CAPÍTULO 20
CARA
Ryder cumplió su promesa. No se separó de ella e incluso la acompañó al funeral de Bessie. A nadie pareció importarle. Cara se preguntó si los demás estaban ciegos. ¿Por qué nadie más que ella se daba cuenta de que era policía?
Dio con la respuesta mientras esperaba detrás de la tía Delia junto a la tumba, recibiendo las condolencias de los asistentes.
Solo a solas con ella se le resbalaba la máscara.
Para todos los demás no era más que un tipo al que su madre había contratado para proteger a su preciada hija.
Solo veían lo que querían ver; en este caso, un hombre lobo haciendo su trabajo.
Incluso para Beatrice, que había averiguado, sabe Dios por qué vía, qué buscaba Ryder en realidad en Los Ángeles, él no era más que una herramienta.
Mientras ambos persiguieran el mismo objetivo, encontrar al asesino de mujeres, ella le pasaba por alto la mentira.
La pregunta era qué ocurriría cuando lo consiguiera.
Como para burlarse de todas las lágrimas que derramaban las mujeres de la familia, el día en que dieron sepultura al cuerpo de Bessie amaneció excepcionalmente hermoso.
Cara fue la única que no lloró. Incluso su madre tenía los ojos húmedos y había intentado abrazar a Delia.
Quizá solo quería demostrar ante los demás que la familia seguía unida pasara lo que pasara.
Cara se avergonzó de aquel pensamiento cínico, pero no pudo impedir que sus reflexiones fueran un paso más allá.
Ahora tenía que quedarle claro a todo el mundo que los de Luca no tenían nada que ver con los asesinatos.
La noticia de la muerte de Bessie y de su pareja había corrido como la pólvora.
Literalmente todo el mundo en la ciudad parecía saber que ni siquiera los de Luca eran inmunes a los ataques de un hombre al que nada ni nadie podía detener.
La muerte de Bessie quizá no fuera lo mejor que podía haberle ocurrido a Beatrice, pero tampoco lo peor.
No era de extrañar que las tías le hubieran dado la espalda a su madre y solo le hablaran cuando no les quedaba más remedio.
Ryder, de pie detrás de ella, le apoyó un momento la mano en el hombro.
Cara cerró los ojos. Ansiaba tranquilidad y una copa.
Aquello que un día había sido Bessie y que ahora yacía bajo un montón de tierra no tenía nada que ver con su prima.
Quería recordar a la Bessie risueña, la que escuchaba embelesada una sucesión de notas en la radio o abrazaba a Cara, y no el cuerpo partido en dos que ella y Ryder habían encontrado en el dormitorio.
Las náuseas del estómago, que no la habían abandonado desde que vio los dos cuerpos de mujer, se intensificaron, y sintió unas ganas enormes de un vaso de algo fuerte. Una ginebra le vendría bien para quitarse el sabor a ceniza de la boca.
El asesino había cometido un error al elegir a Bessie y a su amante como víctimas.
Como para burlarse de Cara y de su familia, esta vez se había desviado de su modus operandi, como lo llamaba Ryder, y les había dejado un mensaje.
Esas eran palabras de Ryder, no suyas. Ella no habría descubierto ningún mensaje en aquellos miembros ni aunque la amenazaran de muerte.
Ryder, en cambio, opinaba que la recolocación de las mitades de los cuerpos iba claramente dirigida contra los de Luca y, en especial, contra su madre.
—Quiere decirte que es omnipotente, que puede hacer lo que le dé la gana—había sido la explicación de Ryder.
Habían unido la mitad superior del cuerpo de Bessie con la inferior del de su amiga, y viceversa. Las dos yacían la una junto a la otra en la cama empapada de sangre.
Cara se sacudió el recuerdo y vio que el gentío que se agolpaba ante la tumba de Bessie iba disminuyendo poco a poco. Cuando por fin desaparecieron todos los desconocidos, se acercó a sus tías.
—Lo siento muchísimo—dijo, y abrazó primero a la tía Delia y después a Margaret.
Cara siempre había envidiado el estrecho vínculo que las unía.
Le vino a la mente el viejo dicho de que las penas compartidas pesan menos.
A ellas dos, desde luego, se les podía aplicar.
El rostro de Margaret estaba tan gris como el de Delia, que era quien había dado a luz a Bessie.
Para las dos debía de ser insoportable no haberse reconciliado con ella antes de que muriera.
Cara ni siquiera intentó contener las lágrimas.
—Te prometo que lo encontraremos y que responderá por lo que le hizo a Bessie—dijo, apretando los huesudos hombros de Delia. Su tía medía una buena cabeza menos que ella y solo le devolvió el abrazo con cierta vacilación.
—Todavía no puedo creer que mi niña esté muerta—dijo, mecánicamente, como si recitara algo aprendido de memoria.
Beatrice se colocó al lado de Cara y estaba a punto de abrazar a Delia cuando, de pronto, la menuda figura se animó. Su mano salió disparada y empujó a Beatrice en el pecho.
