A La Sombra de la Giralda Capítulo 1
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A La Sombra de la Giralda

A La Sombra de la Giralda

Por Jorg Heisterkamp

© inepub.com

Capítulo 1

El hombre de la capilla

Miércoles Santo, antes del amanecer

Cuando el hermano Tomás encontró al muerto, la Giralda dio cinco campanadas.

La primera atravesó los muros de la catedral como si no procediera de la torre, sino de la piedra bajo sus pies. Con la segunda tembló el aceite de su lámpara. La tercera subió por la penumbra de la nave lateral y se perdió en lo alto, donde apenas llegaba la luz ni siquiera de día.

El hermano Tomás permaneció quieto hasta escuchar las dos últimas. Llevaba treinta y siete años haciéndolo. Nadie se lo había ordenado. Era una de esas costumbres que, dentro de una casa de Dios, acababan adquiriendo la fuerza de un voto.

La catedral aún dormía a medias. Desde fuera llegaba el rodar lejano de un carro.

Tras el muro norte, un comerciante llamaba a un muchacho.

Pronto aparecerían las primeras mujeres con mantillas negras, después los canónigos y los hombres encargados de colocar las sillas y preparar las velas para la primera misa.

Por el momento, la iglesia todavía pertenecía a las sombras.

Tomás siguió adelante. Sus llaves chocaban a cada paso. El aire era frío y olía a cera, madera vieja y al incienso de la víspera. Debajo de todo flotaba ya el aroma del azahar. Entraba desde el Patio de los Naranjos, dulce y casi demasiado vivo para aquella hora.

Ante la capilla de la Virgen de la Antigua, Tomás vio la luz.

Una sola vela ardía tras la reja de hierro. Estaba seguro de haberla apagado. La noche anterior había extinguido cada llama y observado el humo hasta que solo quedaron finos hilos grises sobre los altares.

El sacristán abrió la reja. El metal dejó escapar un gemido.

Había un hombre arrodillado ante la imagen de la Virgen.

La sotana negra se extendía sobre las losas. Tenía la cabeza inclinada y las manos juntas sobre el reclinatorio. Tomás reconoció el cabello gris plateado y los hombros estrechos del canónigo Emilio Herrera.

Don Emilio rezaba a menudo a solas. Durante las últimas semanas había llegado antes y se había marchado después que los demás clérigos. Tomás lo había sorprendido más de una vez inclinado sobre legajos polvorientos que cerraba en cuanto alguien se acercaba.

Aquella mañana, sin embargo, había algo antinatural en su postura. No era la quietud de la oración, sino la rigidez de una figura que el escultor aún no hubiese terminado.

Tomás dejó la lámpara.

—¿Señor canónigo?

El canónigo no respondió.

—Don Emilio, aún falta una hora para la primera misa.

Tomás dejó la lámpara en la repisa de piedra.

—¿Quiere que le traiga una vela nueva?

Ni el menor aliento movió la tela.

Tomás se acercó al reclinatorio.

—¿Don Emilio?

Le puso una mano en el hombro.

El cuerpo se desplomó de lado.

Tomás retrocedió de un salto. La cadera golpeó la repisa de piedra y la lámpara tintineó peligrosamente. El canónigo no cayó. Una cuerda fina lo mantenía de rodillas, pasada bajo la vestidura y sujeta al reclinatorio.

El rostro del muerto estaba gris. Los ojos entreabiertos no miraban a la Virgen, sino más allá. Un hilo oscuro de sangre se había secado entre sus labios.

Sobre la madera descansaban sus manos unidas. Dentro de ellas había una moneda de plata ennegrecida.

El hermano Tomás no reconoció la efigie ni la inscripción. Cerca del borde había un agujero pequeño. A su lado distinguió una marca profundamente grabada: una cruz dentro de un círculo abierto. Con aquella llama vacilante no pudo ver hacia qué lado se abría.

Algo se movió a su espalda.

Tomás se volvió.

