Capítulo 2
Sobre los tejados de Dios
Miércoles Santo, al amanecer
Al final de la escalera encontraron la puerta que acababa de cerrarse.
Mateo oyó el roce de un cerrojo contra el metal.
Subió los últimos peldaños más deprisa de lo que le permitía la pierna y alcanzó el estrecho rellano con un dolor ardiente en la cadera.
La puerta era de madera oscura, pulida por siglos de manos.
En el lugar donde debería haber habido un tirador solo encontró una placa de hierro.
El padre Rafael llegó detrás de él, respirando con dificultad.
—¿Hay otro camino para subir? —Mateo apoyó la palma contra la madera.
El sacerdote tardó en responder. Miró el muro y después la escalera.
—Padre.
—Desde la sacristía parte otro acceso a las cubiertas.
—¿Cuánto se tarda en llegar?
—Cinco minutos. Tal vez más.
Mateo golpeó la placa con la empuñadura del bastón.
—Para entonces ya se habrá ido.
Rafael sacó un manojo de llaves. Ninguna encajaba.
—Conoce los pasadizos, pero no las cerraduras —observó Mateo.
—No se confían todas las llaves de la catedral a un sacerdote joven.
—¿Pero sí todos los caminos secretos?
Rafael se detuvo.
—Si ya me ha condenado, dígalo abiertamente.
Mateo examinó las bisagras.
—Pregunto porque por aquí no podemos pasar.
Introdujo la punta del bastón entre la hoja y el marco. La madera crujió. Era de endrino, con refuerzos de acero en los extremos. Mateo lo había encargado después de que lo hirieran. Si tenía que apoyarse en él, al menos debía resistir.
Al segundo intento, el cerrojo saltó de su alojamiento.
La puerta daba a un corredor apenas más ancho que sus hombros. Había polvo sobre los ladrillos. El aire olía a cal seca, excrementos de paloma y al humo lejano de la ciudad que despertaba.
—Quédese detrás de mí —dijo Mateo.
—Apenas puede apoyar el pie.
Mateo miró por encima del hombro.
—Entonces no le costará quedarse detrás.
El corredor ascendía entre muros de ladrillo desnudo. Por una junta reparada entraba aire frío. En algunos puntos el techo descendía tanto que Mateo tenía que agacharse; al hacerlo, la empuñadura del bastón rozaba el muro.
Delante de ellos, una sombra cruzó una franja de luz.
Mateo aceleró. En la oscuridad perdía de vista a la figura. Cuando esta pasaba frente a una abertura volvía a distinguir la tela negra y podía seguir su dirección.
Al final del corredor había una puerta abierta. Detrás, un paso de mantenimiento en pendiente conducía a las partes más altas de la cubierta. Mateo se detuvo de golpe; Rafael casi chocó con él.
—Dijo que la escalera terminaba en las dependencias de la cubierta.
—Y así es.
Rafael señaló el paso ascendente.
—Desde ahí se llega a las cubiertas superiores, junto a la Giralda.
—¿Sin llave?
Rafael contempló la puerta.
—No.
Mateo se agachó. En el polvo se distinguía una suela estrecha. Junto a ella aparecía la huella de un zapato más ancho, con el tacón gastado por fuera.
—¿Dos hombres? —preguntó Rafael.
—Dos tipos de calzado —corrigió Mateo. La huella ancha es más antigua. La estrecha acaba de hacerse.
De la arista de hierro colgaba un hilo negro. Mateo lo retiró con el pañuelo. Era seda fina, distinta de la lana basta de la túnica de un nazareno.
—¿De la ropa? —preguntó Rafael.
—Tal vez. O de un guante.
Sobre el metal brillaba una gota diminuta de sangre.
Mateo alzó la mirada hacia el paso ascendente.
—Nuestro hombre se ha herido.
Siguieron el rastro hacia arriba. Por las aberturas entre los elementos de la cubierta distinguieron los primeros tejados de la ciudad. El paso acabó llevándolos al aire libre.
La ciudad salía de la noche. Al este, el cielo se teñía de gris y rosa sobre los tejados.
El humo ascendía de las chimeneas. En un patio arrastraban cubos sobre la piedra; una mula golpeaba el arnés y, desde el río, llegaba la voz grave de un hombre que buscaba carga para la mañana.
Triana seguía envuelta en neblina. El Guadalquivir no era más que una cinta oscura.
Mateo conocía Sevilla desde niño. Aun así, vista desde arriba, la ciudad siempre lo sorprendía. Abajo, los muros, los títulos y el dinero separaban a las personas. Desde allí, palacios, corrales, conventos y talleres quedaban bajo la misma luz pálida.
El borde de una prenda negra desapareció tras el siguiente recodo.
—¡Deténgase! —gritó Rafael.
La figura siguió corriendo.
Mateo se apoyó contra el muro. El dolor era ahora agudo. Por un instante no oyó las campanas, sino un disparo de nueve años atrás. Un patio bajo la lluvia. Un joven de rodillas, con el barro pegado a las mangas, que había gritado que se llamaba Joaquín. Vargas ordenándole esperar.
Mateo había esperado.
Aquella vez no lo haría.