—Lárgate de mi vista—siseó—. Es culpa tuya que Bessie haya tenido que morir.
Margaret asintió. Cara vio que Ryder se interponía con suavidad entre Delia y Beatrice.
—Mi más sentido pésame, señora Rivington, señorita Rivington—dijo con voz amable.
Así que sabía que las dos llevaban el apellido de la familia. Era un detalle sin importancia, pero Cara volvió a comprobar con cuánto cuidado debía de haberse preparado para su misión.
Sus tías dirigieron la mirada hacia él. Beatrice aprovechó la ocasión para dar media vuelta y desaparecer sin decir nada.
Cara no se ocupó más de su madre. Vio a Cope, ya recuperado, apoyado en un árbol a cierta distancia, y enfrente de él aguardaba otro hombre para acompañar a Beatrice hasta el coche.
Cara volvió a centrar la atención en sus tías.
Margaret se había quitado el sombrero. El peinado, un moño desaliñado, empezaba ya a deshacerse.
De hecho, parecía que las tías habían cuidado su aspecto aún menos que de costumbre.
Iban de negro, pero era un negro desvaído, y la ropa estaba remendada y raída por algunos sitios.
—Si hay algo que pueda hacer por vosotras—empezó, pero Delia la interrumpió.
—Sí que lo hay—dijo—. Encuentra al hombre que ha hecho esto y tráenoslo.
Cara no miró a Ryder. Cuando respondió, tenía el corazón encogido.
—Te prometo que pagará por ello—dijo con evasivas; pero, por supuesto, a sus tías no se les escapó que estaba escurriendo el bulto para no hacer una promesa directa. Los ojos azules de Delia y los verdes de Margaret se entrecerraron.
—Este es Ryder Grey—dijo, y lo hizo adelantarse.
Cara no mencionó que era su guardaespaldas. En primer lugar, no hacía falta y, en segundo, no quería recordarles a sus tías que Bessie no había tenido a nadie que la protegiera de aquel ataque traicionero.
—Me va a ayudar. Pero para eso necesitamos vuestro permiso para echar un vistazo al piso de Bessie. Creemos que la eligieron a propósito para… hacer daño a Beatrice. Lo siento muchísimo—repitió una vez más—. Puede que encontremos algo que revele su identidad.
Lo que no les contó a sus tías fue otra cosa.
Bessie le había pedido hablar con ella y, en medio del caos del ataque del vampiro, Cara no había llegado a atender aquella petición.
Ryder y ella estaban convencidos de que Bessie sabía algo que podía resultar peligroso para el asesino y de que por eso la habían quitado de en medio.
Que encima fuera la sobrina de Beatrice no era más que la perversa guinda del pastel para el asesino.
Cara notó la desaprobación de Ryder por haber pedido permiso a las tías en lugar de usar su llave. En ese punto concreto se había mantenido firme: no quería fisgonear en el piso de la fallecida, como ella lo llamaba, sin una autorización explícita.
—Si creéis que vais a encontrar algo útil ahí, adelante.
Fue Margaret quien habló en nombre propio y de su hermana. Delia se concentró en Ryder y no le quitó los ojos de encima.
—Gracias—dijo Cara, y besó a las dos mujeres en la mejilla.
—Pásate luego con el lobo a tomar el té—propuso Delia.
Durante un segundo, a Cara le molestó lo mundano de la propuesta. Sonaba como si se hubieran encontrado por casualidad, y no como si estuvieran junto a la tumba de Bessie.
—Puede que sea tarde, señora Rivington, y no queremos molestarla en su duelo.
Cara comprendió por qué las habían invitado sus tías: querían enterarse de primera mano de si Ryder y ella habían encontrado algo.
—No nos molestas —insistió Margaret.
—No puedo prometerte nada, tía Margaret —respondió Cara, aunque se le partía el corazón.
Las dos mujeres intercambiaron una mirada.
—No dijimos nada cuando nos pediste ayuda a espaldas de tu madre —dijo entonces Delia—. Estuvimos ahí cuando nos necesitaste. Te conseguimos libros y mantuvimos la boca cerrada.
—Tía Delia, os estoy eternamente agradecida por eso —empezó Cara, que se iba sintiendo cada vez más incómoda.
—Pero ¿no lo suficiente como para entregarnos al asesino de nuestra niña? Ha matado a tu prima, Cara. Era de tu familia, y sé que te quería. ¿Y así es como se lo pagas a ella y a nosotras, después de todo lo que hemos hecho por ti?
—Por favor —suplicó Cara—. No me lo pongáis tan difícil. Juro que pagará por lo que ha hecho, pero no puedo daros más que eso.
—Piénsatelo, niña —dijo Delia, y posó una mano en el brazo de su hermana.
—Nos vamos ya —zanjó la conversación Ryder, y, por una vez, Cara agradeció su tendencia a tomar decisiones por ella—. Gracias por el permiso.
Asintió con cierta rigidez, la cogió del brazo y juntos abandonaron el cementerio.