A la sombra de la Dalia Negra (Policías cambiaformas: investigaciones paranormales nº 3) CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

RYDER

—Le digo que llame a Catherine Belcott, en Nueva York. ¡Ella confirmará quién soy!

Por tercera vez, Ryder le gritó al jefe, que se negaba a creerle. Con las prisas, Ryder había intentado explicarle que era —o había sido, para ser exactos, ya que su tapadera había quedado al descubierto— un policía infiltrado y que cada segundo contaba.

Fue Cosburn quien finalmente salió en su ayuda.

—Creo que podemos dar por buena su historia —dijo el hombre—. Me lo encontré durante mi investigación en el Red Rose e hice que comprobaran su identidad.

Ryder comprendió que no podía admitir abiertamente ante su jefe corrupto que había estado al tanto desde el principio, pero ¿acaso aquellos hombres no se daban cuenta de que se les acababa el tiempo?

—Lo diré otra vez —repitió—. La cuarta víctima es la autora de los crímenes.

Ella misma se infligió las heridas. La señora de Luca lo sabe y pretende hacer de ella un escarmiento público.

Si queremos impedir que esa mujer se tome la justicia por su mano, tenemos que ir ahora mismo a casa del doctor Snyder y detener a Melissa van Buren.

Al menos había recordado el nombre completo de la vampira. Habría resultado extraño referirse a ella familiarmente por su nombre de pila, y Ryder no quería complicar las cosas más de lo que ya estaban.

—Entonces pongámonos en marcha —dijo Cosburn, y le plantó la pesada mano en el hombro.

Ryder se la sacudió de encima antes de poder contenerse.

—Llévame contigo —exigió—. Por favor. Tengo la sensación de que os vendría bien contar con todos los hombres disponibles. No me interpondré, te lo juro por todo lo que es sagrado para mí.

La mirada de Cosburn le dijo que al cambiaformas oso sus palabras no le habían impresionado lo más mínimo, aunque tampoco parecía del todo reacio. Tal vez ayudase mostrar algo de arrepentimiento.

—Sé que fastidié la operación —admitió—. Cometí errores de novato y yo...

Se quedó callado.

—¿Sí? —preguntó Cosburn, interesado.

—Da igual, ya informaré de todo más tarde. Pero vámonos ya o volveremos a llegar demasiado tarde.

La mirada de Cosburn fue de Ryder a su jefe, que se había limitado a escuchar aquella breve conversación.

Entonces pareció decidirse, porque le hizo un gesto de asentimiento a Ryder y salió del despacho.

Ryder trotó tras él. Las maldiciones del jefe, que amenazaba con despedirlos a los dos, le resbalaron.

Tal vez ahora pudiera recuperar el terreno perdido.

—¿No vas a pedir refuerzos? —preguntó Ryder, horrorizado, de camino a casa de Snyder.

El oso no había avisado a ninguno de sus compañeros y, por lo que Ryder alcanzaba a ver, no los seguía ni un solo coche.

—Chaval, antes de cuestionar mis decisiones, deberías darte cuenta de hasta qué punto la has fastidiado —comentó el oso, aunque sonó más cordial que condescendiente—.

¿No tienes ojos en la cara o es que esa súcubo te robó el último ápice de sensatez?

A los dos últimos compañeros, aparte de mí, los han llamado para otro caso.

Podríamos haberle pedido apoyo al jefe, pero créeme, no te habría gustado.

Prefiero confiar en ti, por muy sospechoso que me parezcas.

Espero que aún recuerdes que eres policía.

—Supongo que me lo merecía —dijo Ryder.

Lo aliviaba no estar solo y que por fin estuvieran haciendo algo por cerrar el caso.

Así no tenía que pensar en Cara y en su traición.

¿Qué la había llevado a revelarle a su madre el nombre de la asesina?

Sabía perfectamente lo que iba a pasar. Pero, al parecer, no había tenido elección; eso recordaba de sus últimas palabras.

Reconoció la calle donde estaba la casa del doctor.

Aquel día había bastante movimiento. Delante de la casa, un peatón dejaba que su perro orinara en un cubo de basura que esperaba a que lo vaciaran.

Aquello le recordó el momento en que se despertó esa mañana.

¿Había existido de verdad aquel perro o era producto de su imaginación, provocado por el golpe en la cabeza?

—Deja de soñar despierto —dijo Cosburn mientras sacaba del coche su enorme corpachón—. Supongo que vas desarmado, ¿no?

Ryder asintió.

—Bien. Al menos no tendré que preocuparme de que le pegues un tiro a alguien sin querer.

Seguramente tendría que aguantar comentarios así el resto de su vida. Una vez, una sola vez había fallado. Ryder apretó los dientes, pero no dijo nada. Había fallado y, si unos cuantos comentarios eran su único castigo, podía considerarse afortunado.

Se quedó detrás de Cosburn y lo observó levantar la mano hacia el timbre. Entonces Ryder vio que la puerta estaba entreabierta. En ese momento deseó llevar encima el arma. Le tocó el brazo a Cosburn y señaló la puerta.

—Voy por detrás —dijo.

Si no recordaba mal, la habitación de la vampira estaba en la parte de atrás y daba al jardín. No esperó la respuesta de Cosburn: echó a correr lo más silenciosamente que pudo.

La cabeza le decía que llegaba demasiado tarde. Las tripas, en cambio, esperaban contra toda lógica llegar a tiempo de salvar a Melissa y de presenciar su juicio.

Ryder saltó el muro de ladrillo, que le llegaba a la cintura, y aterrizó con suavidad sobre el césped.

Aguzó el oído un instante e intentó recordar la vista desde la habitación de Melissa.

Dobló la esquina con sigilo. Había demasiado silencio, pensó.

¿Era la tensión lo que le hacía percibir amortiguados los sonidos del entorno?

Fue avanzando paso a paso. Respiraba superficialmente, pero con calma.

El pulso también lo tenía dentro de lo normal y no lo delataría.

Los vampiros no tenían el oído finísimo de un cambiaformas, pero detectaban el pulso de un ser vivo con la misma rapidez.

Aquella debía de ser la ventana. Adelantó la cabeza milímetro a milímetro hasta que pudo ver a través del cristal. La puerta se abrió de golpe. Ryder vio entrar a Cosburn en la habitación y abarcar la situación de un vistazo.

Habían llegado demasiado tarde.

El cuerpo sin vida de Melissa yacía sobre la cama.