Capítulo 3
La mano del escribano
Miércoles Santo, por la mañana
Cuando Mateo regresó a la nave lateral, el guardia más joven estaba junto a la salida.
Habían cerrado el acceso a la capilla. Un médico del barrio esperaba al lado de Tomás a que le trajeran otra lámpara.
Mateo le mostró el pinchazo y le pidió que no soltara la cuerda antes de examinar el cuerpo.
El médico respondió secamente que conocía su trabajo.
Los guardias no habían detenido a nadie.
El mayor, sin embargo, había visto salir a un hombre con una cartera de cuero por la puerta norte antes de que cerraran los accesos.
No sabía su nombre. Mateo anotó la descripción y pidió a Tomás que hiciera una lista de los objetos que Herrera había llevado la víspera.
Solo entonces salió de la iglesia con Rafael.
En la plaza, los vendedores esperaban clientes.
Los primeros rayos de sol alcanzaban la parte alta de la Giralda.
Rafael caminó a su lado sin decir palabra. Se detuvo en una esquina de la Casa Lonja.
—Así que cree que uno de nosotros mató a don Emilio.
Mateo miró las palomas que se apiñaban junto a un charco.
—Creo que el hombre del tejado no estaba solo.
—Eso no es una respuesta.
—Por ahora no puedo decir más.
Rafael se pasó el pulgar por los labios. Aún quedaba polvo de cal en los pliegues de la sotana.
—Si sospecha de todos los clérigos de la catedral, se ganará muchos enemigos.
—Entonces ayúdeme a hacer las preguntas adecuadas.
El sacerdote torció la boca. Por un instante casi pareció divertido. Luego el miedo regresó a su rostro.
Mateo sacó del bolsillo la hoja de naranjo. Ya había empezado a ablandarse.
—Podría proceder del Patio de los Naranjos. O de cualquier otro patio. No sabemos de dónde vino ese hombre. Me interesa más quién conocía la carta de Herrera.
—¿Qué piensa hacer ahora?
—Averiguar qué descubrió Herrera.
Rafael miró hacia la antigua Casa Lonja, sede del Archivo General de Indias. Mateo llevaba años sin subir aquellos peldaños. Antes había esperado allí más de una vez a que un escribiente lo atendiera, mientras sus compañeros buscaban testigos en la calle.
—Emilio trabajó allí durante las últimas semanas —dijo Rafael—. Siempre por la tarde. Hablaba de un registro relacionado con antiguos documentos comerciales.
—¿Y me lo dice ahora?
—No me dijo cuál.
Mateo se acercó un paso.
—Me obliga a preguntarle cada detalle. Así pierdo tiempo. ¿Qué más sabe?
Rafael sostuvo su mirada, pero cerró la mano derecha sobre la pequeña cruz que llevaba al pecho.
—Vaya al Archivo. Pregunte por Isabel Montoya.
—¿Quién es?
—La hija de un archivero fallecido.
—¿Trabaja allí?
—Ayuda a comparar documentos con las copias de su padre. Emilio había conseguido que la dejaran entrar.
Rafael soltó la cruz.
—Pregúntele a ella. Sabrá explicarle mejor qué buscaba.
• • •
La Casa Lonja seguía cerrada. Rafael volvió a la catedral para hablar con el médico.
Mateo esperó en un peldaño y comió el pan que se había guardado para la mañana.
Cuando llegaron los empleados, se incorporó despacio.
Después de la persecución, la pierna derecha se le había quedado rígida.
Cada paso le tiraba desde la cadera hasta el tobillo.
Ante la entrada aguardaban dos escribientes con carpetas de cuero. Uno de ellos reconoció a Mateo. Bajó la vista después de haberlo observado un instante de más.
Mateo conocía aquella forma de reconocimiento. La gente no recordaba su rostro, sino la historia que se contaba sobre él.
Dentro olía a polvo, cuero y tinta. Los pasos resonaban sobre las baldosas. Un empleado condujo a Mateo entre armarios cerrados. Por una puerta abierta vio a un escribiente atando un legajo y tensando los cordeles uno a uno.
Un empleado joven condujo a Mateo a una sala de consulta.
