CAPÍTULO 18
CARA
Melissa estaba sentada muy erguida en la cama del hospital, bebiendo un Bloody Mary de verdad.
La pajita del vaso no era lo único que delataba su condición de convaleciente, pero, en conjunto, a Cara le pareció que se había recuperado sorprendentemente rápido.
Para su sorpresa, Jack estaba sentado junto a la cama, sujetando la mano libre de su novia, compañera de cama o lo que fuera para él.
Las duras palabras con las que había despreciado aquella relación aún resonaban en la cabeza de Cara.
Ryder, a su lado, parecía menos sorprendido, o puede que simplemente se le diera mejor que a ella ocultar lo que sentía.
Le había costado convencerlo, pero al final la había llevado con él.
En realidad, ella solo se había colado en su habitación para romper por fin el silencio opresivo que se había instalado entre ellos.
Desde su arrebato en el viaje de vuelta del Red Rose, él se había cerrado en banda y la esquivaba.
Los ruidos de la habitación de al lado delataban su presencia, pero, en lugar de cumplir la promesa de contarle lo que averiguara, no había dicho una palabra.
La única explicación lógica de su comportamiento era el asco que debía de sentir hacia ella por ser una súcubo.
Pero Cara ya no podía seguir teniendo en cuenta sus susceptibilidades. Necesitaba avanzar de una vez; el tiempo se le agotaba. El hambre era soportable, apenas un rugido sordo en las entrañas.
—¿Cómo estás, Melissa? Hola, Jack.
Lo segundo le salió bastante más frío que el saludo a la vampira. Tardaría mucho en perdonarle a Jack la condescendencia con la que había hablado de Melissa.
—Bastante bien, creo.
Era evidente que hablar le dolía. Los cortes de las comisuras de la boca seguían viéndose con toda claridad y brillaban de un rojo agresivo sobre la palidez vampírica.
El contraste entre aquella terrible sonrisa artificial y la perfección del resto del rostro resultaba insoportable, pero Cara se obligó a mirar.
No le haría ningún favor a Melissa si apartaba la vista y fingía que no había pasado nada.
Ryder se quedó detrás de ella. Le dejó a ella la tarea de romper el hielo y preparar a Melissa para el interrogatorio.
—¿Hay algo que pueda hacer por ti?
—Puedes decirle al Doc Snyder que me deje salir de una vez —respondió Melissa, y apartó la mano de la de Jack—. No puedo permitirme perder más tiempo aquí. Necesito el dinero que gano en el club.
—Pero tus heridas aún no se han curado —dijo Cara, horrorizada.
Lo que pensó a continuación no lo dijo en voz alta.
¿Qué hombre pagaría por dejar que una vampira desfigurada bebiera de él?
Sabía que había muchos a los que les encantaba ofrecer su sangre, igual que ella, como súcubo, podría encontrar víctimas dispuestas de sobra si quisiera.
Pero, a diferencia de Melissa, no era capaz de hacer daño a nadie solo para poder vivir.
Ahora que la cara de Melissa se parecía más a la mueca de un payaso siniestro, sus clientes se mantendrían lejos.
Sin embargo, había subestimado tanto a la vampira como el morbo de los hombres.
—Créeme, hay un montón de gente que me dejará beber. Probablemente más que antes. No olvides que soy la única víctima que ha sobrevivido al Asesino de la Dalia.
—Yo... puedo hablar con mi madre —se ofreció Cara. Todo su ser se resistía a la idea de exponer a Melissa al terror de volver tan pronto al Red Rose—. Estoy segura de que Beatrice te ayudará económicamente hasta que superes el trauma del ataque.
—Yo también se lo he ofrecido —comentó Jack. Había vuelto a cogerle la mano a Melissa y se la apretó.
—No quiero limosnas —rechazó la oferta la mujer de la cama del hospital. Su tono dejaba claro que lo decía en serio—. Si no quieres que trabaje en el Red Rose, no tienes más que decirlo, Jack, cariño.
Cara frunció el ceño al oír el tono mordaz con el que pronunció el apelativo cariñoso.
—Seguro que me las apaño sin ti.
Jack gruñó. En el silencio de la habitación, aquel sonido animal le resultó tan ajeno a Cara que se estremeció. No sabía qué más decirle a Melissa ni qué otra ayuda ofrecerle. Por lo visto, la vampira estaba decidida no solo a sacar lo mejor del ataque, sino a hacer negocio con él.
—Has tenido mucha suerte —intervino Ryder. Se abrió paso junto a Cara hasta quedar frente a Melissa—. Parece que te estás recuperando a una velocidad asombrosa. Eso está bien.
Parecía decirlo de corazón. ¿Y por qué no? El pulso de Cara se aceleró. Se hizo un poco a un lado para dejarle a Ryder la iniciativa.
—Cuéntanos lo que recuerdes.
—Ya se lo he contado a Jack y también a ese idiota de oso cambiaformas de la policía. No recuerdo nada, salvo una sombra que se abalanzó sobre mí. Luego llegó el dolor. Perdí el conocimiento. Eso es todo.
Las frases cortadas convencieron a Cara de que decía la verdad, pero Ryder no parecía convencido. Se acercó más a la cama y se inclinó sobre la mujer, que hundió la cabeza en las almohadas sin querer.
