pagaba a mi padre por copiarlos y comparar firmas.

—¿Su hijo lo sabía?

—Álvaro estudiaba fuera durante temporadas. Cuando regresaba, se interesaba más por los caballos que por los archivos. Al menos eso parecía.

Julián carraspeó.

—El canónigo Herrera pidió este mismo inventario anteayer. Yo se lo traje.

—¿Cuánto tiempo lo consultó? —preguntó Isabel.

—Casi una hora. Copió la dirección y dos números de registro. Después preguntó si existían mapas de almacenes en Cádiz.

—¿Cádiz? —Mateo acercó su cuaderno.

—Sí. No los encontró. Dijo algo de seis puertas, o seis portones. Creí que buscaba un edificio.

Isabel volvió atrás varias páginas. Junto a una entrada sobre cargamentos de añil encontró una frase casi borrada por el roce: Cádiz: seis puertas. No era una entrada oficial, sino una nota a lápiz de Montoya.

—La letra es de mi padre —dijo—. La ese final se inclina hacia abajo cuando escribe deprisa.

Copió la frase y el número de la página.

—¿Qué significa? —preguntó Mateo.

—Podría ser una dirección de almacén. Podría referirse a seis accesos de una finca. Sin otros documentos, cualquier respuesta sería inventada.

Mateo agradeció la prudencia. Preguntó a Julián si repetiría ante Vargas lo que acababa de contar.

El joven miró los armarios y luego la puerta.

—Si el director lo autoriza.

—No le pregunto por el director. Le pregunto si dirá la verdad.

Julián tragó saliva.

—Sí. La diré.

Isabel cerró el volumen y contó las tiras antes de retirarlas, para asegurarse de no dejar ninguna dentro.

* * *

Rafael los esperaba junto a las cadenas de la Casa Lonja, con el devocionario bajo el brazo. La multitud ocupaba ya las calles por donde pasaría la cofradía.

—Han entrado en casa de Isabel —dijo Mateo—. Se han llevado los cuadernos de Montoya.

El sacerdote se santiguó. Isabel esperó a que terminara.

—Don Emilio le preguntó por unos guardianes. ¿Sabe a qué se refería?

—Hay muchas hermandades en Sevilla.

—No le pregunto por hombres que llevan cirios.

Rafael miró a su alrededor. Un padre tiró de un niño que intentaba subirse a una de las cadenas.

—Aquí no.

Tomás les permitió entrar en el Patio de los Naranjos. Rafael escogió un banco alejado de dos mujeres que conversaban bajo los árboles.

Mateo puso sobre el banco los dibujos de ambos signos.

—Ayer no conocía esta marca. Hoy sé que usted sí. No voy a fingir que no me oculta algo.

—No tuve nada que ver con la muerte de Emilio.

—No se lo he preguntado. ¿Qué significa el círculo?

Rafael tomó el dibujo abierto a la derecha. No tocó el otro.

—Así aparecía en ciertos documentos familiares.

—¿De qué familias? —preguntó Isabel.

—Antiguas. Algunas han perdido el dinero; otras conservan demasiado.

—Eso no responde.

El sacerdote abrió el devocionario sin leerlo.

—Los llamaban custodios. No era una cofradía reconocida. Eran hombres que se prometían ayuda para impedir que determinados asuntos salieran de la familia.

—¿Qué asuntos?

—Herencias. Propiedades. Préstamos.

Se detuvo. Su pulgar buscó la cruz del cuello.

—Y acusaciones —añadió Isabel.

Rafael bajó la voz.

—A veces.

—Mi padre trabajó para esos hombres. Don Emilio buscó sus cuadernos. Ahora está muerto y los cuadernos han desaparecido. Necesito nombres, padre.

—No tengo una lista.

—Pero conoce alguno.

Rafael cerró el libro.

—Valcárcel posee documentos marcados con ese círculo. No sé si él creó el grupo ni cuánto manda ahora. Emilio creía que el registro marrón contenía los nombres de quienes habían recibido protección.

—¿Protección frente a qué? —preguntó Mateo.

—Frente a tribunales, acreedores, escándalos. Cada caso sería distinto.

—¿Y Joaquín Duarte?

El nombre quebró la serenidad del sacerdote. Sus dedos se cerraron sobre el crucifijo.

—¿Por qué lo menciona?

—Porque ha reaccionado dos veces al oírlo.

Rafael miró a Isabel, luego a la fuente.

—No puedo hablar de él aquí.

—¿Era uno de los acusados a quienes protegían? —preguntó ella.

—No.

La respuesta fue inmediata y personal. Rafael respiró hondo.

—Fue uno de los que pagaron por esa protección sin recibirla.

Mateo apoyó la mano sobre el bastón.

—¿Lo conocía?

—He dicho cuanto puedo decir hoy.

Isabel se levantó.

—Esa frase quizá le sirva en el confesionario. A mí no. Si quiere protegernos, diga de quién.

Rafael también se puso en pie, más pálido que antes.

—No vaya sola a casa de Valcárcel.

—¿A cuál de los dos? —preguntó Mateo.

El sacerdote miró el signo invertido.

—Don Esteban lleva el anillo. Álvaro hace preguntas que su padre no tolera. No confunda una cosa con la otra.

—¿Confía en Álvaro? —preguntó Isabel.

—Confío en que tiene miedo. No es lo mismo.

Rafael se alejó hacia la galería. Esta vez su silencio no dejó una amenaza imprecisa. Había señalado a Don Esteban y, al mismo tiempo, había apartado a Álvaro de él sin absolverlo.

Mateo recogió los dibujos.

—Iremos primero a Triana —dijo—. Salcedo puede decirnos qué era el registro.

—Y después hablaremos con mi tío Gonzalo.

—Si conseguimos localizarlo.

Isabel dobló la copia de la nota de Cádiz y la guardó en su carpeta.

—Lo conseguiremos. Mi tía sabe a quién escribe Gonzalo cuando no quiere escribirle a ella.