CAPÍTULO 31
CARA
Era el segundo funeral en una semana y Cara no sentía más que vacío.
Bessie estaba muerta. Sus tías se habían marchado de la ciudad. Su madre yacía en el ataúd que los portadores del féretro bajaban ahora a la tierra.
Había una ironía perversa en que Beatrice de Luca hubiera muerto a manos de un fantasma. Y no de un fantasma cualquiera, sino del que había inspirado a la asesina a cometer sus crímenes. La cual, por cierto, también estaba muerta.
Y ella, precisamente ella, que había coqueteado con la idea de morir, seguía viva. Echó una palada de tierra sobre el ataúd de su madre y se dio la vuelta. Esperó en vano que la invadiera una sensación de alivio, o al menos algo que se pareciera a un final.
Jack fue el único al que soportó en el cementerio.
Su madre se había imaginado su funeral de otra manera, pensó Cara.
En su fantasía seguramente habría figuras llorosas y una hija destrozada.
Cara había dispuesto que el entierro se celebrara en completo silencio.
No quería recibir condolencias ni fingir un dolor que no sentía.
Lo único que quería eran unos días de paz para liquidar la herencia de su madre.
Cara sabía que no aceptaría ni un céntimo de lo que Beatrice había amasado con mano de hierro.
Lo donaría; solo que aún no sabía a qué organización.
Quizá a una protectora de animales que se ocupara de perros y gatos abandonados.
O de lobos.
Apartó el pensamiento de Ryder a toda prisa. Seguía viva, y lo demostraba el dolor que le estrujaba el corazón cada vez que pensaba en él.
—Vamos, te llevo a casa —dijo Jack, y le pasó el brazo por debajo del suyo—. Creo que a los dos nos vendría bien una copa.
Una hora más tarde estaban sentados en el invernadero. Cara se quedó mirando el Manhattan que Jack le había preparado y lo apartó. Era el cóctel favorito de su madre, no el suyo.
—¿Y qué planes tienes ahora? —preguntó él, y se acomodó frente a ella.
Parecía relajado, casi alegre de un modo que a ella le resultaba inquietante.
Desde luego, Cara no había estado unida a su madre, pero incluso a ella le costaba no ver a Beatrice en todo lo que la rodeaba y preguntarse si en algún momento habría sido capaz de querer a su madre.
O, al menos, de entender qué la movía y qué la había convertido en la mujer que fue.
Jack había conocido a Beatrice mejor que nadie y no parecía consumido por el dolor.
—Voy a venderlo todo, donar el dinero y... dejarme llevar.
Ahí estaba otra vez, el pensamiento de Ryder.
—Quiero buscar trabajo, quizá de camarera en algún sitio, ya veremos. No lo sé, Jack. ¿Y tú? ¿Qué vas a hacer ahora?
Sin Beatrice, había querido añadir, pero se mordió la lengua en el último momento. Cara no quería decir en voz alta lo que pensaba: que sin su madre él parecía un poco perdido.
—La verdad es que había pensado que podríamos juntar nuestros recursos, Cara. —Dio un sorbo a su gin-tonic sin dejar de estudiarla.
—No. —Sacudió la cabeza con vehemencia—. No soy como mi madre. —Le salió con más dureza de la que pretendía—. No puedo sentarme detrás de un escritorio a tomar decisiones sobre la vida de los demás. Ni siquiera quiero.
Los ojos le brillaban en el rostro bronceado.
—No tienes por qué —dijo con desenfado—. Déjame a mí seguir al frente del negocio. Si más adelante descubres que tienes mano para esto, mejor aún. Y si no, siempre puedes disfrutar de una buena vida.
—Jack —dijo ella, e intentó sonreír—. Lo que tú hacías no era trabajar. Mi madre mataba gente, se enriquecía con métodos delictivos y chantajeaba a los demás. A esa actividad puedes ponerle muchos nombres, pero trabajo es, desde luego, el último que se me ocurre.
—Yo lo veo de otra manera —replicó Jack—. Mira a tu alrededor, Cara. ¿De verdad quieres tirarlo todo por la borda? Y no hablo de la casa, no me malinterpretes. ¿Qué pasa con los cambiaformas a los que tu madre daba empleo? Los ayudaba a llevar una buena vida, y además segura.
—No puedes estar hablando en serio.
Se había quedado atónita y no hizo nada por disimularlo.
—Tu idea de una vida segura y buena y la mía difieren bastante. Aquello no tenía nada de seguro, y mucho menos de bueno. —Y añadió, más suave—: Puedes quedarte con el Red Rose si quieres, Jack. Se lo digo al abogado y él preparará los papeles.
Cuando habló, la voz se le había vuelto un gruñido profundo.
—No quiero el club, Cara.
Ella se removió incómoda sobre el cojín de la silla hasta que la espalda chocó con el respaldo.
—¿Qué quieres entonces?
—Lo quiero todo.
