A La Sombra de la Giralda Capítulo 5
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Capítulo 5

Lo que quedó en la casa

Miércoles Santo, al mediodía

El doctor Luis Beltrán había terminado de examinar el cuerpo de Emilio Herrera. Se quitó las gafas y limpió los cristales con un paño. Lo hacía, según recordó Mateo, cuando alguien esperaba de él una certeza que aún no tenía.

El cadáver seguía en la capilla, cubierto hasta el pecho. Tomás esperaba junto a la reja con el manojo de llaves.

—Este hombre no murió por la caída —dijo Beltrán—. El golpe contra el reclinatorio ocurrió después o cuando ya estaba perdiendo el conocimiento.

El médico examinó el pinchazo de la muñeca y la sangre seca en los labios.

—Pudieron inyectarle alguna sustancia —explicó—. También hay venenos que se administran por la boca. No afirmaré cuál fue el procedimiento hasta saber más.

—¿Qué debo buscar?

—Una aguja, una jeringa pequeña, un frasco. No permita que nadie huela ni pruebe nada.

—¿Hora de la muerte?

Beltrán volvió a ponerse las gafas.

—Quizá entre las dos y las cuatro. No puedo ser más preciso.

Tomás rozó una llave con el pulgar.

—A las dos oí cerrar la puerta del Patio de los Naranjos. A las tres pasó un carro con una rueda suelta. Después no oí nada hasta las cinco.

—¿Herrera tenía llave propia? —preguntó Mateo.

—De la puerta pequeña del archivo capitular. De la capilla, no.

—¿Quién más podía entrar?

Tomás enumeró al deán, dos canónigos, el encargado de las lámparas y él mismo.

Vargas llegó con dos guardias. Había engordado desde que Mateo trabajó a sus órdenes; tenía las sienes blancas y un cuaderno oficial con las esquinas gastadas.

—Señor de León. Ya no trabaja para esta comisaría.

—Lo recuerdo.

—Entrégueme cuanto haya recogido.

Mateo dejó sobre una mesa la moneda envuelta y la tira de papel encontrada bajo el reclinatorio. Pidió un recibo.

Vargas lo miró en silencio.

—Son objetos de una causa oficial.

—Precisamente por eso.

El comisario mandó redactar el documento. Mateo hizo constar el agujero, el círculo abierto por la izquierda y las palabras de la nota. No mencionó los dos hilos recogidos.

Al guardar el recibo sintió desagrado. Desconfiar de Vargas no justificaba su propio silencio.

—El cabildo decidirá quién entra en sus dependencias —dijo Vargas—. Desde ahora no tiene nada que hacer aquí.

—Herrera entregó una carta antes de morir.

—El padre Rafael ya ha informado de ello.

El sacerdote esperaba junto a la puerta.

Era alto y demasiado delgado para la sotana que vestía.

Sostenía contra el pecho un pequeño devocionario de cuero.

Al oír el apellido Duarte, pronunciado en voz baja por uno de los guardias que revisaba las notas antiguas de Mateo, los dedos de Rafael buscaron el crucifijo de su cuello.

Vargas se volvió hacia el guardia.

—Ese nombre no pertenece a esta causa.

Mateo sintió que el aire de la capilla se volvía más frío.

Joaquín Duarte había tenido veintiséis años, trabajaba como escribiente de aduanas y sonreía cuando estaba nervioso.

Nueve años atrás, bajo la lluvia, se había arrodillado en un patio y había pedido que lo sacaran de allí.

Mateo recibió la orden de esperar. Cuando entraron, Joaquín ya no podía hablar.

—Registre la habitación de Herrera —dijo Mateo a Vargas—. Si buscaba documentos, tal vez dejó una copia.

—No me da órdenes.

—No. Le ahorro una omisión.

Vargas apretó el lápiz y miró la sábana que cubría al canónigo.

—Serrano, solicite al cabildo acceso a las habitaciones —ordenó al guardia—. Que nadie entre hasta que lleguemos.

Mateo se marchó sin reclamar la victoria.

En la plaza tuvo que apoyar la espalda contra un muro.

El dolor de la pierna era soportable; lo que le faltaba era aire.

Vio otra vez el patio de nueve años atrás, el agua corriendo por los canalones y la mano de Joaquín aferrada a una chaqueta que nadie llevaba ya.

Rafael salió tras él.

—No debió nombrarlo aquí —dijo en voz baja.

—Yo no lo he nombrado.

—Pero ha pensado en él.