Al otro lado de la reja había una figura en la nave lateral. El rostro permanecía oculto bajo una capucha. Durante un latido, Tomás creyó ver a un nazareno que se había equivocado de hora. Entonces comprendió que el desconocido lo observaba.

—¿Quién anda ahí? —Tomás buscó la lámpara; los dedos le resbalaron sobre el metal caliente—. Muéstrese.

La figura se dio la vuelta y se alejó caminando.

Sin prisa. No como un intruso sorprendido. Sus pasos siguieron tranquilos hasta alcanzar la columna más cercana. Solo entonces echó a correr.

Tomás llegó hasta la reja.

—¡Alto!

La palabra subió por la altura inmensa de la nave y regresó disminuida. Ya no había nadie entre las columnas. A lo lejos se cerró una puerta.

El sacristán escuchó. Su propia sangre sonaba más fuerte que cualquier pisada.

Entonces recordó al canónigo.

Cuando volvió a la capilla, las manos de don Emilio seguían juntas sobre el reclinatorio.

La moneda había desaparecido.

• • •

A Mateo de León no le gustaban las iglesias de noche.

De día, Mateo veía allí a mujeres que rezaban por sus hijos y a hombres que descansaban un momento del trabajo. Por la noche no quedaba nada de sus voces. Entonces oía sus propios pasos con demasiada claridad y pensaba en personas a las que ninguna oración había podido ayudar.

Mateo se detuvo ante una puerta lateral de la catedral.

La Giralda se alzaba contra el cielo sin color que precedía al alba.

El cuerpo de campanas era más reciente que la torre almohade.

De niño había creído que lo habían construido todo a la vez.

Su padre le había mostrado la diferencia con un dedo sucio, sin apartar la mirada de la piedra que estaba trabajando.

A sus cuarenta y tres años, Mateo tenía el rostro estrecho y curtido de quien había pasado demasiadas horas esperando en la calle.

En el cabello oscuro comenzaban a verse hebras grises, sobre todo en las sienes.

Vestía un abrigo de paño sin adorno alguno y llevaba un bastón de endrino con pomo de acero.

No era un bastón elegante. Su padre había fabricado el fuste muchos años antes, y Mateo lo había hecho reforzar después de recibir el disparo que puso fin a su carrera.

Mateo apoyó el peso en el bastón. Le dolía la pierna derecha. Con el frío húmedo era una tensión sorda; en verano, un ardor. Aquella mañana la vieja herida le recordaba a cada paso a un hombre al que no había salvado nueve años atrás.

Un joven sacerdote esperaba al amparo del portal.

Era alto, delgado y tan pálido como si hubiera pasado la noche ante un altar.

No tendría más de treinta y dos años. La sotana estaba cuidada, aunque el borde húmedo revelaba que había cruzado la plaza con prisa.

Llevaba un devocionario encuadernado en cuero bajo el brazo y una cruz pequeña sobre el pecho.

Al ver acercarse a Mateo, la sujetó un instante entre los dedos y volvió a soltarla.

—Llega tarde —dijo el sacerdote.

Mateo sacó el reloj del chaleco.

—Tres minutos.

—Quieren llevarse el cuerpo —dijo el sacerdote—. No tenemos mucho tiempo.

Mateo cerró la tapa.

—Para el muerto, probablemente ya no.

El sacerdote bajó la mirada.

—Me llamo Rafael Ortega.

—Eso me dijo el muchacho que envió a buscarme. También dijo que no quería acudir a la policía.

—La policía ya ha estado aquí. —El padre Rafael miró hacia la plaza vacía—. El comisario Vargas considera que fue un accidente.

—¿Un accidente?

Mateo se detuvo.

—¿Ha visto la cuerda?

El sacerdote lo examinó.

—¿Se lo ha contado el hermano Tomás?

—El muchacho. Se ha explicado mejor de lo que usted esperaba, por lo visto.

Rafael pareció dispuesto a formular otra pregunta, pero sacó una llave pesada de la sotana y abrió la puerta.

