Capítulo 4
Una ciudad de rodillas
Miércoles Santo, por la mañana
Doña Mercedes regresó con una bolsa de papel que contenía dos tortas de aceite todavía calientes. Entró hablando del gentío que se reunía junto a San Nicolás, pero se detuvo al ver la madera astillada junto a la cerradura.
Isabel la esperaba en el zaguán. Tenía los dedos manchados de tinta y mantenía las manos unidas para que no le temblasen.
—Tía, han entrado en el despacho de padre.
Mercedes dejó la bolsa sobre la mesa. No corrió hacia la habitación ni preguntó por los objetos de valor. Primero examinó la cerradura, luego miró el corredor y por último se volvió hacia Mateo.
—¿Han amenazado a mi sobrina?
—Todavía no lo sabemos —respondió él—. No parece un robo corriente. Hoy no debería quedarse sola.
—No se quedará sola.
Mercedes acercó una silla con el pie.
—Siéntese, señor de León. Se apoya demasiado en ese bastón y lleva cara de no haber desayunado.
Mateo obedeció. El dolor le subía desde la cadera cada vez que apoyaba el pie derecho. Isabel le sirvió agua y llevó al zaguán una hoja limpia, una pluma y el tintero. Alineó el papel con el borde de la mesa antes de escribir.
—Faltan cuatro cuadernos —dijo—. Todos estaban encuadernados en tela gris. Mi padre marcó los lomos con un cuchillo sin filo: una, dos, tres y cuatro rayas.
Mateo observó cómo dibujaba las marcas.
—¿Cuándo los vio por última vez?
—Ayer por la tarde. Don Emilio quería saber si había una copia concreta en el tercero. Lo comprobé al volver del Archivo.
—¿Qué copia?
—Un inventario de propiedades. Tierras, casas, almacenes. No estaba allí.
Mercedes puso una mano sobre el papel.
—No tienes que contárselo todo a cualquiera que pueda repetirlo. La gente habla. Tu padre a veces lo olvidaba.
—Lleva seis meses muerto y alguien ha venido a buscar sus papeles. Callar no ha servido.
—Su padre trabajaba para familias importantes —explicó a Mateo—. Copiaba documentos, ordenaba archivos, encontraba papeles que otros daban por perdidos. A veces traía preocupaciones que no cabían en esta casa.
—¿Don Esteban Valcárcel era uno de sus clientes?
La pregunta hizo que Isabel dejara la pluma.
Mercedes tardó un instante en contestar.
—Sí. También ayudó a mi marido cuando enfermó.
—¿De qué manera?
—Mi hermano Antonio llevaba las cuentas de un almacén de aceite. Al enfermar de los pulmones perdió el empleo. Don Esteban pagó al médico y consiguió que conservara una pequeña renta hasta su muerte. No fue un secreto ni una deuda vergonzosa.
—No he dicho que lo fuera.
—Pero quería saber por qué conservo su tarjeta.
Mercedes señaló una bandeja junto al espejo. Entre dos recibos había una tarjeta con letras negras y el nombre de Esteban Valcárcel.
—Y ya lo sabe.
Mateo agradeció la respuesta y pidió permiso para examinar el patio.
Una rama del naranjo alcanzaba el muro de la casa vecina. La tierra seguía húmeda y un rastro tenue de barro llegaba hasta el corredor. Para un hombre joven no habría sido difícil bajar por allí. Debajo de una maceta de romero, Mateo encontró un hilo negro, corto y retorcido.
Lo envolvió en un papel limpio. No lo juntó con el hilo hallado en la cubierta de la catedral. Si pertenecían a la misma costura, un tejedor o un sastre podría decirlo; si no, convenía que no se contaminaran entre sí.
La puerta trasera seguía cerrada con el cerrojo por dentro.
—Entró por el patio y salió por la puerta principal —dijo cuando regresó—, o alguien le abrió.
—Nadie le abrió —respondió Isabel.
—¿Está segura?
—Anoche dormimos las dos arriba. Habríamos oído la puerta.
Mercedes dejó escapar un breve resoplido.
—Yo no oigo como antes. Y tú duermes con un libro en la cama hasta que se apaga la vela.
Isabel iba a protestar, pero Mateo levantó la mano.
—¿Falta algo más? ¿Dinero, joyas, correspondencia?