Junto a una ventana había una mujer de unos veintiocho años, vestida de verde oscuro.
Tenía abiertos tres volúmenes, sujetos con pequeños saquitos de arena.
Llevaba el cabello castaño recogido en la nuca; un mechón suelto le rozaba la mejilla.
No llevaba joyas, salvo un alfiler sencillo en el cuello.
Los dedos estaban manchados de tinta y bajo el pulgar izquierdo se distinguía una cicatriz fina.
Comparaba dos asientos y hacía una anotación breve en su propia hoja.
El empleado carraspeó.
—Señorita Montoya, este caballero pregunta por usted.
La mujer terminó la línea, secó la tinta con arena y alineó los bordes de las hojas antes de alzar la cabeza.
—Mateo de León —dijo.
Mateo se detuvo frente a la mesa.
—No nos conocemos.
—No he dicho que nos conozcamos.
El empleado contuvo una sonrisa. Isabel lo advirtió.
—Gracias, Julián. Puede dejarnos solos.
Cuando el joven se marchó, Isabel señaló la silla de enfrente. Mateo no se sentó.
—Me envía el padre Rafael.
—¿Por Emilio Herrera?
Aquello captó toda su atención.
—¿Por qué dice eso?
Isabel cerró el más pequeño de los volúmenes.
—Ayer quería hablar con Rafael. Después debía traerme noticias. No vino.
—El canónigo Emilio Herrera ha sido encontrado esta mañana en la catedral.
El color abandonó el rostro de Isabel. Su mano permaneció sobre la cubierta.
—¿Muerto?
—Lo conocía.
—Era amigo de mi padre.
Isabel miró hacia la ventana. Un carruaje atravesaba la plaza.
Emilio no era para ella únicamente un canónigo que consultaba legajos.
Había llevado caldo a su casa durante la última enfermedad de su padre y, después del entierro, consiguió que el director del Archivo le permitiera terminar las comparaciones que ambos habían iniciado.
La noticia de su muerte le alcanzaba, por tanto, dos veces.
—¿Cuándo?
—Tomás lo encontró cuando dieron las cinco. Todavía no sabemos cuándo murió.
—Y Rafael lo envía a verme.
—Dice que Herrera buscaba aquí un registro.
Isabel cerró el volumen con cuidado. Al volver a mirarlo aún tenía los ojos húmedos, pero la voz ya no le temblaba.
—¿Emilio llevaba algo encima?
Mateo no sacó del bolsillo la vieja moneda de plata.
—¿Qué esperaba encontrar?
—Pregunto porque echo algo en falta.
—¿Qué clase de objeto?
Durante un instante se examinaron. Mateo vio las manchas de tinta en sus dedos y una cicatriz fina bajo el pulgar izquierdo. Isabel probablemente vio más.
—Una moneda —dijo después de pensarlo—. Antigua. Muy gastada.
Isabel se recostó en la silla.
—¿De plata?
—Sí.
—¿Con un agujero cerca del borde?
Mateo se sentó.
Isabel dejó escapar el aire lentamente.
—Mi padre tenía una moneda así.
—¿Dónde está?
—Desapareció después de que muriera, hace seis meses. Entonces pensé que se la habría dado a alguien.
—Enséñeme sus papeles.
—No.
Respondió con tanta calma que Mateo tardó un instante en comprender que hablaba en serio.
—Han asesinado a un hombre.
—¿Y por eso debo entregar los escritos privados de mi padre a un antiguo agente que ya no pertenece a la policía?
—Sabe quién soy.
—Se conoce su nombre. Unos dicen que dejó morir a un inocente. Otros, que protegió al verdadero culpable.
La mano de Mateo se inmovilizó sobre la empuñadura del bastón.
Isabel bajó la vista hacia ella.
—¿Cuál de las dos historias es cierta?
—No hablo de eso con personas a las que acabo de conocer.
—Entonces quizá entienda por qué no le entrego sin más los cuadernos de mi padre.
Isabel dejó la mano sobre el volumen cerrado.
Mateo se puso en pie. El dolor de la pierna lo ayudó a moverse despacio.
—Herrera conocía la moneda. Ahora está muerto. Si los apuntes de su padre guardan relación con ella, quien mató a Herrera irá a buscarlos.