—El comisario ha ordenado retirar el cuerpo cuanto antes —explicó Rafael mientras entraban—. Dentro de unas horas vendrá mucha gente. El cabildo teme disturbios.

—El cabildo teme un escándalo.

Rafael cerró detrás de ellos.

—Esta semana ambas cosas pueden significar lo mismo.

En el vestíbulo esperaban el hermano Tomás y dos guardias civiles. El sacristán apretaba un rosario. Sus labios se movían, pero Mateo no oyó plegaria alguna.

El guardia de más edad se interpuso. Bajo el bigote gris, la boca parecía una raya estrecha.

—Nadie puede entrar ya en la capilla.

—El señor de León viene bajo mi responsabilidad —dijo Rafael.

—Su responsabilidad termina cuando regrese el comisario.

Mateo miró más allá del hombre.

—¿Dónde está Vargas?

—Tiene asuntos más importantes.

—Solo necesito unos minutos.

Mateo esperó a que Rafael indicara al guardia que se apartase y siguió adelante.

Mateo se acercó al sacristán.

—Usted encontró al canónigo.

—Sí, señor. Venía a preparar la iglesia.

—Y vio algo más.

Tomás guardó silencio.

El guardia más joven se acarició el labio superior, donde apenas le había crecido el bigote.

—Vio una sombra.

Mateo volvió la cabeza.

—Deje que lo cuente él.

El padre Rafael se situó entre ambos.

—Hermano Tomás, cuéntele al señor de León exactamente lo ocurrido.

El sacristán describió la figura, la capucha y su huida.

No adornaba lo que había visto: recordaba la tela negra, el lugar exacto donde se había detenido el desconocido y el sonido de la puerta, pero no pretendía conocer un rostro que había permanecido oculto.

Antes de responder a cada pregunta, inclinaba un poco la cabeza, como si buscara las pisadas entre los ruidos de la catedral. Mateo lo escuchó sin interrumpir.

—¿Caminó o corrió? —preguntó al final.

—Primero caminó.

—Así que al principio se tomó su tiempo.

—No.

—¿Y después?

—Oí una puerta. Cuando regresé, la moneda había desaparecido.

Rafael lo miró con sorpresa.

—¿Qué moneda?

Rafael abrió los ojos; la pregunta parecía haberlo sorprendido de verdad. Tomás describió la pieza de plata y la marca de su canto. Al oírlo, Rafael apretó el devocionario contra el pecho.

—¿Conoce ese signo? —preguntó Mateo.

Rafael cerró la mano sobre el devocionario. La piel de los nudillos se le volvió blanca.

—No puedo asegurar lo que significa.

No era una negación completa. Mateo decidió no apretarlo todavía. El sacerdote tenía miedo, pero no parecía temer únicamente por sí mismo.

—Muéstreme el cadáver.

Mateo se detuvo ante la reja de la capilla.

La lámpara iluminaba el reclinatorio, pero no alcanzaba los altos muros.

Sobre el altar, la imagen de la Virgen recibía un resplandor dorado.

Tomás debía de conocer cada objeto de aquel lugar; Mateo se fijó sobre todo en cuántos rincones quedaban fuera del pequeño círculo de luz.

Don Emilio seguía de rodillas. Alguien había colocado un paño blanco sobre su cabeza.

Mateo apoyó el bastón y retiró la tela. Los labios azulados, el hilo de sangre y los dedos contraídos no bastaban para determinar la causa de la muerte. Bajo la oreja izquierda encontró un punto rojo, apenas mayor que la picadura de un mosquito.

—¿Qué es eso? —preguntó Rafael desde la reja.

—Una punción.

—¿De una aguja?

—Es posible.

—¿Veneno?

Mateo se incorporó.

—Eso tendrá que decidirlo un médico.

—No dice lo que piensa.

—Pienso muchas cosas. Las pruebas suelen ser menos habladoras.

Con la punta del bastón levantó el borde de la vestidura.