—Joaquín —murmuró sin darse cuenta.
Rafael perdió el paso a su espalda. No preguntó nada.
Avanzó apoyando primero el bastón y arrastrando después la pierna. Rafael no lo adelantó. Mateo no supo si por consideración o por miedo.
Llegaron a una galería abierta. A la izquierda se alzaba la Giralda, tan cerca que podían distinguir el color de cada piedra.
A la derecha, las cubiertas descendían entre escalones y canales.
Los estrechos pasos entre arbotantes solo eran utilizados por hombres cuyo oficio los acercaba al cielo y a la caída.
La figura los esperaba al final de la galería.
La capucha ocultaba su rostro. Mantenía la mano derecha bajo la capa negra; en la izquierda sostenía algo claro.
—Se le ha acabado el camino —dijo Mateo.
El encapuchado inclinó la cabeza. A su espalda solo había un pretil bajo y, más allá, el desnivel del tejado.
Rafael se colocó junto a Mateo. Al ver la figura, dejó escapar un suspiro casi inaudible.
Mateo no pudo saber si la había reconocido o si solo tenía miedo.
Cuando Mateo pronunció el nombre de Joaquín unos minutos antes, el sacerdote había perdido el paso.
Ahora mantenía los ojos fijos en la mano oculta bajo la capa.
—¿Lo conoce? —preguntó Mateo.
—No.
Otra respuesta demasiado rápida.
El desconocido alzó la mano izquierda. No sostenía un arma, sino una hoja de papel doblada.
—Déjela en el suelo y quítese la capucha.
Desde las calles llegaron voces. Una campana respondió a otra. Mateo esperó. El desconocido seguía sosteniendo el papel de modo que Rafael no pudiera dejar de verlo.
El desconocido dejó caer el papel. Rafael dio un paso.
—No —advirtió Mateo.
Demasiado tarde.
El encapuchado arrojó un puñado de polvo gris al suelo. El viento lo levantó. La cal quemó los ojos de Mateo. Rafael tosió y se tambaleó contra el muro.
Mateo oyó el roce de la tela sobre la piedra y golpeó a ciegas con el bastón. La punta encontró algo blando. Un hombre maldijo, más sorprendido que herido.
Cuando Mateo recuperó la vista, el desconocido saltaba sobre el pretil. Quedó suspendido un instante sobre el vacío y cayó en una cubierta inferior antes de desaparecer tras un arbotante.
Rafael se inclinó.
—Va a matarse.
—No. Sabía exactamente dónde iba a caer.
Una escalera de mantenimiento descendía hasta un paso estrecho. Cuando Mateo alcanzó el pretil, la figura ya corría hacia una trampilla. Dos obreros gritaron desde la plaza. Mateo les hizo una seña y señaló la trampilla, pero el fugitivo desapareció dentro del edificio.
Rafael recogió el papel.
Mateo le sujetó la muñeca.
—Le había dicho que no lo tocara.
—Solo es papel.
—Puede tener algo adherido.
Mateo se lo quitó y lo abrió con el pañuelo.
La hoja estaba en blanco.
—¿Por qué arriesgaría la vida por esto? —preguntó Rafael.
Mateo miró el camino de huida.
—Había preparado el salto. Quería entretenernos con el papel.
Junto al pretil había una hoja verde, fresca y rota en la punta. Mateo la recogió. El desconocido debía de haberla perdido al saltar.
—Del Patio de los Naranjos —dijo Rafael.
—Tal vez. —Mateo guardó por separado la hoja y el hilo de seda.
Regresaron hacia la puerta. Junto al paso ascendente, Mateo descubrió una línea oscura sobre la piedra clara. Sangre. Terminaba en un pequeño hueco desde el que el hombre de negro habría podido observar la galería antes de dejarse ver.
Mateo iluminó el suelo del hueco.
En el polvo había además dos huellas bien definidas de una suela más ancha. Uno de los tacones estaba gastado por fuera. Se parecían a la huella antigua de la primera puerta, pero aquí los bordes no se habían desdibujado todavía.
Rafael se arrodilló junto a las huellas.
—¿Entonces sí eran dos?
—Probablemente.
Mateo examinó el corredor.
—El hombre de negro podría haber huido antes. En lugar de eso, arrojó la moneda y nos esperó. Quizá quería alejarnos de la planta baja.
—¿Para quién?
—Para alguien que necesitaba estar allí sin que lo molestaran.
Rafael palideció aún más.
—¿Cree que el asesino seguía dentro de la catedral?
Mateo pensó en el hermano Tomás, en los dos guardias y en el comisario ausente.
Pensó en el cadáver dispuesto con cuidado y en una carta cuya existencia, en teoría, nadie conocía.
Repasó los hechos antes de hablar: el fugitivo de la suela estrecha había sangrado y vestía seda negra; otra persona, de calzado ancho y tacón gastado, había usado el mismo corredor.
La moneda y el papel en blanco habían servido para atraerlos hacia arriba.
Eran hechos. Todo lo demás seguía siendo una sospecha.
—Creo —respondió— que debemos averiguar qué ha ocurrido abajo mientras estábamos aquí.