CAPÍTULO 13
RYDER
Ryder no sabía si debía estarle agradecido a Sorrentino o maldecirlo.
Había vivido muchas cosas a lo largo de su vida, pero ver a Cara alimentarse sería una experiencia que lo acompañaría hasta el final de sus días.
Siempre había sabido que era una súcubo y que se alimentaba de energía.
Verla beber con sus propios ojos habría sido incluso soportable.
Ella no podía evitar su naturaleza, igual que él no podía evitar meterse de vez en cuando en la piel de un lobo y salir de caza.
No, lo peor era la indiferencia con la que Sorrentino le había lanzado al hombre, como quien le echa un trozo de carne a un perro.
No era la primera vez que obligaba a Cara a arrebatarle la energía vital a aquel hombre.
El intercambio, más o menos silencioso, que se había producido entre ellos delataba una...
amistad de muchos años. Pero «amistad» no era la palabra adecuada; tampoco «relación», ni «simples conocidos».
A los dos los unía algo que iba más allá de la simple relación laboral que cabría esperar.
Esa familiaridad se debía probablemente a que Sorrentino llevaba ya muchos años ejerciendo de lugarteniente de la madre de Cara.
La conmoción le provocó a Ryder una descarga de adrenalina por todo el cuerpo. Estaba cometiendo el pecado capital de cualquier investigador infiltrado. Sin darse cuenta, había empezado a ver a Cara como algo más que un simple medio para alcanzar un fin.
Ryder se obligó a observar con atención lo que Cara estaba haciendo.
Era una súcubo y, por tanto, no mucho mejor que un vampiro.
Les arrebataba a las personas algo que necesitaban.
¿Cuántos años de vida habría perdido ya, sin saberlo, el tipo que tenía ahí abajo, entre sus manos?
A juzgar por la expresión extasiada de sus ojos, habría entregado sin vacilar lo que le quedaba de vida con tal de rozar los labios de Cara y poder manosearle el cuerpo a cambio.
«No es más que un reflejo», se dijo. «Nada más».
Por supuesto, un hombre en las garras de una súcubo intentaría tocar toda la piel desnuda que pudiera.
Ryder gruñó por lo bajo, un sonido de advertencia que no provocó la menor reacción en aquel trío impío formado por el cambiaformas león, el humano indefenso y la súcubo.
Los movimientos del hombre se volvieron más erráticos. Una sombra pareció caerle sobre el rostro y se oscureció cuanto más lo besaba Cara. Ella, en cambio, florecía a ojos vistas con aquel beso, que se volvía más insoportable a cada segundo que pasaba.
Ya estaba bien. Ryder se deslizó hacia delante, pasó junto a Sorrentino y arrancó al hombre de los brazos de Cara de un solo movimiento contundente.
Ella alzó la cabeza. Tenía las mejillas sonrosadas y a Ryder le pareció que las tenía también algo más llenas.
Los ojos le brillaban; sus labios, carnosos, habrían tentado a cualquier hombre a besarlos.
Incluso Sorrentino, que la conocía desde hacía mucho tiempo, dio un paso involuntario hacia delante.
Ryder consiguió apartar la mirada de Cara y empujó al hombre tambaleante a los brazos del cambiaformas león.
En ese momento, lo que le sucediera al humano le resultaba casi indiferente.
—Me la llevo a casa —dijo, sin dignarse a dirigirle otra mirada a Sorrentino—. Seguro que es lo que quieres.
Agarró a Cara por los hombros.
—Ven —dijo sin más.
Ella parpadeó varias veces, pero la mirada le fue recobrando poco a poco la claridad y, con cada respiración, se parecía más a la mujer que él había conocido apenas unos días antes.
Mientras Jack arrastraba al hombre medio inconsciente de vuelta al Red Rose, Ryder se dirigió hacia el coche de Cara.
Maldijo entre dientes al darse cuenta de que el bolso y la chaqueta de ella seguían en el club, pero, por una vez, la suerte estaba de su parte.
La prima de Cara, Bessie, salió tras él con el bolso y la chaqueta bajo el brazo.
Mientras Ryder acomodaba a Cara en el asiento del copiloto y le abrochaba el cinturón, Bessie esperó con paciencia.
—Gracias —dijo él con voz cansada.
—No hay de qué —respondió ella, y le dedicó una sonrisa que le transformó por completo el rostro redondo. Miró por encima del hombro, como para asegurarse de que estaban solos—. Mi prima tiene suerte de tenerte.
Lo miró a la cara con una intensidad tal que parecía buscar la respuesta a una pregunta vital. Suspiró.
—¿Puedes decirle a Cara que me llame en cuanto se despierte, por favor?
Tenía mil respuestas en la punta de la lengua, pero no logró articular ninguna. Se limitó a asentir y no se entretuvo en ver cómo ella desaparecía de nuevo en el club. La música, con su ritmo machacón, subió de volumen y se apagó de golpe cuando la puerta se cerró de un portazo.
Se dejó caer en el asiento del conductor, giró la llave de contacto y no miró atrás mientras ponía rumbo a Hollywood Hills.
Lo único que aún encontraba cabida en su cerebro agotado era la duda de si no sería mejor desaparecer de Los Ángeles.
Puede que Cara no supiera que era policía, pero sospechaba algo.
En su presencia no se controlaba lo suficiente.
La pregunta era por qué no le había hablado de sus sospechas a su madre ni a Sorrentino.
Solo era cuestión de tiempo que ella echara por tierra su tapadera.
No creía que Beatrice le agradeciera una injerencia ajena, que era sin duda como ella lo vería.
Todavía no era un hombre muerto, pero estaba a un maldito paso de serlo.