Allí no vio ninguna otra herida. La cuerda rodeaba el cuerpo y estaba sujeta al reclinatorio con dos nudos limpios.

Nadie podía quedar en aquella postura por una simple caída.

El médico tendría que averiguar si lo habían atado antes o después de morir.

En la mano derecha del canónigo había polvo negro. Mateo recogió una muestra con el pañuelo.

—¿Hollín? —preguntó Rafael.

—Probablemente.

En la parte delantera del reclinatorio, debajo de las manos juntas, habían tallado una cruz dentro de un círculo abierto a la izquierda. Las incisiones eran recientes. Mateo dibujó la marca en su cuaderno y anotó hacia qué lado se abría.

Rafael retrocedió al verla.

—Ahora sí lo conoce —dijo Mateo.

—He dicho que no.

—Entonces explíqueme por qué ha retrocedido.

El sacerdote miró hacia los guardias y bajó la voz.

—Aparece en documentos antiguos del cabildo: procesos, confesiones, inventarios de bienes confiscados. Algunos son de la época de la Inquisición. Otros son posteriores.

—¿Por qué los estudiaba don Emilio?

—Ordenaba el archivo.

Mateo esperó.

Rafael cedió.

—Anoche me entregó una carta cerrada. Debía llevarla a un notario si le ocurría algo.

—¿Dónde está?

—Ha desaparecido de mi habitación.

Rafael explicó, después de una vacilación, que Herrera se la había entregado la noche anterior, a la salida de completas.

El sobre llevaba el sello del canónigo y una sola instrucción: si a la mañana siguiente no acudía al oficio, debía entregarlo a un notario de la calle Francos.

Rafael lo había guardado dentro del devocionario y había dejado este en su cuarto mientras ayudaba a un enfermo.

Al regresar, el libro estaba en el mismo sitio, pero el sobre ya no.

—¿Quién sabía de ella?

—Nadie a quien yo se lo dijera. La entrega fue en el claustro. Creí que estábamos solos.

Mateo miró el altar. Entre las flores marchitas había un único lirio fresco con un hilo negro en el tallo.

—Emilio lo sabía —dijo Mateo—. ¿Pudo verlo alguien cuando fue a hablar con usted?

Con el pañuelo tomó el lirio. Del hilo colgaba una tira de papel con tres palabras: El primero calla.

—¿Nos ayudará? —preguntó Rafael.

—A don Emilio ya no. Pero quienquiera que sea el segundo quizá aún tenga tiempo.

Desde la nave llegó un sonido metálico.

—La moneda —jadeó Tomás.

Una pequeña pieza de plata giraba a sus pies. Dio dos vueltas y quedó con la cara oscura hacia arriba.

Mateo recogió la moneda con el pañuelo. Tenía un agujero pequeño cerca del borde y la marca grabada a su lado.

—¿Es esta? —preguntó a Tomás.

El sacristán asintió. Mateo la envolvió y se la guardó en el bolsillo del chaleco. Entonces alzó la vista. En una tribuna de piedra apareció una figura vestida de negro. Solo vio una mano pálida y el borde de la capucha antes de que retrocediera.

—Cierren las salidas —ordenó a los guardias.

El mayor no se movió.

—Usted no es quién para darme órdenes.

—Entonces explíquele después a Vargas por qué acompañaron al asesino hasta la puerta.

El guardia obedeció. Mateo tomó el bastón y se dirigió a la escalera de la tribuna. El dolor le atravesó la pierna derecha al primer paso.

Rafael fue tras él.

—Espere. No sabe quién está ahí arriba.

—Eso es lo que pretendo averiguar.

—La escalera termina en las antiguas dependencias de la cubierta. Hay pasadizos que ni siquiera Tomás conoce.

Mateo miró por encima del hombro.

—¿Cómo los conoce usted?

El sacerdote se quedó inmóvil.

Arriba se cerró una puerta. Mateo siguió subiendo mientras la Giralda volvía a tocar.

Las campanadas se fueron apagando mientras subían.