Mateo levantó la vista. El sacerdote sujetaba el crucifijo con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos.

—¿Lo conoció?

Rafael soltó la cruz.

—Conocí lo que se dijo de él.

—No es lo mismo.

—No, señor de León. No lo es.

Antes de que Mateo pudiera detenerlo, Rafael regresó a la catedral.

* * *

Por la tarde, Isabel llegó al Archivo con un sobre de papel grueso. La sala olía a cuero y humedad.

—Guardé esto en casa de una prima después de morir mi padre —explicó—. Son cartas dirigidas a mi madre. No quería que mi tía las leyera.

Mateo no preguntó por qué. Ella ordenó las hojas por fecha. La mayoría hablaba de gastos, una enfermedad y una disputa con el casero.

Entre las cartas apareció una factura de un encuadernador. Isabel la sostuvo por los bordes y la acercó a la luz.

—Aquí está.

La factura enumeraba cuatro cuadernos de tela gris y un quinto volumen encuadernado en piel marrón. Al pie figuraba el nombre del artesano: Manuel Salcedo, Triana.

—Usted anotó cuatro —dijo Mateo.

—Solo he visto cuatro. El quinto no estaba en el escondite cuando ordené los papeles de padre.

En otra carta, su padre decía que Salcedo trabajaba con esmero, aunque administraba mal el dinero.

—Lo conocí de niña. Venía con libros y olía a cola caliente. Me enseñó a reconocer la fibra del papel.

—¿Confiaba en él?

—Lo suficiente para encargarle algo que no quería que pareciera nuevo.

Isabel observó la descripción del quinto volumen.

—Piel marrón, nervios antiguos conservados, guardas rehechas. No era un cuaderno. Reparó un libro viejo.

—¿Un registro?

—Quizá. Tendremos que preguntárselo.

Una sombra se extendió sobre la mesa. A su lado había un hombre que mantenía el brazo derecho separado del cuerpo. Mateo reconoció la costura del guante y el cabello oscuro peinado hacia atrás.

—Isabel —saludó el recién llegado.

Ella cubrió las cartas con la carpeta.

—Álvaro. Este es el señor de León.

—Sé quién es.

Álvaro Valcárcel ofreció la mano izquierda. Su sonrisa era correcta, pero miró primero el bastón de Mateo y después las cartas.

—Perdone. Me he cortado la mano.

—¿Con qué?

—Un cristal del coche. Se quebró al cerrar la portezuela.

Añadió la explicación sin que Mateo se la pidiera. Isabel señaló una silla, pero Álvaro no se sentó.

—La tía Mercedes me ha dicho que te encontraría aquí —continuó—. Mi padre ya ha hablado con el comisario. Mandará reparar la puerta y puede poner a un hombre en la casa durante unos días.

—El carpintero ya ha ido. No necesitamos un vigilante de tu padre.

Álvaro pareció herido por la frialdad, no sorprendido.

—De niños no te importaba que mi padre enviara el coche cuando llovía.

—De niños tú arrojabas mis cintas al estanque y yo creía que aquello era una conversación.

Por primera vez, Mateo vio una sonrisa auténtica en Álvaro.

—Te devolví todas menos una.

—La más cara.

Era una antigua familiaridad, no una intimidad presente. Isabel cubrió la factura.

—Tenemos trabajo.

Álvaro preguntó por los cuadernos desaparecidos.

—¿Quién le ha dicho que faltan? —intervino Mateo.

El joven lo miró.

—Mercedes. Me pidió ayuda para la puerta.

Era posible. También lo era que supiera más. En el índice izquierdo tenía una mancha de tinta oscura. Mateo señaló el guante derecho.

—¿Le ha visto un médico?

—No es necesario. Fue un corte superficial.

—Entonces tendrá suerte.

Álvaro retiró la mano hacia el pecho. Dejó una tarjeta sobre la mesa y volvió a dirigirse a Isabel.

—Puedo llevarla a casa.

El uso de usted, después del recuerdo infantil, marcó la distancia que Isabel acababa de pedirle.

—Vamos a Triana —respondió ella.

Mateo aún no había decidido si debía acompañarlo. Isabel ya había tomado la decisión. Guardó las cartas, comprobó dos veces el cierre de la carpeta y se levantó.

Álvaro miró hacia la puerta de la sala.

—Tenga cuidado con lo que busca —dijo—. Algunos papeles perjudican también a quienes los encuentran.

—¿Es un consejo suyo o de su padre? —preguntó Isabel.

—Mío.

Se marchó sin despedirse de Mateo.