A la sombra de la Dalia Negra (Policías cambiaformas: investigaciones paranormales nº 3) CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

RYDER

—Ha sido una jugada inteligente —comentó Ryder cuando salieron de la consulta del médico—. Toma, conduce tú. No sé llegar a casa de tu prima y, si tengo que ir preguntándote el camino, no podremos hablar.

La satisfacción de Cara era inconfundible cuando arrancó el coche.

—No creas que vas a distraerme con un par de halagos. «Inteligente», nada menos. —Se colocó un mechón de pelo detrás de la oreja—. Eres capaz de ser tan condescendiente que resulta increíble. Que sea mujer no significa que sea tonta.

—No quería decir eso en absoluto —se defendió Ryder—. Solo pretendía decir que fue buena idea pedirle su opinión al médico.

—Tienes que dejar de hablar con tanta grandilocuencia —dijo Cara, más para sí misma que para él. Se detuvo ante una señal de stop, miró a la izquierda, a la derecha y de nuevo a la izquierda antes de seguir adelante—. Volviendo a lo que importa: Melissa miente.

—Se me ocurren dos motivos de entrada. Primero, reconoció al agresor y quiere protegerlo, como acabo de decir. Segundo, cree, de un modo bastante retorcido, que su condición de víctima superviviente puede beneficiarla. En ese caso, la pregunta es qué pretende conseguir.

—¿Te refieres a dinero, fama y donantes de sangre dispuestos?

—Sí —confirmó él mientras observaba cómo ella esquivaba con habilidad un todoterreno que circulaba a demasiada velocidad.

Cualquier conductor normal habría soltado una maldición y agitado los puños con gesto amenazador, pero Cara se mantuvo completamente tranquila—.

Y podría haber otro motivo que se nos escapa.

Por ahora. —Metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó una chocolatina.

Se la ofreció a Cara con gesto interrogante y la partió por la mitad cuando ella asintió.

Le entregó el trozo de abajo junto con el envoltorio—.

Es un fastidio que no haya una cámara de vigilancia en el club.

—Hasta ahora no había hecho falta. La presencia de Jack bastaba para poner en su sitio a cualquiera que se desmadrara.

—Y cuanto menos quede documentado lo que ocurre en el club, más segura estará tu madre —comentó él. Ella suspiró, pero no contestó nada.

—¿Qué tenemos hasta ahora? —preguntó Cara mientras giraba a la izquierda. Habían llegado a uno de los barrios más pobres. La basura se amontonaba junto al bordillo y los coches aparcados no eran más que cacharros a punto del desguace.

—Tenemos a un asesino que mata siguiendo un precedente histórico.

—Levantó un dedo—. Ojalá supiéramos por qué comete sus crímenes.

Normalmente hay una pregunta que impulsa la investigación: cui bono, es decir, quién sale beneficiado.

Pero aquí… —Negó con la cabeza—. Aquí no hay respuesta.

Nadie se beneficia de la muerte de estas mujeres.

—Tal vez estás haciendo la pregunta equivocada.

—Cara se detuvo delante de una casa destartalada con una tienda en la planta baja.

Al menos, supuso que detrás de los escaparates cegados había productos expuestos.

Incluso el letrero de encima de la entrada estaba tan incrustado de suciedad que resultaba imposible descifrar lo que ponía—.

Si le das la vuelta a la pregunta y te preguntas a quién perjudican los asesinatos, obtienes una respuesta plausible.

—¿Quieres decir que alguien está montando todo esto para deshacerse de tu madre?

—Eso, o buscamos a un asesino en serie que mata por puro placer —respondió ella con absoluta seguridad.

Ryder también lo había pensado. No podía descartar esa posibilidad, pero había algo en la idea que no encajaba.

—Los asesinatos son demasiado selectivos para eso.

Quienquiera que esté detrás busca la atención del público.

¿Por qué iba a recrear el asesinato más famoso de la ciudad si no fuera para provocar inquietud?

Tienes razón, he hecho la pregunta equivocada.

—Miró hacia fuera—. ¿Y aquí es donde vive tu prima?

—Podría haberse mudado con nosotras, pero no quiso. Creo que todavía espera que su madre la perdone algún día. —Señaló la tienda que él acababa de mirar—. Esa es la tienda de mis tías. Bessie tiene una habitación al otro lado de la calle.

—Sois una familia peculiar.

—Mis tías son especiales —admitió ella—.

Delia y Margaret son extremadamente conservadoras y, cuando Bessie salió del armario, Delia se quedó destrozada.

Nunca la perdonó. Pero creo que, en secreto, se alegra de poder echarle un ojo a su hija de vez en cuando y saber que está bien.

—Se desabrochó el cinturón de seguridad—.

No hace falta que vengas conmigo —dijo Cara mientras se disponía a salir del coche—.

Solo quiero comprobar que Bessie está bien y vuelvo enseguida.

—Mientras tanto, les haré una visita a tus tías —aceptó Ryder. Acompañó a Cara hasta la entrada y observó cómo pulsaba el timbre varias veces. No ocurrió nada.

—Subiré a dejarle un mensaje —dijo Cara mientras rebuscaba en el bolso—. Para emergencias como esta —añadió, y alzó el llavero con aire triunfal.

—Déjame ir contigo —dijo Ryder cuando se abrió la puerta principal. Un leve olor a sangre le llegó a la nariz. Y había algo más que se le escapaba. Un aroma vagamente familiar que, sin embargo, no lograba identificar—. O mejor aún, dame la llave. O vuelves al coche o te vas con tus tías.

—¿Qué ocurre? —Lo agarró del brazo—. ¿Hueles algo? ¿Dónde? ¡Bessie vive arriba del todo, bajo el tejado!

Subió corriendo las escaleras. En su precipitación, subía los peldaños de dos en dos. Él la siguió pegado a sus talones y no dudó cuando las manos temblorosas de Cara intentaron en vano meter la llave en la cerradura. Ryder le quitó la llave.

—Lo siento mucho, Cara —dijo, y la atrajo hacia sí. Durante un segundo, ella se puso tensa entre sus brazos; después se abandonó. Dejó caer los hombros hacia delante y un sollozo silencioso le sacudió el cuerpo.

—¿Estás seguro de que es Bessie y de que ya es demasiado tarde? —Su voz, normalmente melodiosa, no era más que un susurro ronco, como si cada palabra le causara dolor.

—Sí a las dos preguntas. —Hundió la nariz en su pelo y le dio un minuto para asimilar el golpe—. Tenemos que avisar a la policía —dijo, pero Cara negó con la cabeza.

—Si haces eso, es como si pusieras un anuncio en el periódico. —Ryder sintió el movimiento de su boca contra la camisa—. Llamaré a mi madre. Ella avisará al jefe y tu tapadera seguirá intacta.

Era absurdo, pero, de un modo disparatado, sintió alivio cuando ella por fin lo dijo.

—¿Cuánto hace que lo sabes?

Notó que se encogía de hombros.

—No sabría decirlo. En algún momento tuve la certeza de que no eras un hombre lobo buscando trabajo, sino un policía.

—Ryder quiso preguntarle por qué no se lo había contado a su madre, pero Cara se le adelantó—.

Por favor, no me dejes sola ahora, Ryder.

—Alzó la cabeza—. Lo único que necesito ahora mismo es un amigo. Acabemos con esto. ¿Me lo prometes?

Sin proponérselo, asintió.

—Saldremos de esta juntos. Te lo prometo.