Capítulo 20
Seis puertas abiertas
La Fundación Santa Aurelia volvió a existir sobre el papel en enero y empezó a hacerlo en la ciudad durante la primavera.
Tres casas y un almacén regresaron a su patrimonio.
Isabel demostró que las familias que vivían en las casas pagaban alquileres válidos desde hacía décadas y que no habían participado en el fraude.
Nadie fue desalojado. Los ingresos del almacén se destinaron de nuevo al hospital, donde se reparó primero el tejado de la sala de mujeres.
—La justicia no puede comenzar fabricando nuevos inocentes perjudicados —dijo ante la junta.
En el acta constaron sus palabras bajo su nombre, y no como las de «la señorita presente», como había ocurrido en la primera reunión. Figuró su nombre completo y su cargo en el archivo.
Don Esteban aguardaba juicio. Desde la cárcel enviaba cartas a antiguos aliados, pero cada semana recibía menos respuestas.
Bermúdez había sido trasladado después de la sentencia.
Vargas vivía en una habitación alquilada cerca de la Alameda y trabajaba copiando cuentas para un comerciante.
Mateo lo veía alguna vez; hablaban de asuntos concretos y nunca fingían que nueve años pudieran repararse con cortesía.
Gonzalo recuperó parte del movimiento del brazo y regresó a su casa. Álvaro seguía en Cádiz, al frente de la liquidación del escritorio. Sus cartas eran breves y prácticas. Informaba de salarios pagados, libros entregados al juez y paredes registradas. No mencionaba el cuarto cuaderno.
Una mañana de abril, Isabel recibió un paquete sin remitente.
El envoltorio llevaba matasellos de Cádiz y había sido cosido por los bordes con hilo de vela.
Esperó a Mateo antes de abrirlo. Se sentaron en la misma mesa del archivo donde se habían conocido, aunque ahora el lugar era distinto: Isabel tenía una llave propia, un sueldo y autorización para consultar los fondos sin pedir a un hombre que respondiera por ella.
Mateo dejó el sombrero y el bastón junto a la silla.
—¿Ha avisado a alguien?
—Al director. Si no salimos antes del mediodía, abrirá la puerta con el bedel.
—Ha aprendido malas costumbres.
—De un investigador que insiste en no serlo.
Dentro del paquete había una sola hoja gris y una pieza de latón.
Isabel reconoció el papel de los cuadernos de su padre, pero no la escritura.
La hoja contenía una lista de fechas de embarque, iniciales de seis familias y pagos destinados a personas de Sevilla, Cádiz y La Habana.
Al pie aparecía dibujada una puerta con seis aberturas.
En el reverso figuraban una dirección gaditana y dos palabras: «Cuarto cuaderno».
La pieza de latón medía poco más que un dedo. Tenía seis muescas desiguales.
Mateo la tomó y se quedó inmóvil.
—¿Qué ocurre? —preguntó Isabel.
Él acercó la pieza al pomo de su bastón. Las muescas repetían las seis hendiduras que su padre había tallado bajo el acero, las mismas que habían abierto la cerradura de la cripta.
—Es una marca de taller —dijo—. Mi padre la utilizaba en trabajos que no podía registrar en el libro de encargos.
—¿Cómo lo sabe?
—Me obligaba a lijarla cuando era niño. Seis cortes, siempre de fuera hacia dentro. Decía que una cerradura debía recordar la mano que la había hecho.
Isabel examinó la pieza con una lupa. En uno de los bordes había restos de cera azul y una fibra de cuerda salada. No bastaban para saber de dónde procedía, pero indicaban que había formado parte de un sello o de un cierre.
—Su padre no fue solo el hombre que guardó una llave —dijo—. También fabricó algo en Cádiz.
Mateo pensó en el taller, en las tardes de limaduras metálicas y aceite, en el modo en que su padre cerraba un cajón cuando entraba un cliente. Toda su vida había interpretado aquellos silencios como reserva de artesano. Ahora adquirían otro contorno.
—O alguien quiere que lo creamos.
Isabel asintió. No convirtió la posibilidad en certeza.
Comparó la hoja con los tres cuadernos conservados.
El corte encajaba con un talón arrancado del cuarto volumen, según las medidas que Montoya había anotado.
La numeración, sin embargo, no era de su padre.
En el ángulo inferior había un punto doble que Isabel había visto antes en la relación de embarques enviada por Álvaro.
—Esto pasó por el escritorio de los Valcárcel —dijo—. No sabemos si Álvaro lo envió.
—Preguntémosle.
El telegrama de respuesta llegó al día siguiente: «No envié paquete. Dirección corresponde antiguo almacén Las Seis Puertas. Cerrado desde 1879. He visto marca latón en caja hallada escritorio. No abrir sin mí».
Mateo leyó la última frase dos veces.
—Sigue dando órdenes.
—Y tú sigues ofendiéndote cuando otro lo hace.
—Yo tengo más práctica.
