CAPÍTULO 14
CARA
Cuando se despertó al día siguiente, el sol ya estaba alto y Ryder se había marchado. Cara se incorporó y lo primero que vio fue el sofá vacío frente a la cama, con la colcha arrugada. No se oía el agua de la ducha de al lado. ¿Dónde se había metido?
Se levantó y se estiró. Como siempre después de una recarga de energía, se sentía tan rebosante que se creía capaz de enfrentarse al mundo entero. Al instante siguiente, el recuerdo de la figura desplomada que Jack había llevado de vuelta al Red Rose se impuso a su euforia.
Era como una yonqui que, con cada chute, estaba convencida de que sería el último.
Buscó con la mirada el libro que le habían prestado Delia y Margaret.
A Cara le ardieron las mejillas de vergüenza al pensar en lo mucho que había perdido de vista su verdadero objetivo en los últimos días.
La presencia de Ryder la había sumido en una calma engañosa.
Tragó saliva para deshacer el nudo que tenía en la garganta mientras cogía ropa al azar del armario.
¿De verdad había imaginado que un hombre sería la solución a todos sus problemas?
Era justo lo contrario. Oh, desde luego, él no lo había hecho a propósito.
¿O sí? Que la mataran si había sido la casualidad la que lo había traído a Los Ángeles.
Era cualquier cosa menos un hombre lobo que «vagaba» sin rumbo.
Quería echarse a reír, pero solo le salió una mueca.
Los siete días —hoy ya eran ocho— a su lado habían bastado para sembrarle dudas sobre su historia.
Si algo olía a queso y sabía a queso, era queso.
Si alguien hablaba como un policía y pensaba como un policía...
Tiró de la camiseta: el cuello, demasiado estrecho, no le pasaba por el pelo revuelto.
—Maldito trapo —gritó, frustrada, y volvió a bajársela.
—¿Problemas?
Era casi previsible que Ryder entrara justo en el momento en que ella perdía la batalla contra la prenda. Al menos ya llevaba puestos los vaqueros y se había enfundado una camiseta de tirantes.
—No —respondió con brusquedad, y alargó la mano hacia la siguiente prenda, una blusa roja. Se detuvo a mitad del gesto—. ¿Qué ha pasado?
Sintió frío. La expresión de Ryder era seria, demasiado seria.
¿Habría descubierto su madre que él jugaba a dos bandas?
Con una sacudida que le llegó hasta los dedos de los pies, se dio cuenta de otra cosa: le daba igual que fuera policía.
Intentó vaciar su cara de todo lo que pudiera delatarla, pero ya era tarde.
—Cara —empezó él, pero ella lo silenció con una mirada.
—Lo que sea que quieras confesarme, déjalo. ¿Sabes cuál es la regla de oro cuando tienes un secreto? Tres son uno de más, y a veces hasta dos lo son.
—Hablaremos más tarde —dijo él, y alargó la mano como si quisiera ayudarla a abrocharse la blusa.
Ella se la apartó de un manotazo.
—Las manos quietas —lo amenazó, y lo decía totalmente en serio. El día anterior había absorbido energía suficiente para los próximos días, pero no quería tentar a la suerte.
—Tenemos que hablar —repitió—. Pero tienes razón. Ahora no. Ha llamado Sorrentino. Hay un cadáver de mujer en el aparcamiento del club y tu madre me ha ordenado que inspeccione la escena del crimen contigo.
—Los hombres lobo normales no inspeccionan escenas del crimen —repitió ella, usando sus mismas palabras y recalcando la jerga policial.
Cara cogió el móvil y lo echó sin cuidado al bolso.
—Esas han sido sus palabras, no las mías —protestó Ryder. Una sombra le cruzó el rostro—. ¿Crees que sospecha...?
—Ahora no —espetó Cara entre dientes.
Le empezó a doler la mandíbula por el esfuerzo de no gritar. Había una cuarta víctima.
—Vámonos. ¿Tienes todo lo que necesitas?
Pregunta estúpida. ¿Qué iba a necesitar? ¿Acaso creía que usaría polvos para revelar huellas en la escena del crimen?
Una hora larga después, por fin entraron en el aparcamiento. Cara le había dejado las llaves del coche a Ryder y se alegraba de no haber tenido que torturarse en el tráfico atascado. Los rayos hirientes del sol de mediodía le provocaban dolor de cabeza y tenía todo el cuerpo en alerta máxima.
—Puedes quedarte en el coche —sugirió él—. Esto va a ser bastante duro.
Pero Cara se negó. Le debía a la muerta ver con sus propios ojos el resultado de su descuido.
Quizá —no, seguro— la visión de la víctima le haría entender que aquello no era ningún juego.
Ryder no debía distraerla. Se había pasado una semana soñando con una vida que nunca podría tener.
Ahora tenía la oportunidad de compensar su error uniendo fuerzas con él para llevar al asesino ante la justicia. No habría una quinta víctima.
—Si te marea, sal de la escena del crimen, ¿me oyes? No tienes por qué avergonzarte, pero es importante que no contamines ninguna prueba antes de que lleguen los agentes.