—¿Qué hacías en el club a esas horas?
¿Cómo no se le había ocurrido a ella? En circunstancias normales, Melissa debería haber estado durmiendo a la hora del ataque.
Los vampiros no se consumían en cenizas bajo la luz del sol, como aseguraban las películas y los libros, pero de día estaban mucho más aletargados y se movían con dificultad.
—Me quedé a dormir allí. En algún momento me desperté con hambre y bajé al bar a por sangre de la nevera.
—Te encontraron en el pasillo, cerca de la entrada trasera. Eso queda bastante lejos del bar —señaló Ryder.
—Entonces el cabrón tuvo que arrastrarme hasta allí —replicó Melissa con voz estridente—. ¿No deberías estar buscando al tipo que hizo esto —se llevó las manos a las cicatrices de la cara— en vez de tratarme como a una sospechosa?
Luego bajó las manos. Esta vez fue ella la que entrelazó sus pálidos dedos con los de Jack.
—Eso es exactamente lo que queremos hacer —dijo Ryder con calma—. Pero para eso necesitamos tu ayuda.
La miró fijamente hasta que Melissa bajó la vista.
—Lo siento, pero de verdad no sé qué pasó.
El pecho le subía y bajaba bajo la manta. Debía de ser un reflejo de cuando aún estaba viva, pensó Cara. En situaciones de tensión, seguramente el cuerpo recordaba sus orígenes humanos.
Ryder asintió como si no hubiera esperado otra cosa y se apartó de la cama.
—Qué lástima —comentó—. Entonces no te molestamos más. Pero, si recuerdas algo, ponte en contacto con Cara.
—Hablaré con mi madre —añadió Cara enseguida—. Creo que es mejor que te quedes unos días más al cuidado de Snyder. Además, la policía todavía no ha levantado el precinto del Red Rose, ¿no?
Miró a Jack.
—No, pero lo hará mañana como muy tarde —respondió el cambiaformas león a la pregunta de Cara—. Y no hace falta que hables con Beatrice. De Melissa me encargo yo.
—Nos vemos —dijo Ryder, y tiró con suavidad del brazo de Cara.
Después de echar una última mirada a la extraña pareja, Cara cerró la puerta tras de sí.
—¿Por qué no acepta ayuda? No lo entiendo.
—Porque no quiere deberle nada a nadie —respondió Ryder en voz baja—. Lo puedo entender. —Zanjó el asunto con un gesto de la mano—. Lo que me parece más revelador son sus lagunas de memoria.
—Ha sufrido un trauma grave —señaló Cara—. No es de extrañar que su cerebro bloquee el recuerdo.
Ryder sacudió la cabeza con vehemencia.
—Miente —afirmó con convicción—. Lo sé con absoluta certeza. Está faltando a la verdad a propósito. Eso significa que reconoció al hombre y quiere protegerlo. La cuestión es por qué.
En ese momento pasaron frente al despacho de Snyder.
El hombre de pelo canoso estaba sentado tras el escritorio y levantó la vista.
No sonrió al ver a Cara y a Ryder. Al menos su hijo no andaba por allí, pensó Cara.
Clive le recordaba a un enterrador que seguía al doctor a todas horas, siempre a la espera de hacerse con un cadáver, como un buitre.
Movida por un impulso, tiró de Ryder para que la acompañara.
—Buenos días, doctor —empezó—. Acabamos de estar con su paciente.
—Lo sé —comentó él.
Cara notó que se ruborizaba. Claro que lo sabía. Aquella era su casa. Habían llamado al timbre y Clive les había abierto.
—Ha dicho que se encuentra bien y que quiere volver a trabajar. ¿Qué opina usted? ¿Está en condiciones? Quiero que haga por ella todo lo necesario, cueste lo que cueste.
—Su madre ya se ha ocupado de eso.
La silla crujió cuando se recostó. Sus ojos azules, tan parecidos a los de su hijo en forma y color, aunque de expresión completamente distinta, fueron de ella a Ryder y otra vez a ella.
—Nada impide un alta anticipada —dijo al cabo de un momento.
—¿Quiere decir que sus heridas están cicatrizando más deprisa de lo previsto? —Se obligó a sonreír.
—Las heridas más graves las tiene en la cara —confirmó el doctor—.
Todo lo demás eran poco más que arañazos.
No me malinterprete —añadió enseguida al ver la duda en el rostro de Cara—.
Un humano habría muerto por esto e, incluso para un cambiaformas, las probabilidades habrían estado al cincuenta por ciento. Pero, siendo vampira, ha tenido suerte.
—Es bueno saberlo. Me alegra que esté bien, al menos físicamente. Mi madre se alegrará también. Gracias, doctor.
Sonaba como si hablara de la reina, pensó Cara con cierto desprecio hacia sí misma.
—Una cosa más —se apresuró a añadir para disimular su bochorno—. ¿Cómo está Cope? Por desgracia no tengo tiempo de pasarme a verlo, pero quizá podría decirle que todos estamos deseando que vuelva.
—Se recupera conforme a su naturaleza. Despacio, pero a conciencia, diría yo.
—Adiós, doctor Snyder. A veces no sé qué haríamos sin usted.
—Seguro que habría alguien más —murmuró con voz apenas audible.