CAPÍTULO 14 #2
Media hora más tarde, el Doc y su siniestro hijo ya se habían llevado a Melissa.
Jack bebía una ginebra tras otra, pero el alcohol no parecía hacerle ningún efecto: se le veía completamente sobrio.
Ryder examinaba el pasillo y el aparcamiento.
Cara se preguntó qué pensaría Jack de que su supuesto guardaespaldas anduviera buscando pistas.
Resonó el ruido de una puerta al abrirse, voces, pasos. Un hombre corpulento se acercó a ellos con paso decidido, y entonces Cara vio lo que Jack había oído hacía ya rato. Ya no estaban solos. Había llegado la policía.
Reconoció al cambiaformas oso: era Harold Cosburn, el subjefe de los Policías Cambiaformas.
—Señorita de Luca, señor Sorrentino.
De él no sacarían más que ese saludo seco.
Se notaba en la forma en que miró a su alrededor sin pedirle permiso a Jack ni con un gesto.
A Cara le pareció recordar que Beatrice había dicho una vez que Cosburn era el único hombre de los Policías Cambiaformas en quien confiaba, por la sencilla razón de que no aceptaba sobornos.
—¿Es cierto lo que dice el lobo de ahí fuera? Afirma que es su nuevo guardaespaldas.
Cara oyó a Jack rechinar los dientes, porque Cosburn no le prestaba la menor atención.
—Así es. Es nuevo en la ciudad y necesitaba trabajo.
Sabía que Cosburn percibiría su nerviosismo, sencillamente porque estaba hablando demasiado. Un simple «sí» habría bastado. No tenía por qué explicar por qué Ryder trabajaba para su madre.
—Pues ha tenido suerte de haberse cruzado con usted —observó el cambiaformas oso.
Con eso, el asunto de Ryder pareció quedar zanjado para él, porque se adentró más en la sala y recorrió el suelo con la mirada, de arriba abajo, como si el asesino pudiera salir de un rincón de un salto en cualquier momento y confesar su crimen.
—¿No deberías estar ahí fuera recogiendo pruebas o lo que sea que hagáis todo el día? —intervino Jack.
Salió de detrás de la barra y se plantó justo al lado de Cara.
Cosburn giró la cabeza despacio.
—Mis chicos ya están en ello —gruñó, y volvió hacia la barra.
Apareció otro hombre, esta vez con Ryder a remolque, al que arrastraba sin ningún cuidado.
Llevaba las manos esposadas por delante del cuerpo.
Tenía el aspecto algo desaliñado, como si los policías de fuera lo hubieran zarandeado a conciencia, y una marca enrojecida bajo un ojo, como si se hubiera visto en una pelea.
Qué raro, pensó Cara. O no sabían que Ryder también era policía —y de eso estaba bastante segura—, o le habían dado una paliza para no poner en peligro su tapadera.
—Quítale las esposas —ordenó Cosburn a su hombre, que le lanzó una mirada furiosa, pero obedeció.
Ryder se sacudió como un perro mojado y ocupó su puesto al otro lado de Cara. Ella puso los ojos en blanco para sus adentros, dejó a los dos hombres donde estaban y se acercó a Cosburn.
—A ver, explíqueme primero por qué me llaman a la escena de un asesinato y aquí no hay ningún cadáver. Su guardaespaldas acaba de decirme que la mujer no está muerta, sino que, mientras tanto, se la ha llevado ese matasanos de Snyder. ¿Es cierto?
—Había perdido mucha sangre y al principio pensamos que estaba muerta —dijo Cara—. Es una vampira —añadió, porque era la explicación más plausible para la confusión.
Todos los presentes sabían que los vampiros no estaban ni muertos ni vivos y que resultaba muy difícil matarlos.
Sobrevivían a casi cualquier cosa. Cara pensó en el forense de los Policías Cambiaformas, partido por la mitad igual que la Dalia Negra.
De una herida así no se habría recuperado ni un vampiro.
—¿Quién es la mujer?
La pregunta iba dirigida a todos, no solo a Cara.
—Se llama Melissa y trabaja aquí.
Cara evitó a propósito mirar a Jack mientras responder a Cosburn. Dejaría que el cambiaformas león decidiera cuánto quería contar sobre su relación con Melissa. Por lo que ella sabía, quizá solo se acostaban de vez en cuando, sin nada más serio que el deseo como base de su vínculo.
—No llevo suficiente tiempo en la ciudad para conocerla —respondió Ryder—. La he visto aquí alguna vez, pero no era muy habladora.
—¿Y usted, señor Sorrentino? —Cosburn miró a Jack—. Si no recuerdo mal, hace ya bastante que Los Ángeles es su hogar. ¿Conocía a la fallecida?
—Nos acostamos unas cuantas veces —dijo Jack por fin—. No era nada serio, solo diversión.
Cara se tapó la boca con la mano y buscó algo a lo que agarrarse. La fría descripción de Jack volvía el ataque a Melissa, por extraño que pareciera, aún más doloroso.
Cosburn le acercó una silla con el pie. Ryder apareció a su lado y la ayudó a sentarse.