—¿Y por qué iba a aparecer la policía? Nadie va a llamarla, Ryder.
—Oh, claro que sí —respondió él con aire sombrío—. Esto es demasiado gordo para que tu madre y Sorrentino lo mantengan en secreto. Les he sacado una hora, pero después Sorrentino tendrá que llamar a la policía.
—¿Y Beatrice te ha hecho caso?
Abrió la puerta del coche y fue hacia Jack, que estaba apoyado en su coche y no le había quitado los ojos de encima ni un segundo desde que habían llegado. Sintió la mirada del cambiaformas león como un peso sobre los hombros.
—Me cuesta creerlo.
—A mí también me sorprendió —admitió Ryder—. Pero, si tu madre es algo, es razonable. Para ser una súcubo, piensa con una lógica de mil demonios.
En su boca casi sonó a cumplido.
—Beatrice sabe que solo empeorará las cosas si corren rumores de una cuarta víctima y la gente puede decir que no avisó del peligro a los suyos.
Tenía razón. Hasta el momento habían conseguido mantener la calma entre los paranormales.
Cara no sabía si era porque Beatrice se los servía al público en bandeja de plata.
Puede que también hubiera contribuido que Beatrice de Luca no tuviera miedo de exponer al peligro a su propia hija, pero ¿cuánto tiempo más funcionaría esa maniobra?
Jack ya los esperaba. Fumaba apoyado en la pared.
—Hola, Cara. Ryder —los saludó, sin disimular la antipatía que le provocaba el guardaespaldas de ella—. No es una imagen agradable —advirtió.
Tenía la piel cetrina bajo el bronceado. Si hasta a él le afectaba ver a la muerta, debía de ser algo espantoso. Cara había pensado que el cuerpo estaba en el aparcamiento, pero, al parecer, la habían matado dentro del club.
—¿Preparados? —preguntó Jack, y abrió la puerta cuando Cara y Ryder asintieron al mismo tiempo.
Sin querer, su mirada siguió el movimiento de aquella cabeza y se arrepintió al instante de no haberse quedado en el coche, como Ryder le había sugerido.
¡La víctima del asesino era Melissa, la novia de Jack!
Los ojos se le fueron hacia él. Reprimió el impulso de tocarlo y decirle que no se preocupara.
No le iba a agradecer que le restregara por la cara su supuesta debilidad.
El corazón se le saltó un latido y luego arrancó al doble de velocidad.
Lo peor no era el charco de sangre alrededor del cuerpo, sino la sonrisa atroz en el rostro de la muerta.
Cara había leído sobre la llamada sonrisa de Glasgow que el asesino de Elizabeth Short le había infligido al cadáver, pero verla era algo completamente distinto.
Los cortes ensangrentados que subían desde las comisuras de los labios hasta los pómulos le recordaron al intento de un niño de pintarse los labios de rojo, con la diferencia de que aquella mujer ya no podía borrarse la mueca demencial.
Alguien tenía que borrársela. Era indigno; no, era la última humillación que el asesino le había infligido, y Cara no podía tolerarlo.
Con las piernas rígidas, se acercó al cuerpo.
En un rincón de su conciencia, oyó cómo se apagaba el intercambio de hostilidades gélidas entre Jack y Ryder.
Rebuscó un pañuelo en el bolso, no encontró ninguno y cayó de rodillas junto al torso de la muerta.
Solo se dio cuenta de que estaba llorando cuando vio las gotas caer al suelo.
Ryder se arrodilló a su lado. Al principio, ella creyó que quería abrazarla, pero se inclinó sobre el cuerpo.
—¿Qué demonios…? —gruñó mientras le agarraba la muñeca a la mujer muerta.
Parecía que quería comprobarle el pulso. Cara contuvo la respiración.
—¡Necesitamos un médico! ¡Ahora mismo!
Cara se puso de pie y buscó el móvil a la desesperada. Fue casi un déjà vu cuando oyó la voz del Doc Snyder. Intentó respirar con calma mientras le pedía que se presentara en el Red Rose cuanto antes.
Jack la agarró por debajo de los brazos y la levantó hasta ponerla de pie. —Necesitas beber algo —dijo, y bajó el picaporte de la puerta trasera—. Deja que el lobo haga su trabajo. Cara, mírame.
Bajó la voz hasta que sonó grave y amortiguada, como el ronroneo de un felino enorme.
Le rodeó la cintura con un brazo y no la soltó hasta que llegaron a la barra.
El silencio del local, que ella solo conocía lleno de voces y música a todo volumen, la fue calmando, igual que el murmullo constante de Jack.
Él desapareció detrás de la barra y sacó la botella de ginebra que había bajo el fregadero.
Sirvió un vaso para ella y otro para él, y ambos se los bebieron de un trago, en silencio.
Ni siquiera el alcohol de alta graduación consiguió disipar el frío que llevaba dentro, pero Cara respiró un poco más tranquila.
—¿La has encontrado tú?
Jack levantó la botella para ofrecérsela, pero Cara negó con la cabeza.
—Sí —confirmó él, y volvió la cabeza hacia el pasillo—. Maldita sea, ¿cómo no me di cuenta de que seguía viva?