La pluma de Isabel quedó suspendida sobre el papel.
—Cierre bien sus puertas —dijo Mateo—. Y piense en quién confía. Que Rafael envíe a alguien no basta.
—¿Incluido usted?
—No me conoce. Infórmese antes de darme nada.
Casi había llegado a la salida cuando Isabel habló a su espalda.
—Espere.
Mateo se volvió.
Ella sacó una hoja estrecha de la parte posterior del volumen. Había un símbolo dibujado a lápiz: una cruz dentro de un círculo abierto a la derecha.
Mateo sacó su cuaderno. El signo se parecía a la marca de la parte delantera del reclinatorio, pero aquella se abría a la izquierda. Colocó su dibujo junto a la hoja de Isabel.
—No son exactamente iguales.
—¿De dónde lo ha sacado?
—Mi padre lo dibujó tres días antes de morir.
—¿Qué significa?
—Creí que era una marca de mercader, de las que se usaban para señalar cajones. Pero no aparece en ninguno de los registros que he revisado. —Isabel acercó la hoja—. Emilio vino a verme anteayer. Quería saber si mi padre me había hablado alguna vez de los guardianes.
—¿Qué guardianes?
—No lo dijo. Cuando le pregunté, aseguró que se había equivocado de palabra.
Mateo tomó la hoja por un borde.
—¿Y usted le creyó?
—No.
Mateo acercó de nuevo los dos dibujos. Isabel también había advertido la diferencia. Miró primero el círculo y después a él. Mateo esperó, en lugar de quitarle la hoja de la mano.
—Los papeles no están aquí —dijo Isabel—. Mi padre guardaba sus cuadernos privados en casa.
—Entonces iremos allí.
—¿Iremos?
—Usted puede mostrarme el camino. Yo puedo averiguar si alguien llegó antes.
Isabel se levantó y cerró los libros.
—No necesito a un hombre que me abra la puerta.
—Bien. Ábrala usted. Yo miraré la cerradura.
Isabel sonrió apenas y guardó las hojas antes de ponerse en pie.
• • •
Isabel vivía con su tía Mercedes en una calle estrecha detrás de la iglesia de San Nicolás.
Se había instalado allí para cuidar a su padre, Antonio Montoya, durante sus últimos meses y se había quedado después de su muerte.
Montoya había sido copista y auxiliar de archivo; durante años comparó inventarios, testamentos y registros comerciales para notarios que rara vez reconocían su trabajo.
Isabel aprendió a descifrar sus abreviaturas antes de cumplir los quince.
El único pariente que conocía bien aquella investigación era Gonzalo Montoya, hermano menor de su madre y antiguo escribiente de un juzgado.
Vivía al otro lado de la ciudad. Desde el entierro había visitado la casa una sola vez y se marchó después de discutir con Mercedes sobre los papeles.
Isabel no explicó a Mateo la causa. Dijo tan solo que Gonzalo tenía miedo de los nombres que su cuñado había reunido.
El camino atravesaba Santa Cruz, entre paredes encaladas y patios donde el agua rebosaba sobre cuencos de cerámica. Sevilla ya estaba despierta. Los vendedores pregonaban sus precios, un afilador hacía girar la rueda y dos mujeres discutían ante una tahona sobre quién había llegado primero.
Isabel caminaba deprisa. Mateo tuvo que esforzarse para que no reparase en su cojera. Al doblar la segunda esquina, ella aminoró el paso sin mirarlo.
Le alivió que ella no dijera nada, aunque le molestaba necesitar aquella consideración.
Isabel se detuvo ante la casa. La puerta estaba cerrada. En un alféizar había una maceta de romero. Detrás de la reja de una ventana de la planta baja colgaba una jaula pequeña. El canario no cantaba.
Isabel llevó la mano a la llave.
—No —dijo Mateo.
Ella se quedó quieta.
—Dice esa palabra con mucha frecuencia.
—Déjeme mirar primero la cerradura.
Bajo la cerradura había una raya clara en la madera oscura. Mateo se arrodilló con esfuerzo. En el ojo de la llave encontró una viruta diminuta de latón.