Se quedó de pie junto a ella, con los brazos cruzados sobre el pecho, sin volver a tocarla.
Se comportaba de verdad como un guardaespaldas, pero en ese momento Cara agradeció tenerlo cerca.
El efecto del alcohol se había desvanecido y el frío se le extendía por dentro de forma cada vez más evidente.
—Melissa trabaja arriba —añadió Jack.
Cara vio cómo la boca de Cosburn se torcía de asco. Así que sabía lo que pasaba allí arriba.
—El equipo forense examinará su habitación.
Hizo salir al otro policía y le ordenó que avisara a la nueva especialista en escenas del crimen.
A Cara se le revolvió aún más el estómago al pensar que aquella mujer había llegado, probablemente, para cubrir el hueco que dejó la muerte del forense.
No era de extrañar, entonces, que Cosburn se mostrara tan poco cauteloso.
Cara sabía que los Policías Cambiaformas tenían un acuerdo con Beatrice y que por lo general hacían la vista gorda con sus negocios.
Pero o Cosburn era de verdad incorruptible, o el hecho de que hubieran asesinado a uno de los suyos les había recordado sus obligaciones.
En cierto modo, Cara no podía evitar admirar al cambiaformas oso.
Como el jefe estaba por completo bajo el hechizo de su madre, a Cosburn le esperaba un buen rapapolvo más tarde.
O quizá no, pensó. En Los Ángeles no pasaba nada sin la aprobación de Beatrice. De niña, Cara había creído que su madre era capaz de dar órdenes incluso a los pájaros del cielo. Hoy sabía que aquella suposición infantil se acercaba bastante a la verdad.
—¿Aún nos necesitan? —Le tembló la voz; ella misma lo notó.
—Primero, explíqueme qué hacía aquí a estas horas, señorita de Luca.
—Ahora mismo trabajo aquí de camarera y quería comprobar el inventario.
Al menos había tenido la previsión de preparar una respuesta plausible para los policías durante el trayecto hasta el Red Rose y de ponerse de acuerdo con Ryder. Esta vez no cometió el error de recargarla con información innecesaria.
—¿Ha notado algo extraño en los últimos días que pudiera tener relación con el ataque a la mujer? ¿Tenía alguna visita que la asustara o cuyo comportamiento fuera poco habitual? —Hizo una pausa significativa antes de pronunciar la palabra «visita».
—Que yo sepa, no —respondió Cara—. Apenas tuve contacto con ella. Las chicas de arriba casi nunca bajan al bar. Prefieren ir a lo suyo. Y yo no tengo ningún motivo para subir.
—Todo estaba como siempre. A Melissa le gustaba su trabajo —intervino Jack en tono defensivo.
¿Qué le pasaba? Un momento antes había hablado de Melissa como si no fuera para él más que un pasatiempo, ¿y ahora se defendía?
—Hablaremos en un momento, señor Sorrentino.
La gélida cortesía del cambiaformas oso no era algo que Cara hubiera querido sufrir en sus propias carnes. Por primera vez no solo le pareció competente, aunque algo pausado, sino un hombre al que más valía no llevar la contraria.
—¿Cuánto tiempo lleva trabajando en el Red Rose? —Ahora volvía a tocarle a Cara.
—Ocho días.
Se mordió la lengua. Ocho días desperdiciados en los que no había descubierto absolutamente nada. No le consolaba que a los investigadores profesionales no les fuera mejor.
—¿Adónde cree que va? —Cosburn alzó la voz.
Cara volvió la cabeza y vio que Jack ya no estaba en la barra, sino en el pasillo.
—A mi despacho —respondió Jack. Se había dado la vuelta y fulminaba al policía con la mirada—. Si va a interrogarnos como testigos, Cosburn, debería hacerlo en condiciones e interrogarnos a cada uno por separado.
—Antes ya han tenido tiempo de sobra para poner de acuerdo sus declaraciones. Hágame el favor de quedarse aquí.
Jack volvió y ocupó de nuevo su sitio en la barra.
Ryder, que no había dicho una sola palabra en todo ese tiempo, aprovechó la ocasión para dirigirse al policía:
—La señorita de Luca ha sufrido una fuerte impresión. Me gustaría llevarla a casa ya, si no le importa, detective.
El cambiaformas oso suspiró teatralmente.
—Gracias por recordarme mi obligación para con nuestra benefactora.
Cara dio un respingo. Aunque había hablado con calma, el desprecio en su voz era inconfundible.
—Puede marcharse.
—Puede volver a interrogarme más tarde —se apresuró a decir ella—. Vivo...
Se calló. ¡Como si el detective no supiera dónde encontrarla!
—Volveré aquí después de las nueve —añadió.
—No lo creo, señorita de Luca —intervino Cosburn—. Esto es la escena de un crimen, ¿o ya se le ha olvidado? Avisaré al señor Sorrentino cuando pueda volver a abrir el club.
A su madre no le haría ninguna gracia, pero a Cara no le importaba pasar la noche en casa, metida en la cama. O en un baño abrasador. Tenía la sensación de que no volvería a entrar en calor en la vida.