—No —dijo Mercedes—. La caja con los ahorros estaba en el armario. Ni siquiera la tocaron.
Aquello confirmaba que el intruso sabía lo que buscaba.
Mercedes tomó la tarjeta de Don Esteban.
—Mandaré a un criado a su casa. Se encargará de que pongan una puerta nueva.
—No necesito otra puerta —dijo Isabel—. Necesito los cuadernos.
—Necesitas ambas cosas.
Mercedes no hablaba por miedo a la oscuridad, comprendió Mateo, sino por experiencia. Conocía el valor de una cerradura, un apellido respetado y tres vecinas pendientes de una ventana. Era la clase de defensa que una mujer podía organizar sin recurrir a un comisario.
—Iremos a casa de doña Carmen —decidió—. Siempre hay gente en su cocina. Nadie entrará allí sin ser visto.
Mientras recogía un mantón, Isabel hizo una última anotación: cuatro cuadernos grises; contenido desigual; encargo de Montoya. Debajo dejó un espacio.
—¿Por qué deja esa línea en blanco? —preguntó Mateo.
—Mi padre ocultaba cosas, pero no improvisaba. Si había cuatro cuadernos, debía de existir un registro que explicara qué contenía cada uno.
—¿Quién podría saberlo?
Isabel pensó antes de responder.
—Mi tío Gonzalo quizá. Es hermano de mi madre. Fue escribiente en el juzgado y ayudó a padre en algunos inventarios. Vive cerca de Carmona desde que se retiró.
—¿Se ven a menudo?
—No. Después de la muerte de padre discutieron por unos documentos. Gonzalo tiene el brazo izquierdo rígido desde una caída y un carácter todavía más rígido. Mi tía le escribe por Navidad; él contesta cuando quiere.
Mercedes apareció con el mantón ya puesto.
—Gonzalo no sabe tratar con los vivos —dijo—. Con los legajos se entendía mejor.
Mateo anotó el nombre sin añadir otro comentario.
* * *
La ciudad parecía haberse arrodillado para preparar la Semana Santa. Ante San Nicolás, dos hombres transportaban un candelabro hacia el interior. Un niño quiso ayudar y sostuvo la puerta con los brazos por encima de la cabeza.
Isabel se detuvo un momento ante la iglesia.
—Mi padre me bautizó aquí —dijo.
—¿Sigue viniendo a misa?
—Sí. ¿Es importante para lo ocurrido?
—No. Quería saberlo.
Ella lo estudió con una pregunta en los ojos, pero no insistió. De la iglesia salía olor a piedra mojada y cera. Mateo recordó las manos de su madre frotándole las uñas antes de misa. De niño siempre volvía a ensuciárselas en el taller de su padre, entre virutas de madera y limaduras de metal.
En casa de doña Carmen había tres vecinas. Allí cualquier desconocido sería descrito antes de llegar a la esquina.
Mateo pidió a Isabel que se reuniera con él por la tarde en el Archivo de la Casa Lonja.
—Lleve cualquier carta o recibo que relacione a su padre con esos cuadernos. Guarde los originales en una carpeta y no se separe de ella.
Mercedes ofreció a Mateo una de las tortas. Él la aceptó y se marchó antes de que las vecinas empezaran a preguntarle por la catedral.
Un carro cargado de vigas bloqueaba la calle. Un joven bien vestido entregó una moneda al carretero para que apartara una mula. Era alto y delgado, con el cabello oscuro peinado hacia atrás y el brazo derecho separado del cuerpo.
Mateo reparó en sus guantes. El derecho tenía una costura lateral recién reparada. Al sacar la moneda, el joven hizo una mueca.
—¡Señor Álvaro! —lo llamó alguien desde un portal—. Don Esteban ya lo espera.
El joven inclinó la cabeza y pasó por el hueco entre el carro y la pared. Mateo solo alcanzó a verle de perfil: nariz recta, bigote muy fino y una mancha oscura cerca del puño derecho.
Escribió: Álvaro Valcárcel. Guante derecho reparado. Dolor o herida en la mano. No lo convertía en el hombre del tejado, pero el apellido coincidía con la tarjeta de Mercedes y los papeles de Montoya.
Mateo cerró el cuaderno. Antes de sacar conclusiones necesitaba saber qué había buscado Herrera, quién conocía los cuadernos y por qué alguien había invertido el signo del círculo.