—Alguien la ha abierto.
—Quizá mi tía.
—¿Utiliza ganzúa su tía?
Isabel guardó silencio.
Mateo desenroscó la empuñadura del bastón. A ella iba unida una hoja estrecha de acero, oculta hasta entonces en la parte superior y hueca del fuste. Isabel retrocedió un paso.
—Tiene costumbres curiosas para un hombre que ya no investiga.
—Quédese aquí, por favor. Voy a comprobar si hay alguien dentro.
Empujó la puerta, que no estaba cerrada con llave, con el extremo del fuste y escuchó. No oyó nada.
—¿Dónde está su tía?
Isabel miró la casa de al lado.
—En misa. Después iba a ver a doña Carmen.
La voz le temblaba. Mateo le pidió que preguntara a la vecina mientras él entraba en el zaguán.
No había nada volcado. En la pared colgaba una imagen enmarcada de la Virgen de los Reyes.
Debajo había un cuenco con flores de azahar secas.
Mateo miró primero en la cocina y luego en las dos habitaciones pequeñas.
No había nadie. Desde el patio abierto podía ver la parte posterior de la casa. Tampoco allí se movía nada.
Isabel regresó.
—Carmen la ha visto hace un cuarto de hora. Volverá pronto.
Mateo introdujo de nuevo la hoja en el bastón.
—Enséñeme el despacho.
La puerta al final del corredor estaba entreabierta.
En el cuarto, los cajones permanecían cerrados, los libros bien alineados y la silla recogida bajo la mesa. Mateo se acercó a la ventana. El pestillo estaba intacto.
—Parece que están todos los libros —dijo Isabel.
—¿Y los apuntes?
—No los dejé aquí a la vista. Los escondí.
Se arrodilló frente a un pequeño altar doméstico. Detrás de un panel de madera soltó dos pasadores. La tabla cedió. El hueco estaba vacío.
Isabel se quedó mirándolo.
En el fondo solo había una nota doblada.
Mateo recogió la nota con el pañuelo. En el exterior estaba escrito el nombre de Isabel. En el pliegue inferior había una mancha oscura y reciente que aún brillaba ligeramente. Se la mostró antes de abrir el papel.
—Mi padre escribió mi nombre —dijo ella—. Pero no conozco esta nota.
—¿Está segura?
—La he copiado durante media vida.
Mateo le entregó la nota.
Isabel la abrió. Mientras leía, perdió el color del rostro.
—¿Qué dice?
Ella no contestó. Mateo no intentó quitársela. Al cabo de un momento, Isabel se la dio por voluntad propia.
En la hoja figuraban seis apellidos: Salcedo, Rivas, Montalbán, Cárdenas, Duarte y León.
Junto a los tres primeros alguien había puesto una cruz pequeña.
Al lado de Rivas aparecía también una fecha desvaída: 1811.
Sobre la lista estaba dibujado el círculo abierto a la derecha que Isabel había llevado al Archivo.
Isabel pasó el dedo por debajo de los nombres sin tocar la tinta.
—Salcedo era amigo de mi padre —dijo—. Manuel Salcedo, el encuadernador. A Rivas y a Montalbán los he visto en inventarios del siglo pasado. Cárdenas y Duarte aparecen en algunos pleitos, pero aún no sé si se trata de las mismas familias.
—¿Y León?
Isabel levantó la mirada hacia él.
—Nunca lo había visto en sus notas.
Mateo conocía a muchos León en Sevilla, pero ninguno relacionado con el Archivo.
Su padre había sido tallista de piedra y madera, no comerciante ni escribano.
Aun así, las seis muescas casi borradas que rodeaban el pomo de acero del bastón le parecieron de pronto menos casuales.
Pasó el pulgar sobre ellas y apartó la mano.
Debajo, alguien había repetido un apellido con tinta más oscura. La letra era más inclinada que la de las demás líneas. Isabel negó con la cabeza.
—Esa línea no la escribió mi padre.
León.
Mateo lo leyó dos veces.
Mateo observó la tinta reciente del pliegue. Quien se había llevado los cuadernos había dejado aquella nota. Y había querido que Mateo encontrara su propio apellido en ella.