CAPÍTULO 25
RYDER
Ryder sintió los labios de Cara sobre los suyos y reaccionó por instinto.
La rodeó con los brazos y se dejó caer de espaldas sin romper el beso.
Sabía tan dulce y era tan agradable tenerla entre los brazos que él...
Parpadeó: el rostro de Cara empezaba a desdibujarse ante sus ojos.
En ese mismo instante, ella se separó de golpe y retrocedió a gatas.
—Dios, lo siento muchísimo, no quería —soltó—. No sé en qué estaba pensando. ¿Estás bien? ¿Quieres que te traiga un vaso de agua?
—Cara —graznó él, y se incorporó.
El mundo volvió a aclararse. El rostro de ella, con los ojos muy abiertos, lo inquietaba más que su propio desfallecimiento.
—Tranquila. Ya estoy bien.
Las mejillas de ella habían adquirido un tono rosado. Las ganas de volver a besarla eran tan fuertes que tuvo que cerrar los ojos.
—No me has robado tanta energía como para morirme. Ven aquí.
Entonces ella se echó a llorar, así que él se arrimó a su lado.
—No pasa nada, Cara —repitió varias veces—. Espero que al menos supiera bien.
Aquello la hizo reír, aunque solo un poco.
—No volverá a pasar —le prometió, pero se acurrucó de buena gana entre sus brazos.
Ahora entendía por qué algunos hombres se volvían adictos al beso de una súcubo. Jamás había sentido nada parecido. Todo en ella le había parecido perfecto. Aún ahora le parecía sentir la suavidad de aquellos labios y el modo en que la boca de ella se había movido bajo la suya.
—Ha sido la mejor comida de mi vida —susurró ella. Era una broma floja, pero al menos había dejado de llorar.
—Deberíamos retomar donde lo dejamos —propuso él.
—Me refería al caso.
—Ya lo sabía.
Se limpió con un dedo el maquillaje corrido y se miró las yemas negras de los dedos.
—No sé si podré concentrarme.
—Entonces durmamos. A mí también me tiemblan un poco las piernas.
—Puedes dormir aquí, en la cama.
Lo miró con timidez.
—No te tocaré, lo juro. Solo quiero sentir que no estoy sola.
Bastó con verle la cara para saber que no podía negarle lo que le pedía. Parecía infinitamente triste y —sí— también tan desesperanzada que él habría hecho cualquier cosa por aliviarle, aunque solo fuera un poco, la carga que arrastraba desde siempre.
Cuando despertó a primera hora de la mañana, acababa de pasar la noche más casta que había compartido jamás con una mujer. Y también la más hermosa. Miró a Cara, que dormía a su lado con la boca ligeramente abierta. Ya era hora de cerrar el caso de una vez por todas.