CAPÍTULO 28
RYDER
Ryder se despertó con un perro que le lamía la cara.
Se llevó la mano a la cabeza, que le palpitaba, y parpadeó bajo la luz del sol. El resplandor le hacía daño en los ojos, pero, mientras el perro siguiera lamiéndole la cara, dormir era imposible.
Se despejó de golpe y se incorporó. Aparte de un chichón en la cabeza, parecía estar ileso.
Cope y sus compinches lo habían dejado al borde de la carretera.
Recordaba vagamente haber recobrado el conocimiento un instante.
«¿Por qué no lo matamos y ya está?». La voz del oso más pequeño, con toda su impaciencia por matar, le resonaba en la cabeza.
Era un maldito milagro que siguiera vivo.
Pero ¿por qué no lo habían rematado? ¿Por qué lo habían dejado tirado en plena ciudad?
Los conductores de los coches que pasaban no le prestaban atención. Tampoco los peatones, que lo esquivaban de lejos pero se comportaban prácticamente como si no existiera.
¿Dónde estaba? Había zigzagueado por la ciudad con Cara, pero no recordaba aquella esquina.
Se puso en pie. Tanteó en busca de algo a lo que agarrarse, pero no encontró nada.
Aun así, logró mantener el equilibrio. Con la vista borrosa, se fijó en el edificio de enfrente.
Conocía aquella casa. Estaba completamente seguro de haberla visto antes, al menos en fotografías.
En ese momento, una mujer rubia y menuda se colocó ante la puerta de entrada.
Pulsó un timbre y alzó el rostro. También ella le resultaba familiar.
¿Dónde la había visto? No hacía mucho, de eso estaba seguro.
Un movimiento en la parte superior derecha, justo encima de la entrada, le llamó la atención.
Una cámara vigilaba el portal y giró para encuadrar en su objetivo el rostro de la mujer.
Y entonces Ryder supo dónde estaba.
La gente de Beatrice no lo había matado, aunque en aquel momento casi deseaba que lo hubieran hecho. No, lo habían dejado con vida y lo habían soltado como un maldito paquete justo delante del cuartel general de los Shifter Cops.