—¿Todo? —La voz le salió aguda y delató su incomodidad. No, era más que incomodidad: era casi miedo. ¿Qué le pasaba a Jack? ¿Por qué estaba tan alterado?
—Sí, Cara. No seas ridícula ofreciéndome el club.
—Entonces, ¿con qué te quedarías contento? Ya sabes que el dinero de mi madre no me importa, así que si es por eso...
Su mirada voló hacia la puerta. Jack le bloqueaba el paso y, tal como estaba, no se atrevía a echarlo sin más.
—Tampoco es el maldito dinero, aunque reconozco que no me molesta. ¿No sabes qué es lo que de verdad me importa? —Se había levantado con un movimiento fluido, tan rápido que ella no tuvo tiempo de reaccionar—. Tú y yo hacemos una pareja preciosa, ¿no te parece?
—No —se le escapó de la boca.
Él se inclinó sobre ella y apoyó las manos en el brazo del sillón.
—Ya te acostumbrarás. Contigo a mi lado, voy a...
—¡Jack! —gritó Cara—. Esto no va a pasar. Ni siquiera me deseas. Solo te lo crees. ¿No lo sabes? ¡Soy un súcubo! Son las feromonas las que te están haciendo ese efecto.
—Tonterías —gruñó él, y bajó la cabeza hasta que su boca casi rozó la de ella.
A Cara el corazón le iba a mil. La cabeza le daba vueltas. Intentó esquivarle los labios, pero él ya le sujetaba la cabeza con las dos manos y la obligaba a quedarse quieta.
—¿Y Melissa? —buscaba desesperada un modo de distraerlo—. La querías, ¿no?
—Qué tontería —gruñó—. No era más que un medio para un fin. Se creía que yo estaría con ella en cuanto hubiéramos quitado a tu madre de en medio.
—Tú... tú estás detrás de todo esto —susurró Cara. Sintió que el frío familiar del entumecimiento daba paso al asombro, y este se convirtió enseguida en una rabia que le cortó la respiración.
Jack dejó escapar un sonido a medio camino entre la carcajada y el rugido.
Cara se dio cuenta de que estaba a punto de perder el control y transformarse.
Quizá pudiera con Jack el hombre, pero si se convertía en león no tendría la menor oportunidad.
Los ojos se le habían teñido del característico tono amarillento y la cara empezó a cambiarle.
Nunca había visto a Jack en su forma de león, y no quería empezar ahora.
Cara solo tenía una opción: drenarle energía suficiente para debilitarlo y que no pudiera sujetarla. Cerró los ojos y confió en tener fuerzas suficientes para aquel beso.
Algo crujió, pero no era el chasquido de huesos en plena transformación que esperaba.
Volvió a abrir los ojos y comprobó que tenía razón.
Jack estaba a punto de perder el control.
Sus facciones habían quedado atrapadas en una forma mitad humana y mitad leonina.
El sonido se repitió. Cara buscó con la mirada el origen.
Jack no era un cambiaformas de león.
Entre las patas traseras, cubiertas de pelo y acabadas en poderosas zarpas, se alzaba una cola de escorpión.
«Es una Mantícora», pensó, mientras el horror empezaba a paralizarla.
Aquellas criaturas, de las que solo había un puñado en cada continente, tenían cuerpo de león y cola de escorpión, con la que disparaban dardos venenosos contra sus enemigos.
Sin pensarlo, pegó la boca a los labios de Jack y empezó a besarlo.
Al principio, él le devolvió el beso, y ella tuvo que emplear todas sus fuerzas para no morderle la lengua.
Pareció pasar una eternidad hasta que notó los primeros signos conocidos de que la energía de Jack empezaba a menguar.
Él tenía tantísima, y ella llevaba tanto tiempo sin alimentarse, que la oleada repentina y violenta le provocó náuseas.
Pero, por fin, la presión sobre su cabeza se aflojó.
Las manos de Jack fueron descendiendo despacio.
Notó que la tensión abandonaba el cuerpo de él y que el poder con el que mantenía la transformación en Mantícora fluía hacia ella.
Cuanto más bebía, mejor se sentía. La energía ajena de Jack se le subió a la cabeza como el alcohol y, con cada segundo que pasaba, bebía de él con más avidez.
Jack abrió los ojos de par en par al comprender lo que ella estaba haciendo.
Una parte de ella disfrutó al verlo caer de rodillas; lo acompañó en el movimiento sin romper el beso ni un instante.
Creyó oír la risa de su madre y su voz triunfal, que la elogiaba por haber seguido por fin su naturaleza de súcubo.
Con un sonido de asco, se apartó de Jack y salió corriendo.
No sabía si seguía con vida. Solo podía pensar en que Ryder y ella se habían equivocado.
Sí, Melissa había matado a las mujeres, pero el cerebro de todo aquello había sido Jack.
Jack, que se creía capaz de ocupar el lugar de la madre de Cara y pensaba que ella se echaría a sus brazos de buena gana.
Ahora solo había un hombre que pudiera ayudarla.