A la sombra de la Dalia Negra (Policías cambiaformas: investigaciones paranormales nº 3) CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

CARA

Cara metió unas cuantas prendas en la bolsa de viaje.

No quería llevarse nada que le recordara a Beatrice ni nada de lo que apenas se ponía.

Guardó también el móvil y, tras dudar un instante, el portátil.

No tenía ni idea de adónde ir, pero una cosa estaba clara: no podía pasar en aquella casa ni un día más, ni una hora.

Se le hacían insoportables la presencia de su madre y, además, los recuerdos de los días con Ryder.

Le había dado a su madre el nombre del asesino. Casi esperaba verse manchas de sangre en las manos, pero las tenía limpias e impecables, como siempre.

—Venga, no te pongas melodramática —dijo en voz alta, y se sobresaltó al oír su propia voz. En el silencio inquietante de la casa dormida, cualquier ruido le resonaba en los oídos con demasiada fuerza.

¿Debía marcharse sin más o despedirse de su madre como es debido?

Escabullirse de la casa le daría algo de ventaja.

Por otro lado, Beatrice la buscaría y seguro que daba con ella si Cara no le dejaba claro que no quería volver a saber nada de su madre.

Dejó en el suelo la bolsa, sorprendentemente pesada, y salió del cuarto.

Fue hasta el despacho de Beatrice y lo encontró vacío.

El perfume dulzón de su madre aún flotaba en el aire.

El ordenador estaba apagado, pero seguía caliente cuando le puso la mano encima para comprobarlo.

Retiró la mano al instante. Aquello también era cosa de Ryder: pensar con claridad, comprobarlo todo.

La mirada se le fue a los papeles que Beatrice había estado examinando poco antes. Era el informe de la autopsia de su prima. Por un momento pensó en dejar las hojas donde estaban sin leerlas, pero los ojos ya le volaban por la escueta descripción de las heridas.

¿Quién había hecho la autopsia? Los Policías Cambiaformas ya no tenían patólogo desde que su médico forense murió a manos de Melissa. No le sonaba el nombre que figuraba al pie y que identificaba a quien la había practicado: Alison Fletcher.

Cara leyó el informe una vez y luego una segunda, para asegurarse de que no se había equivocado.

No, no cabía duda. La doctora escribía que a Bessie la había matado, sin duda, la misma mano que a las demás mujeres.

Todo coincidía, desde los cortes del cuerpo hasta las mutilaciones.

Incluso el ángulo del cuchillo y la profundidad de las puñaladas eran los mismos.

O había exhumado a las otras víctimas, o le habían bastado los informes para establecer los paralelismos.

Cara no recordaba todos los detalles de los expedientes, y menos aún los médicos, así que no podía decidir cuál de las dos cosas había pasado.

Volvió a dejar los papeles sobre el escritorio y deseó que Ryder siguiera allí.

Él habría podido decirle si el examen de las otras víctimas había sido tan minucioso como el de Bessie.

Pero Ryder no estaba y Bessie había muerto.

Ya daba igual. Todo había perdido el sentido.

Incluso el vídeo de su prima y el jefe no valía nada, porque no tenía relación con su muerte: solo probaba hasta dónde era capaz de llegar su madre en su sed de poder, nada más.

¿Quién, aparte de Beatrice, podría haber obligado a Bessie a hacerlo?

El jefe de la policía humana no era un devoto de su madre, como Cara había creído siempre, sino que ella lo estaba chantajeando.

Una bilis amarga le subió a la garganta.

Beatrice no estaba allí. Cara desaparecería sin más.

No soportaba quedarse ni un segundo más en aquella habitación, en aquella casa.

Giró sobre los talones, pero se detuvo. En el informe de la autopsia se mencionaba algo que le había resultado raro.

Volvió sobre sus pasos hasta el escritorio y buscó el pasaje.

Ah, ahí estaba. En el cuerpo de Bessie habían encontrado restos de una sustancia paralizante que la patóloga había identificado como veneno de escorpión.

Términos como «péptidos básicos» y «kaliotoxina» no le decían nada, pero por suerte la mujer había explicado cómo actuaba el veneno.

En el momento de morir, Bessie estaba paralizada y no pudo defenderse del ataque.

Cara se dio cuenta de que temblaba. Bessie ni siquiera había podido defenderse del ataque porque el asesino la había inmovilizado antes. ¿Habría seguido consciente su prima mientras moría? Cara cerró los ojos y apretó los puños. Tenía que salir de allí, y rápido, o se asfixiaría.

Volvió corriendo, agarró la bolsa de viaje y las llaves del coche y se echó la chaqueta por los hombros.

Un último vistazo: no, no se le olvidaba nada.

¿O sí? Bien escondido detrás de las novelas románticas seguía el libro que le habían prestado las tías.

Soltó la bolsa y apartó los libros de bolsillo.

El libro encuadernado en cuero le pesaba en la mano.

Lo guardó con sus pocas pertenencias y salió.

Ya no le hacía falta el libro. Ningún ritual del mundo podría arrancarle la súcubo que llevaba dentro.

¿Para qué? Ya no servía de nada. Su vida estaba hecha añicos.

Más le valía aceptar lo que era e intentar dominar a esa cosa que vivía en ella en lugar de destruirla.

O podía cortarse las venas y acabar con todo. ¿Tendría el valor de hacerlo?

Por extraño que pareciera, la idea de morir le repugnaba.

Sollozó mientras sacaba el coche a la calle.

Por lo visto, no había caído tan bajo como para perder las ganas de vivir.

No, pensó Cara, no quería morir. Largarse de allí, salir de la esfera de influencia de su madre: eso sí.

Vivir y no volver jamás sería mejor venganza que la muerte.

Beatrice había querido una hija que algún día se hiciera cargo de la organización, que dirigiera la vida de los hombres y las mujeres de Los Ángeles igual que ella.

Y para demostrarle lo efímera que era su riqueza, nada mejor que darle la espalda.