Isabel colocó el telegrama junto a la hoja.
La dirección correspondía a una calle próxima al puerto, pero la nota de Herrera decía que el almacén no daba al mar.
Según un plano de 1868, el edificio tenía una segunda entrada por un patio interior y seis puertas alineadas alrededor. Una de ellas había sido tapiada.
Durante semanas reunieron información sin abandonar Sevilla.
Isabel consultó protocolos mercantiles. Mateo habló con antiguos arrieros y con un capitán retirado.
Descubrieron que el almacén había servido para guardar no solo mercancías, sino cajas de documentos procedentes de ultramar.
El nombre del padre de Mateo aparecía una vez en una factura por «seis mecanismos y un cierre maestro».
La fecha era posterior al nacimiento de Mateo y anterior a la reorganización de la delegación gaditana de los Custodios del Círculo Abierto.
El hallazgo no reabría los asesinatos de Herrera y Salcedo. Bermúdez seguía siendo su autor y Don Esteban, quien había dado las órdenes. Pero revelaba que la historia de las seis familias era más antigua y más extensa de lo que Montoya había logrado demostrar.
En mayo llegó una carta de Álvaro. Había entrado en Las Seis Puertas acompañado por un juez y dos guardias.
Encontraron estantes vacíos, marcas rectangulares en el polvo y una mesa atornillada al suelo.
La pieza de latón recibida en Sevilla encajaba en una cavidad de aquella mesa, pero faltaban otras cinco.
En la pared interior alguien había escrito hacía poco: «León conserva la entrada».
Álvaro añadía una advertencia: un hombre preguntaba en Cádiz por Mateo de León. No daba su nombre. Caminaba con dificultad y llevaba un bastón de madera clara.
Mateo dejó la carta sobre la mesa.
—Podría ser una trampa.
—Sí.
—Podría ser alguien que conoció a mi padre.
—También.
—No parece preocupada.
Isabel cuadró los bordes de los documentos. Era el gesto que hacía cuando una idea aún no estaba lista para convertirse en palabras.
—Estoy preocupada desde que apareció el paquete. La diferencia es que ya no confundo preocupación con prisa.
Decidieron viajar en octubre, cuando disminuyera el calor y el archivo pudiera prescindir de Isabel durante unas semanas.
Antes enviarían copia de todo al juez de Cádiz y dejarían duplicados en Sevilla.
Mateo escribió a Álvaro exigiendo que no entrara de nuevo en el almacén solo.
Isabel leyó la carta y tachó «exigiendo» para sustituirlo por «rogando».
—Eso cambia el sentido —protestó él.
—Ese es el propósito de una corrección.
A finales de junio acudieron al hospital de Santa Aurelia. La sala reparada olía a cal fresca. Una enfermera abrió las ventanas y el aire hizo moverse las cortinas. En una cama, una anciana dormía sin saber qué nombres habían figurado en las escrituras que pagaban su cuidado.
Isabel contempló el tejado nuevo.
—Mi padre habría querido verlo.
—También habría encontrado una gotera.
—Sin duda.
Habían dejado de convertir a los muertos en figuras intachables.
Herrera había tardado demasiado. Montoya había ocultado información a su hija.
El padre de Mateo había construido cerraduras para una organización cuyo verdadero alcance seguía sin conocerse.
Joaquín había tenido miedo, cometido errores y pedido ayuda.
Recordarlos completos resultaba más difícil que convertirlos en mártires, pero también más justo.
Al salir, caminaron despacio por la sombra. Mateo utilizaba un bastón nuevo para los trayectos largos; el antiguo, con su pomo de seis dientes, permanecía guardado en una caja del archivo. Isabel llevaba la llave de aquella caja.
—Cuando vayamos a Cádiz —dijo él—, no sé qué encontraremos.
—Documentos, si tenemos suerte.
—¿Y si encontramos a ese hombre?
—Le preguntaremos su nombre antes de perseguirlo por un tejado.
Mateo sonrió.
—Ha sido una sola vez.
—Una vez memorable.
Llegaron a la plaza cuando la Giralda dio cinco campanadas.
Meses atrás, Mateo habría contado las salidas, las manos y los rostros.
Ahora también los vio, pero no dejó que la costumbre ocupara todo el espacio.
Isabel apoyó la mano sobre la suya. No había una herida que curar ni una caída que impedir.
—¿Iremos juntos? —preguntó Mateo.
—Iremos preparados —respondió ella—. No es exactamente lo mismo.
Él aceptó la precisión. Esperaron hasta la última campanada y luego siguieron andando.
En el archivo, a sus espaldas, la hoja gris permanecía bajo llave. Sobre la dirección de Cádiz, casi borrada por el roce, había una línea que Isabel aún no había conseguido descifrar por completo. Solo distinguía tres palabras: «El hijo de León», «espera» y una tercera palabra ilegible.
El caso de Sevilla había terminado.
En Cádiz, alguien conocía el principio.
Fin